Mala gestión: recesión y crisis II

Nadie duda ya de que los bancos y las entidades financieras en los EEUU y la mayoría de países europeos están padeciendo gravísimos problemas de liquidez y solvencia y de que sus economías, que han registrado una brusca reducción de las tasas de crecimiento del PIB en los últimos doce meses, están a un paso de adentrarse –si no lo han hecho ya- en una recesión profunda y duradera. Recesión económica y crisis financiera global constituyen una mezcla explosiva e insólita que el mundo desarrollado no padecía desde la Gran Depresión.

Los graves problemas financieros y económicos que padecen la mayoría de las economías occidentales han surgido tras un largo período de crecimiento al que por primera vez se han sumado algunos de los países más populosos y pobres del planeta, como China e India entre otros. Su incorporación ha tenido tres consecuencias importantes para los países desarrollados. Primero, las manufacturas producidas en las fábricas asiáticas han inundado nuestros mercados y puesto contra las cuerdas a algunos sectores que empleaban a una parte sustancial de su población. Segundo, nuestras exportaciones no han crecido al mismo ritmo y el déficit por cuenta corriente se ha disparado en muchos casos. Tercero, la demanda adicional de los países en desarrolló provocó un aumento espectacular de los precios de algunas materias primas, como el petróleo, y los alimentos.

La respuesta de la Reserva Federal, primero, y del BCE, con cierto retraso, a la amenaza de recesión a comienzos de la década fue reducir los tipos de interés hasta situarlos en el entorno del 1-2 por ciento. El mantenimiento de tipos tan bajos, negativos en muchos momentos al descontar la tasa de inflación, además de atizar el consumo y debilitar el ahorro de las familias, inflaba los precios de los activos de larga vida: viviendas, locales y empresas. El círculo vicioso lo cerraban los bancos comerciales e hipotecarios que prestaban alegremente dinero a las familias a muy largo plazo para adquirir viviendas y procedían después a titulizar las hipotecas concedidas, traspasando los riesgos a otras entidades financieras que los adquirían, fiando su suerte al prestigio de los emisores o las agencias de calificación. También las propias entidades financieras y las empresas no financieras encontraron muy rentable en esas circunstancias endeudarse para entrar en los mercados inmobiliarios o financiar sus planes de expansión y absorción, olvidando con frecuencia destinar una parte de sus beneficios corrientes y plusvalías a aumentar sus reservas o ampliar capital. ¿El resultado? Unas economías cada día más endeudadas, dependientes para sostener tasas de crecimiento aceptables del mantenimiento de bajos tipos de interés y la inclinación de los inversores extranjeros a seguir financiando el consumo y la inversión. En esta descripción encajan, sin duda, la experiencia de los EEUU y España.

El sistema se vino abajo en cuanto los bancos centrales, para combatir el repunte inflacionista, elevaron los tipos de interés a partir de mediados del 2004 y los precios de los activos inmobiliarios comenzaron a desinflarse en los EEUU en 2006. La pérdida de valor de los activos hipotecados, originó la quiebra e intervención de algunos bancos hipotecarios, de inversión y aseguradoras a ambos lados del Atlántico y puso bajo sospecha la solvencia del sistema financiero internacional. Esta circunstancia, sumada a la certeza de que el largo ciclo expansivo había llegado a su fin en muchos países, llevó a los inversores a vender masivamente sus activos para evitar pérdidas, provocando el desplome generalizado de las cotizaciones y convirtiendo en colosales galerías lo que hasta ese momento eran grietas en los balances de los bancos y otras entidades financieras, empresas no financieras y familias.

Los bancos centrales, especialmente la Reserva Federal, y el Tesoro de los EEUU han intentado salvar el sistema del colapso y para ello Bernanke no ha dudado en reducir los tipos de interés hasta situarlos en la actual horquilla, 0.0-0,25 por ciento y adoptar otras medidas extraordinarias. Ya sólo le resta monetizar deuda para evitar alzas de los tipos de interés a largo. Ninguna de las medidas adoptadas ha logrado todavía restablecer la confianza, algo muy difícil de lograr cuando todo el mundo sabe que el vecino está endeudado y que el valor de sus activos se ha reducido mucho más que el de sus pasivos. Resulta indispensable en las presentes circunstancias reducir los impuestos y aumentar el gasto público para suavizar la recesión en curso y sus repercusiones sobre el sistema financiero. Pero no todo vale: el gasto público que se acometa debería servir también para aumentar la productividad y fortalecer la posición competitiva de las empresas españolas a medio plazo. Desde esta perspectiva, la pedrea adelantada de 8.000 de euros concedida por el Gobierno a los Ayuntamientos para financiar obras improvisadas y proporcionar empleo a parados, constituye un ejemplo más de la falta de visión e improvisación de los responsables del Gobierno del Sr. Rodríguez Zapatero.

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