Dolor e insensibilidad nacionalista

Artículo publicado en Libertad Digital el 7 de febrero 2008

El pasado 23 de diciembre la familia Uria publicó un comunicado al mismo tiempo conmovedor e inquietante. Los medios de comunicación recogieron algunos extractos del texto donde los familiares más próximos a Inaxio -la última víctima de ETA asesinada el pasado 3 de diciembre cuando se dirigía a jugar su habitual partida de cartas- constataban el profundo dolor causado por la ausencia de su ser querido y denunciaban la cobardía de todos aquellos conciudadanos suyos que, como el alcalde y los concejales de ANV en Azpeitia, han sido incapaces, no ya de condenar el nuevo crimen de la banda terrorista, sino hasta de unirse silenciosamente al duelo de los familiares. En estos momentos de dolor intenso ante la pérdida irreparable de Inaxio, quiero transmitir a sus familiares todo el cariño y la solidaridad que podemos ofrecer las personas de buena voluntad con la palabra.

Dicho esto, me gustaría aprovechar el tristísimo suceso para reflexionar acerca de la confusión y hasta degradación moral que el terror y el miedo a los terroristas y su entorno incivil ha ido destilando en las conciencias individuales de muchos ciudadanos vascos y que, con frecuencia, se manifiesta en la aceptación casi inconsciente de los puntos de vista de los verdugos y de la indiferencia ante las víctimas. Y es que el comunicado de la familia Uria incluye, desde el título, algunos adjetivos y mensajes francamente inquietantes para todas aquellas personas a las que todavía nos conmueve el dolor ajeno, con independencia de la identidad de quien lo padece y el lugar donde se produce, y que condenamos todos los crímenes sin paliativos ni necesidad de averiguar primero el pasaporte, la profesión, la religión, la afinidad política, los apellidos o el Rh de las víctimas.

Como decía, la intoxicación nacionalista aparece ya implícita en el mismo título del mensaje de “dolor y agradecimiento”, dirigido exclusivamente “a la sociedad vasca”, sin hacer mención alguna al resto de seres humanos –aragoneses, libaneses, mexicanos, chinos, paraguayos, murcianos, estadounidenses, etc.- que no pertenecemos a ese estrecho segmento de la Humanidad, la sociedad vasca, pero que nos sentimos igualmente consternados al recibir la noticia del asesinato de Inaxio, perpetrado, por cierto, por varios terroristas vascos, con apoyo logístico de algunos ciudadanos vascos, posiblemente vecinos de la víctima, y ante el silencio cómplice de la mayoría de los ciudadanos vascos de Azpeitia, Mondragón y tantos otros municipios donde sus votantes apoyaron las listas electorales de ANV en las últimas elecciones municipales el 27 de mayo de 2007, y, antes, las listas de otras formaciones de similar calaña (Herri Batusana, Euskal Herritarrok, Batasuna, PCTV, etc.) que han impedido el libre ejercicio de derechos fundamentales de expresión y asociación en El País Vasco desde al menos 1978 a la mayoría de ciudadanos, sin que ello preocupara excesivamente al Gobierno vasco, compartido durante bastantes años por nacionalistas y socialistas. ¿Dónde está, me pregunto, “la inmensa mayoría de los vascos” que “siente y piensa como nosotros” a la que se dirige la familia Uria? Quizás en las montañas de Montana o, quizás más cerca, en Aragón, Madrid o Cantabria. Desde luego, no en Azpeitia.

Más adelante, el comunicado pasa a elogiar la figura de Inaxio al que se presenta como una “buena persona … hombre normal, humilde y trabajador” que además “amaba Euskalherria” y “se sentía vasco y nacionalista y así nos lo manifestaba.” Leyendo estas frases uno no puede sino sentir un profundo desasosiego pues dan a entender que, si el Sr. Uria no hubiera amado a Euskalherria -la denominación habitual, no lo olvidemos, utilizada por sus asesinos para referirse a El País Vasco-, o no se hubiera manifestado como nacionalista, su asesinato hubiera resultado más comprensible para aquellos que aman Euskal Herría: los nacionalistas y los terroristas. ¿Cómo entender si no la afirmación de que “no podemos entender cual fue para los terroristas el mal que pudo haber hecho nuestro padre”, una frase que deja abierta la posibilidad de que, cuando la víctima no es nacionalista o no lo manifiesta, pudiera existir “un mal” que permite “entender” el comportamiento de los asesinos?

¡Qué suerte de pensamientos y recuerdos, me pregunto, se habrán despertado al leer este comunicado en la mente de los familiares de los ecuatorianos Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio, muertos mientras dormitaban en el aparcamiento de la T4 en Barajas, de los guardias civiles Raúl Centeno Bayón y Fernando Trapero Blázquez, asesinados en el aparcamiento de un bar en Capbreton, del trabajador y ex-concejal Isaías Carrasco, asesinado al salir de su domicilio con su hija en la vecina ciudad de Mondragón, y, así podríamos seguir enumerando la interminable procesión de familiares que han quedado huérfanos a causa de los asesinatos consumados por los terroristas durante los últimos 40 años! ¡Qué mal pudieron haber cometido los desdichados para merecer ser asesinados! Es verdad que más adelante los familiares exigen que “la muerte de Inaxio sea la última”, pero ahí queda plantada la idea terrorífica de que la brutalidad terrorista resulta más incomprensible cuando alcanza a quienes aman a Euskal Herria. O como con su rudeza habitual lo expresó, en frase digna de inscribirse en los anales de la ignominia, el Lehendakari Ibarretxe: “han matado a uno de los nuestros.”

La confusión moral reaparece de nuevo en el texto cuando los familiares de Inaxio, tras acusar a ETA de hipocresía al decir que lucha “en contra de las imposiciones” mientras impone “una muerte que no tiene vuelta atrás”, acaban preguntando a los terroristas, si “es así como van a liberar a Euskal Herría”. Nada en estas palabras cuestiona la justificación que ETA ha empleado desde sus inicios para dar cobertura política a sus terribles crímenes contra la Humanidad: la liberación de Euskal Herría. ¿De qué, pregunto, “van a liberar a Euskal Herría” los terroristas? De lo único que urge librar a los sufridos ciudadanos en El País Vasco es de la opresión mortal y la violencia que ETA y su entorno incivil han ejercido sobre ellos durante cuatro largas décadas, las mismas que ahora han golpeado brutalmente a la familia Uria en sus propias carnes y ha despertado sus conciencias. ¡Ojalá que a partir de ahora los vascos nacionalistas no acudan a jugar su partida el día que ETA vuelva a matar, sea quién sea la víctima!

No ayuda precisamente a lograr ese objetivo contraponer, como se hace en el comunicado, el terror de la banda con la “cruel represión fascista” de la que fue víctima el sufrido “pueblo vasco”, como si esa represión no la hubieran padecido muchos otros ciudadanos en otros lugares de España. Tampoco basta con invocar la buena voluntad para “que cada uno deje sus intereses particulares a un lado y nos unamos todos … para que todos podamos vivir en libertad”, pues ni los terroristas ni sus cómplices inciviles tienen interés alguno en que los demás vivan en libertad. ¡Ojalá que al menos ese deseo de que “todos podamos vivir en libertad” abarque también a partir de ahora en El País Vasco y en el resto de España a todos aquellos ciudadanos que no comparten los objetivos independentistas de los nacionalistas y de ETA!

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