España se descuelga (II)

Este artículo y “España se descuelga I” aparecieron como un único artículo en Libertad Digital el 27 de abril de 2009

En España se descuelga I, examinaba como la recesión económica ha detenido el proceso de convergencia de España con la UE y provocado una espectacular destrucción de empleo en el sector de la Construcción. En un contexto de crisis financiera global, el Estado ha tenido que acudir a rescatar a las entidades financieras españolas incapaces de hacer frente a los vencimientos de la deuda externa contraída para financiar el crecimiento del crédito interno en los últimos años. Continuando este análisis, examinamos ahora como la asunción por el Estado de riegos privados y el revolcón que han registrado las cuentas públicas en 2008 han mermado también la solvencia y la imagen internacional de España. El artículo concluye esbozando las principales reformas que el Gobierno debería impulsar para mejorar la asignación de los recursos, aumentar la productividad y fomentar la internacionalización de nuestras empresas. Es tiempo de dejar a un lado los sueños de grandeza y ponerse con humildad manos a la obra.

Solvencia del Estado

La asunción por el gobierno de los riesgos de las entidades financieras sumada a los efectos de la recesión sobre los ingresos y gastos corrientes han provocado un brusco deterioro de las cuentas públicas que han pasado de exhibir un superávit del 2,2% del PIB en 2007 a arrojar un abultado déficit del 3,8% en 2008. Y la perspectiva es que la cuantía del déficit al menos se duplique en 2009 y se mantenga elevada durante 4 ó 5 años más. La respuesta ante este brusco viraje no se ha hecho esperar y una agencia internacional ya ha rebajado de AAA a AA+ la calificación de la deuda soberana. Los mercados también han tomado nota y el diferencial con el bono alemán que se situaba entre 5 y 10 puntos básicos en abril de 2008 sobrepasó los 100 puntos a mediados de febrero, pese al fuerte aumento que ha registrado la demanda de deuda pública en todo el mundo. ¿Qué nos depararán los próximos meses? De consolidarse las expectativas casi unánimes de que la recesión va a ser más severa en España que en Alemania, lo lógico es que ese diferencial siga aumentando a lo largo de 2009 e incremente la carga de los intereses en los presupuestos futuros.

Imagen internacional de España

Tras participar en la conferencia internacional de Washington, el gobierno español aspiraba a integrarse como miembro de pleno derecho en el G-20 y el Sr. Rodríguez Zapatero quizás hasta soñó con llegar a formar parte de un ampliado G-8. Las informaciones de los últimos días no inducen al optimismo en esta materia. Los aspirantes a la cancillería de la República Federal, la Sra. Merkel, actual canciller, y el Sr. Steinmeier, su ministro de Exteriores, han dejado claro que no cuentan con España. La Sra. Merkel parece inclinarse por crear un “gobierno mundial” en el seno de Naciones Unidas, una propuesta tan vaga que tiene pocos visos de concretarse en algo sustantivo. El Sr. Steinmeier, su rival, apuesta por duplicar el G-8 para incorporar a los grandes países emergentes: China, India, Brasil, México, Sudáfrica, Turquía y dos estados árabes. Tampoco el Sr. Sarkozy, presidente de la República Francesa, parece dispuesto a promocionar nuestra candidatura y apuesta por un G-13 que incluiría además de los miembros del G-8 a China, India, Brasil, México y Sudáfrica. ¿Habrá que seguir mirando los toros desde la barrera? Tal vez, aunque no me parece que ésta debiera ser la principal preocupación de nuestros gobernantes.

De la ensoñación a las reformas

España ha disfrutado de un crecimiento elevado y sostenido desde 1995 que nos llevó a escalar posiciones en términos de bienestar, solvencia e imagen en el ámbito internacional. Dos documentos gráficos ilustran ese ascenso: la fotografía del presidente Aznar junto al presidente Bush y al primer ministro Blair en las Azores en 1998 y la foto de familia del presidente Rodríguez Zapatero con los principales líderes mundiales en la conferencia internacional de Washington en noviembre de 2008. Dos éxitos efímeros que levantaron falsas expectativas sobre el peso de España en el mundo, avaladas por algunos iluminados que creían que la globalización permitiría a nuestras empresas seguir endeudándose indefinidamente. Tengo en mi haber el haber anunciado en un artículo publicado hace ahora cuatro años (“Ahorro, inversión y saldo de operaciones corrientes”) que la economía española iba a sufrir un correctivo muy severo.

Ha llegado el momento de poner los pies en la tierra e intentar definir un nuevo marco institucional que mejore la asignación de los recursos, la productividad y competitividad de nuestras empresas. Muchas son las reformas largo tiempo debidas. Hay que aumentar la eficiencia de nuestro sistema impositivo; racionalizar el Estado de las autonomías, eliminando privilegios y asignando a cada administración competencias exclusivas y recursos propios; eliminar la financiación pública a entidades e instituciones privadas; mejorar la gestión e inspección de los servicios públicos básicos: sanidad, educación y justicia; establecer criterios económicos para priorizar las inversiones en infraestructuras colectivas; incentivar la investigación básica y aplicada en centros públicos y privados; reformar a fondo el mercado laboral para facilitar la creación de puestos de trabajo y la movilidad de los trabajadores; suprimir trabas administrativas a la creación de empresas; acabar con los privilegios de algunos colectivos profesionales; estimular la inversión privada y eliminar al doble tributación del capital; y apoyar la internacionalización de las empresas españolas.

No va a ser fácil seguir creciendo y creando empleo en una economía globalizada a la que se han incorporado con gran ímpetu algunos países emergentes y apunta a una nueva división internacional de la producción y localización de la inversión. Lo que sí me atrevo a afirmar es que hoy estaríamos mucho mejor si nuestros gobernantes, en lugar de repetirnos una y otra vez lo bien que iba España, se hubieran tomado en serio los viejos problemas de nuestra frágil economía y avanzado algunas reformas en la dirección apuntada durante la última década. Han preferido derrochar su tiempo en campañas electorales interminables, dedicar años a elaborar y tramitar los nuevos estatutos de autonomía y ahora en alumbrar el nuevo sistema de financiación autonómica. La economía se ocupa de cómo asignar los recursos escasos para mejor satisfacer fines alternativos y el tiempo, aunque no lo parezca cuando se ve actuar a nuestros políticos, es uno de los recursos más escasos. Hoy, como las cigarras, echamos en falta no haberlo sabido aprovechar durante la bonanza.

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