De la bárbara prosperidad a la opulencia egoísta

La llegada de unas decenas de miles de africanos a las costas canarias disparó la alarma entre los ciudadanos españoles hace un par de veranos y vuelve a ser noticia cada vez que una patera arriba con su carga de desesperados náufragos. Resulta cuando menos paradójico que la llegada de estos desvalidos cause, casi tanta alarma entre los despreocupados veraneantes como la escalada incontenible de los precios de la gasolina y la ración de paella. ¿Qué suerte de oscura amenaza representa para nuestro confortable nivel de vida el pacífico desembarco de unos miles de hombres, mujeres y niños africanos, desarmados, inermes y exhaustos, en las playas y los puertos de la octava -o décima, da igual- potencia económica del mundo? ¿Por qué suscita tanta preocupación y rechazo su llegada, cuando el país ha acogido sin pestañear a 5 ó 6 millones de inmigrantes, ricos y pobres, venidos desde todos los rincones del mundo, en la última década? Acaso la respuesta a estas preguntas haya que buscarla en la peculiar relación que han mantenido los europeos con el continente negro en las últimos 500 años.

A comienzos del siglo XVI, Europa Occidental había logrado alcanzar y superar el nivel de desarrollo comercial e industrial de las civilizaciones orientales más avanzadas -Bizancio, el Imperio Árabe y China- y, merced a su recién estrenada preeminencia naval y militar, estaba en condiciones de iniciar una expansión territorial, económica y política sin precedentes desde el Imperio Romano. El control de las rutas comerciales en el Océano Índico y, sobre todo, la apertura de todo un continente, América, dotado de grandes recursos minerales, tierras y bosques prácticamente ilimitados, proporcionaron un nuevo y poderoso impulso al desarrollo de varios países europeos que encontraron en África una reserva casi inagotable de mano de obra para acometer la explotación de los nuevos territorios americanos. Ni el cristianismo, ni el renacimiento cultural de Europa, pudieron detener el inicio del bárbaro comercio y el florecimiento de una institución, la esclavitud, que había sido ya abandonada en los reinos cristianos.

Así se inició la peculiar relación comercial entre la Europa atlántica y África cuyas trágicas consecuencias todavía hoy pueden apreciarse en América y, muy especialmente, en EEUU. Desde el último tercio del siglo XV hasta casi finales del siglo XIX, los europeos pusieron sus naves rumbo a las tierras de África. Allí compraban hombres, mujeres y niños, a cambio de manufacturas textiles, armas y pólvora, bebidas alcohólicas y otros bienes de consumo y embarcaban su negra carga hacia el nuevo continente donde la vendían a buenos precios a los traficantes de esclavos y propietarios de plantaciones, ávidos de mano de obra. Así se levantaron grandes fortunas, primero, en las plantaciones de azúcar, y más tarde en las de arroz, índigo, tabaco, algodón y café. Estimaciones realizadas por Philip D. Curtin cifran en torno a 275.000 el número de esclavos que fueron importados entre 1460 y 1600 y en casi cinco veces esa cifra (1.341.100) los importados entre 1601 y 1700, siendo Brasil, las Indias Occidentales y otras colonias españolas los principales destinos.

Escaso fue el tráfico en estos siglos hacia las colonias británicas continentales donde la endémica escasez de trabajadores y la dureza de las faenas en las plantaciones, hizo rentable la importación de siervos blancos, hombres y niños que eran deportados de la metrópoli y obligados a trabajar para los plantadores en las colonias durante un cierto número de años antes de recobrar su libertad. En 1619, Virginia recibió los primeros 100 niños pobres y también el primer cargamento de esclavos africanos, pero, según Frederic Bancroft, el crecimiento de la población de esclavos negros fue lento, como demuestran las estimaciones disponibles para Virginia (300 negros en 1650 y 2.000 en 1721) y  para el conjunto de colonias británicas (75.000 en 1725).

Durante el siglo XVIII, el tráfico de esclavos en el Atlántico se intensificó hasta que comenzó a ser prohibido en la primera década del siglo XIX. Los principales destinos continuaron siendo Brasil (1.891.400), las colonias británicas (1.401.300), francesas (1.348.400) y holandesas (460.000) en el Caribe, y las colonias españolas (578.600). A estos destinos ya tradicionales se sumaron con mayor intensidad las colonias británicas continentales, convertidas en los Estados Unidos, cuyas importaciones alcanzaron 348.000 esclavos entre 1701 y 1810. En total, los territorios americanos importaron algo más de seis millones (6.051.700) africanos en ese siglo, alcanzando el flujo anual medio entre 1761 y 1780, las dos décadas en que el tráfico alcanzó su mayor apogeo, la imponente cifra de 65.500 esclavos, superior a todos los africanos que han alcanzado en cayucos y pateras las costas españolas en los últimos tres años.

La importación de esclavos desde el continente africano, que no la institución ni el tráfico de esclavos, se prohibió en Dinamarca en 1805 en los Estados Unidos e Inglaterra en 1808, y oficialmente también en otros países, si bien brasileños y portugueses, franceses y españoles continuaron con la importación de esclavos hasta mediado el siglo. Las importaciones entre 1811 y 1870 fueron muy inferiores, 1.898.400, y tuvieron como destinos principales Brasil (1.145.400) y el Caribe español (606.000). Por otra parte, las viejas colonias de Maryland y Virginia, donde se concentraban la mitad de los esclavos a finales del siglo XVIII en los Estados Unidos y cuyos suelos habían quedado exhaustos por la sobreexplotación de la tierra, se convirtieron en la gran reserva que permitió satisfacer la demanda creciente de esclavos impulsada por el imparable crecimiento de la producción de algodón en los nuevos estados y territorios de Alabama, Arkansas, Louisiana, Florida, Mississipi, Tennessee y Tejas. El tráfico interestatal de esclavos fue intenso hasta el estallido de la Guerra Civil en 1861 y resulta paradójico que tantos próceres de la independencia y paladines de la democracia, como Madison, Jefferson, Washington, etc., fueran plantadores cuyas haciendas, escasamente rentables, sobrevivieron merced a los ingresos que les proporcionaron el crecimiento natural de sus reatas y la venta de sus excedentes a traficantes de esclavos.

Hoy resulta difícil aceptar que la creciente prosperidad de los muy cristianos estados  europeos y sus colonias americanas, así como la expansión de las revolucionarias ideas que condujeron a la disolución del Antiguo Régimen y el advenimiento de la democracia en América y Europa, se fraguaran al mismo tiempo que la esclavitud vivía su edad de oro en las colonias americanas. Prosperidad y barbarie avanzaron de la mano durante cuatro siglos sin que nadie, ni portugueses, ni británicos, ni franceses, ni españoles, ni holandeses, cuestionara seriamente el tráfico de esclavos, un negocio sustentado en tres pilares nauseabundos: el apresamiento de hombres, mujeres y niños y su conducción a los puertos de embarque en África; su posterior venta a traficantes europeos y brasileños que los embarcaban para emprender la arriesgada travesía hacia las colonias americanas en condiciones infrahumanas; y, finalmente, la venta de los supervivientes del viaje a traficantes locales y propietarios de haciendas interesados en explotar su fuerza de trabajo hasta la extenuación, si así convenía. Baste con recordar que la Constitución de los EEUU de 1787 consideraba a las “otras personas, un eufemismo para evitar la palabra esclavos, mera propiedad mueble de sus propietarios, como el ganado.

Independizadas las colonias de América y abolida la esclavitud, los europeos volvieron a fijar su vista en África, esta vez con la intención de colonizar y explotar a la población africana en su propio territorio. Durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, los países europeos se repartieron África –y otras partes del planeta- y delimitaron con tiralíneas sus zonas de influencia en el continente negro. A diferencia de lo ocurrido en las colonias americanas, los colonos europeos en África nunca intentaron independizarse de las metrópolis y constituir estados independientes, un hecho quizás explicable por la muy distinta correlación de fuerzas que emerge de la composición de la población en ambas sociedades. Diezmadas por enfermedades y guerras desiguales, las poblaciones autóctonas de América fueron pronto reducidas y los criollos conformaron en América sociedades cuyas élites ostentaban el poder sin apenas oposición de las desposeídas poblaciones indias y las desarraigadas minorías negras marcadas por las cicatrices físicas y morales de la esclavitud. En las colonias africanas, la situación resultó ser casi la opuesta: los colonos blancos nunca dejaron de ser una minoría inmersa en la marea oscura de pueblos autóctonos, nunca plenamente sometidos e incorporados a las tareas productivas, ni tampoco exterminados como había ocurrido en tantos casos en América. La presencia de franceses, italianos y españoles en el norte de África y territorios subsaharianos, de belgas en el Congo, de británicos en Rodesia, de portugueses en Angola y Mozambique y de holandeses en Suráfrica, apenas ha dejado huellas perdurables unas décadas después de la descolonización.

Mucho ha cambiado Europa y América en los últimos cinco siglos. A la prosperidad fruto de la expansión atlántica iniciada a finales del siglo XV, siguieron las revoluciones industriales de los siglos XVIII y XIX y el paralelo desarrollo científico que abrieron la perspectiva de un desarrollo sostenido y un aumento del bienestar económico sin precedentes para sus habitantes. Al tiempo que EEUU, bastantes países europeos y Japón se desarrollaban a un ritmo vertiginoso durante la segunda mitad del siglo XX, la descolonización del continente africano sumía a la mayor parte de los países del África negra en un pozo de guerras, miseria y horror. Gobernados tras la descolonización por élites caprichosas y corruptas, cuando no bárbaras y criminales, los africanos se han visto obligados por la pobreza y el hambre a abandonar sus países para buscar en Europa una salida a su no vida. Ya no hay necesidad de que los europeos enfilen sus barcos hacia África para proveer de esclavos a los plantadores en América. Tampoco tienen ya que abandonar sus plácidas metrópolis y asentarse en el continente africano para explotarles allí. Hoy, son los pobres africanos quiénes arriesgan su vida en cayucos para acercarse a las playas de la Europa opulenta, dispuestos, ahora voluntariamente, a morir de nuevo en una travesía horrible e incierta para acaso comer las sobras de nuestras mesas. Por ahí andan, recorriendo nuestras playas con sus vistosas baratijas, disponiendo sus mantas en cualquier rincón o plaza de nuestras ciudades, desdibujado su perfil contra la negrura del asfalto en las carreteras, o recogiendo en nuestros campos las verduras y frutas que llevamos a nuestras mesas.

Si difícil resulta comprender la intensidad de los temores que ha despertado entre los ciudadanos españoles la llegada televisada de unos pocos miles de supervivientes africanos, hambrientos y exhaustos, a nuestra España opulenta, harto más complicado resulta aceptar la posición de quiénes reducen la complejidad del fenómeno migratorio a las necesidades del mercado laboral español, como si esas necesidades fueran, por otra parte, objetivas y mensurables, y como si la vigencia del principio de solidaridad se acabara en el Ebro o en el Guadalete. Los africanos no son mera fuerza de trabajo, útiles mientras escasea la mano de obra y prescindibles cuando el mercado laboral se desinfla: son personas que, a diferencia de la mayoría de nosotros, han puesto en grave riesgo sus vidas para escapar de la miseria y el horror. Causa, por ello, profunda inquietud observar la transmutación que han registrado en nuestro país algunos inmigrantes, hoy “socialistas” opulentos por arte de la política, más preocupados por levantar barreras para impedirles que salgan de la miseria en la que viven y retornarlos a ella con la máxima presteza, que en ayudarles a salir de la pobreza y propiciar el reagrupamiento con sus familias.

El círculo se ha cerrado. Durante varios siglos nuestros antepasados arrancaron a  millones de africanos del continente oscuro y los transportaron en contra de su voluntad a América para explotarlos como esclavos. Ahora los europeos enviamos nuestras armadas y aviones, ya no para raptarlos, sino para impedirles que lleguen a nuestras playas y reciban las migajas sobrantes de nuestras mesas. Europa y América tienen una responsabilidad con África. No se trata de una responsabilidad histórica, pues a ningún ciudadano portugués, español o británico se le puede responsabilizar de las barbaridades e iniquidades cometidas por sus antepasados. Me refiero a otra responsabilidad muy distinta, a la que surge de constatar la inmensa brecha que separa el bienestar de los europeos y africanos. La Europa opulenta debe, desde luego, dejar de suministrar armas y apoyo a los gobiernos corruptos, pero debe, sobre todo, destinar una parte significativa de sus presupuestos a combatir la pobreza extrema, a poner en marcha proyectos sanitarios y educativos viables y a fomentar la inversión generadora de empleo. Y -¿por qué no?-, también a recibir como estudiantes y trabajadores a una fracción apreciable de la población excedente de África.

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