En memoria

Hoy parece obligado recordar qué hacíamos cada uno de nosotros la mañana del 11 de marzo de 2004, hace cinco años, cuando las explosiones en varios trenes de cercanías causaron 191 víctimas mortales y centenares de heridos de mayor o menor consideración. Nos impulsan a ello los programas monográficos de radio y televisión que están dedicando la mañana a relatar lo sucedido aquel día, a escuchar a las víctimas, a sus familiares y conocidos y hasta a aquellos a los que les pudo pasar algo pero escaparon por esas necesidades azarosas que llenan nuestras vidas cada día: un retraso del autobús, una cita médica, la enfermedad del niño, un encuentro con un conocido que nos lleva a acomodarnos en un vagón distinto del habitual, …

Un periódico incluye en su portada las palabras de la madre de una víctima mortal recriminando a los políticos el haberse tirado los muertos unos a otros interesadamente para dejarlos ahora en el olvido. A esa misma madre la he escuchado en alguna ocasión quejarse con amargura de la indecente exposición pública a que se habían visto sometidas las víctimas del atentado y el inmenso dolor que a ella le había causado. El Gobierno ha decidido este año no organizar ningún acto protocolario –pues eso son estos actos institucionales- para recordar lo sucedido y esa tibieza parece haber molestado a algunas víctimas que dicen sentirse ahora abandonadas. Nadie puede ni tiene derecho a ponerse en su piel pues, la muerte, como dijo un poeta, es algo perfectamente serio.

¿Recordar? ¿Olvidar? ¿Dónde está el justo medio? En mi opinión, el Gobierno se ha equivocado de lleno al no organizar un acto solemne para recordar a las víctimas de los atentados del 11M. Para empezar, cinco años es nada para aquellas personas que perdieron a sus seres queridos o que todavía sufren las secuelas de los atentados y se enfrentan a la imposible tarea de llenar el hueco que dejaron sus familiares o se esfuerzan por alcanzar cierta normalidad en su vida cotidiana. Puede ser que incluso para las propias víctimas, resulte más importante atenderlas y prestarles las ayudas necesarias para superar las dificultades cotidianas que convocarlas para participar en un acto de homenaje que puede resultarles muy doloroso. La lógica gélida también me lleva a pensar que es mucho más importante mejorar los sistemas de información y reacción de los cuerpos de seguridad para afrontar las amenazas terroristas futuras que organizar actos para recordar la tragedia.

Pero una sociedad no se articula únicamente con buenas razones y fríos argumentos: los gobernantes deben prestar también la atención debida a atender los sentimientos que, como los atentados del 11M, afectan en mayor o menor grado a todos los ciudadanos de buena voluntad. Un acto de homenaje del Gobierno a las víctimas del terrorismo revalida y refuerza el compromiso de nuestros gobernantes con aquellas personas cuya vida ha sufrido un desgarro brutal y nos recuerda a todos la necesidad de luchar sin cuartel contra todos aquellos que, arrogándose la interpretación de los sentimientos de un pueblo o de unas creencias religiosas, se lanzan a cometer los más bárbaros crímenes. Solo por eso, este gobierno ofuscado, debería haber mantenido viva esta llama de solidaridad con las víctimas. Y se han equivocado también esos políticos ‘chiquilicuatres’ del PSOE madrileño que no han acudido al homenaje organizado por la CA de Madrid, en protesta por el cierre de la comisión de investigación creada para examinar los casos de espionaje presuntamente organizados por altos cargos de esa comunidad gobernada por el PP.

Una última reflexión sobre la utilización interesada de los atentados. Aquel 11 de marzo de 2004 iba a coger el puente aéreo para viajar a Madrid. Mientras me afeitaba, escuché las primeras noticias algo confusas y decidí esperar para evitar quedarme atrapado en el aeropuerto si, por ejemplo, llegaba a cerrarse Barajas. A las 9:30 aproximadamente, escuché al Sr. Otegui negar de manera tajante que el atentado fuera cosa de ETA, la primera hipótesis puesta en circulación y aceptada por todos los medios de comunicación. En aquel momento supe que el atentado no había sido perpetrado por ETA y me dirigí al aeropuerto de Barcelona para tomar el avión. Sobre las 12 de la mañana, llegaba a la sede de la Comisión Nacional de Evaluación de la Actividad Investigadora situada a la entrada de Madrid por la A-2. A excepción de un para de guardias de seguridad todos los trabajadores, conmocionados por la dimensión del atentado, habían abandonado el edificio. Pasé el día examinando unos expedientes sobre los que tenía que informar al día siguiente y cuando abandoné el lugar, ya entrada la noche, escuché atónito en un taxi que el Gobierno culpaba a ETA de los atentados. No daba crédito a lo que escuchaba. Tampoco a lo que escuché el viernes y el sábado siguientes Algunos todavía siguen hoy empeñados en hacernos creer que aquel gobierno estaba integrado por personas honestas y competentes.

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1 comentario

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Una respuesta a “En memoria

  1. antonio

    Recuerdos, reflexiones, Ok. ¿Seguridad en la conclusion final? Un abrazo

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