De ciudadano a ciudadano

Hace un par largo de años, el 14 de noviembre de 2006 para ser exactos, escribí en una pequeña ciudad alemana unas cuartillas en respuesta a un artículo (“Quién teme al ciudadano feroz“) publicado por el Sr. Azúa, uno de los impulsores de Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía (C-PC). Las leyeron algunos amigos y casi sin excepción me recomendaron que no las publicara en ese momento. Nunca he tenido el más mínimo interés en hacer daño a Ciudadanos, aunque hace ya mucho tiempo -mucho antes de abandonar el partido tras haber perdido toda esperanza de enderezar su errática evolución en el segundo Congreso- que veo a Ciudadanos como una afrenta para el movimiento ciudadano que lo impulsó.

Ahora que Ciudadanos ha decidido acudir a las elecciones europeas de la mano de Unión del Pueblo Salmantino y Libertas, un partido europeo al que el Sr. Espada, otro de los distinguidos impulsores de C-PC, ha calificado recientemente como “hez del nacionalismo europeo”, ya no veo ninguna razón para no publicar aquellas reflexiones. También me ha animado a hacerlo un mensaje que recibí ayer de un afiliado de C-PC del que no sabía nada desde hace muchos meses y en el que me comunicaba su decisión de dejar C-PC ante lo que estaba ocurriendo. En mi respuesta, no quise por cortesía recordarle las palabras que pronunció en una conversación telefónica poco después de que yo hubiera escrito el artículo que hoy publico: “como me gusta ir por derecho, quiero decirte que me he hecho riverista”. Imagínense cuán bajo había caído ya el listón para que una persona, joven y noblota, se declarara seguidor del buscavidas y embustero contumaz que, junto con algunos de los que hasta hace poco colaboraron con él y ahora lo denuncian públicamente, ha destrozado el movimiento ciudadano del que surgió el partido.

Que no cunda el desánimo. Los problemas que nos movilizaron siguen estando ahí, si es que no se han agravado con el paso del tiempo. Así que manos a la obra y a trabajar por la regeneración democrática de la política.

De ciudadano a ciudadano

Würtzburg, 14 de noviembre de 2006

Una torpeza imperdonable en cualquier debate público es acusar a nuestros adversarios -colegas o no, amigos o enemigos, eso no importa- de recrear la realidad histórica, social o política de una manera que a nosotros se nos antoja inexacta y tendenciosa, si no mezquina, sin caer en la cuenta de que con idéntico rigor y severidad habríamos de juzgar las descripciones propias que, no por ser nuestras, resultan más veraces y honestas. La apasionada defensa que hace el Sr. Azúa en su artículo “¿Quién teme al ciudadano feroz? (El País, 9 de noviembre 2006) del nuevo partido político, Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía (C-PC), demuestra que hasta un avezado escritor puede caer en esa trampa inducido por su buena voluntad y el imperioso deseo de cambiar el degradado panorama político existente en Cataluña y en el conjunto de España.

En primer lugar, me gustaría llamar la atención del lector sobre la infeliz comparación que hace el Sr. Azúa entre la presentación en sociedad de un cuadro, Olympia, un desnudo femenino de Manet que causó rechazo y desprecio entre los artistas y críticos de la época, y la irrupción en la arena política de C-PC, un partido que ha logrado un resultado muy decoroso en las primeras elecciones a las que concurría en Cataluña: casi 90.000 votos, el 3,04 por ciento de los emitidos, y 3 escaños en el parlamento autonómico. Una mínima prudencia exigiría a cualquier analista riguroso esperar al menos unos años para establecer comparaciones tan aparatosas y arriesgadas, pues para llegar a saber si la irrupción de C-PC en la vida política va a causar una revolución tan profunda como la que originó el cuadro de Manet en el mundo artístico, hará falta esperar no ya unos años, sino algunas décadas.

Una de las acusaciones más graves que hace el Sr. Azúa a sus colegas es la de haber escamoteado o incluso omitido a la opinión pública la existencia de este nuevo partido político “mientras duraba la subasta de votos”, una expresión, por cierto, muy poco respetuosa con el legítimo esfuerzo de cualquier partido por captar los votos de los ciudadanos en democracia. Puntualicemos algunas cosas. Conviene recordar que, pese a quién pese, C-PC era hasta el día 1-N un partido extra-parlamentario con menos de cuatro meses de vida, presidido por un joven abogado de 26 años, elegido sin que se sepa muy bien por quién ni cuándo para desempeñar un cargo al que formalmente nunca presentó su candidatura. Pues bien, a pesar de un punto de partida tan desfavorable, el nuevo partido recibió muchísima más atención en los medios de comunicación durante la campaña que ninguno de los otros partidos extra-parlamentarios que también concurrieron a las pasadas elecciones y fue tratado con especial mimo por algunos medios que dirigen personas cuya orientación y opiniones difícilmente se compadecen con el carácter ilustrado, laico y progresista que establece el Ideario de C-PC.

Puestos a informar verazmente a la sociedad catalana, tampoco debiera ocultarse que C-PC, como cualquier partido político establecido, participó en “la subasta de votos” con una agresiva campaña publicitaria -nada modesta por cierto y sobre cuya financiación tampoco sabemos nada- que no fue aprobada por el Consejo General del partido como establecen sus Estatutos. Asimismo contó, como otros partidos mucho más establecidos, con el favor de algunos medios de difusión nacional que pidieron abiertamente (¡Vaya sorpresa!) el voto para todo un partido “antiestablishment.” Algunos ingenuos, que los hay en nuestro partido, y muchos otros interesados en parecerlo, desfilarán por la pasarela mediática y podrán dar el pego durante algún tiempo repitiendo, muy serios, simplezas como ésta (“Somos un partido contra el orden establecido”) y algunas otras, marca de la casa. (“Solo nos interesan las personas”. ¡Faltaría más! ¡Harto curioso sería que a un candidato a ocupar escaño parlamentario le interesaran más los perros que sus potenciales votantes!) Por ello, comparar esta campaña con pasquines y mesas informativas, cuñas en radio y TV, entrevistas en periódicos y mítines con la lucha de quienes combatieron la dictadura franquista “aguantando los ataques del régimen en pleno y sin el menor apoyo de nadie”, me parece una exageración ofensiva para todos los que nos opusimos a la dictadura.

Concedamos que algunos de los colegas a los que el Sr. Azúa sitúa en el “periodismo de batalla” son pertinaces ideólogos, especialistas en el ultraje y la maledicencia de quiénes no comparten su ideología. Concedámosle también que la falta de exactitud y tendenciosidad presentes en algunos artículos firmados por periodistas a los que al Sr. Azúa respeta o incluso se siente unido por lazos de amistad personal le han defraudado sobremanera. Disfrutemos con su brillante exposición de las incoherencias y contradicciones a que lleva la utilización frívola de términos como “españolismo” y “lerrouxismo.” Aunque comprendo el alborozo y entusiasmo que despiertan entre algunos ciudadanos estos mandobles, por otra parte merecidos, al nacionalismo, confesaré que a mí me interesa mucho más saber lo que Vd., cómo promotor del partido y hombre reflexivo, piensa de Ciudadanos que todas las interpretaciones que pueda hacer sobre lo que dicen algunos periodistas, más o menos tendenciosos, mejor o peor pagados e informados.

Para despejar cualquier duda sobre la neutralidad y honestidad de sus opiniones, el Sr. Azúa nos aclara en el tercer párrafo de su artículo que no escribe “desde una posición militante” y que si bien formó “parte del grupo que incitó a la creación en Cataluña de un nuevo partido que pudiera hablar con naturalidad sobre todo lo prohibido por el poder”, una vez constituido éste se retiró “con ánimo de no regresar nunca más a la política empírica.” Esta Vd. en su derecho de retirarse, pero permítame aprovechar la ocasión para decirle que flaco favor le han hecho al partido, Vd. y otros promotores con méritos profesionales indiscutibles, alejándose de la política práctica. En todo caso, convendrá conmigo en que su relativo distanciamiento del partido no le exime, en tanto que comentarista político, de proporcionar una información objetiva y veraz, o, al menos, mejor fundamentada que las opiniones de los periodistas objeto de sus críticas.

Y la verdad y la objetividad no se alcanzan contraponiendo unas opiniones a otras en los platillos de una balanza mal calibrada. No se puede sin más, por ejemplo, desechar las acusaciones de ultraderechismo argumentando que el Presidente de Ciudadanos se ha declarado socialdemócrata, porque tal autoafirmación puede ser legítimamente cuestionada por otros, como un gran número de afiliados y dirigentes de Ciudadanos cuestionan que líderes de otras formaciones, como los Sres. Montilla y Saura, sean socialdemócratas. Ni tampoco se puede rebatir la acusación de que el partido ha sido financiado por la FAES arguyendo que es “una falacia tan absurda” que solo prueba “el grado de intoxicación de los periodistas catalanes”. Entiéndaseme bien: acusar sin pruebas contundentes a una persona o a un partido no constituye una “información pésima”, sino una infamia intolerable. El problema es que el Sr. Azúa no prueba que esas afirmaciones sean una infamia: simplemente, lo afirma.

Más útil habría sido para los afiliados a C-PC y para los ciudadanos en general que el Sr. Azúa hubiera dedicado su artículo a explicar las razones que le hacen pensar que el Presidente de Ciudadanos es un socialdemócrata; o a esclarecer cómo se ha financiado la campaña electoral del partido, despejando cualquier atisbo de duda sobre su transparencia; o, en fin, a desmentir con datos fehacientes que las buenas relaciones de algunos líderes con determinados medios de comunicación -no precisamente “la prensa de Madrid”- son una invención de la prensa catalana. Puestos a pedir, me habría gustado conocer también su opinión acerca de una cuestión que puede intrigar a muchos ciudadanos: ¿por qué un partido que “cuenta con el entusiasmo de la gente” superó por los pelos (cuatro centésimas) el listón que lo hubiera dejado sumido en la bancarrota?

Muchos de los que entramos en este partido sin haber estado nunca afiliados a otro, lo hicimos convencidos de que valía la pena intentar renovar la vida política de nuestro país creando una organización nueva sustentada sobre los pilares de la razón y el conocimiento y cuya organización fuera un modelo de honestidad y transparencia al servicio de los ciudadanos. Nos tomamos en serio las tres palabras: razón, honestidad y transparencia. Por eso mismo no podemos aceptar que se nos diga ahora que el objetivo inmediato del partido es repetir el éxito en las próximas elecciones municipales de mayo. Ya hay demasiados partidos en liza con ese exclusivo objetivo: conseguir el poder y mantenerse en él a toda costa. Lo que esperábamos del nuevo partido era que una vez fundado se pusieran de inmediato en funcionamiento grupos de trabajo, integrados por afiliados y simpatizantes con los perfiles profesionales adecuados, que se definieran las líneas de acción política de la organización y se elaborara un programa electoral serio, ambicioso y novedoso que permitiera expandir los tentáculos del partido en la sociedad civil e integrar a todas aquellas personas que creen que la política debería estar asentada sobre la razón y los partidos políticos deberían ofrecer respuestas a los complejos y conflictivos intereses de los ciudadanos.

No ha sido así hasta el momento. A nadie con un mínimo de información sobre lo que ha sido la vida del partido en los últimos cuatro meses le sorprenderá las dificultades que tiene el Sr. Azúa para aclararnos la posición del partido en una materia de tanta importancia para los ciudadanos como la inmigración, por no hablar de muchas otras como el paro, la educación con mayúsculas, la articulación de España y la Unión Europea, la política exterior, el sistema financiero, la financiación de la Seguridad Social, y tantas otras. Y no vale relativizar el envite aduciendo que otros partidos tampoco tienen nada que decir sobre muchos de estos temas, porque Ciudadanos nació precisamente para suplir esas carencias, con vocación de no ser un partido más cuyos líderes acuden al mercado de la Boquería en campaña electoral para aparentar interés por las preocupaciones del pueblo llano.

Aparte del denodado, generoso y entusiasta esfuerzo de los afiliados por hacer llegar los pasquines y los trípticos con los eslóganes de campaña y la fotografía del cuerpo desnudo de su Presidente a todos los rincones de Cataluña, hay que reconocer que la campaña de Ciudadanos ha sido decepcionante en contenido y formas. Cualquier observador perspicaz habrá notado que la mayoría de quiénes incitaron a formar el partido han rehusado participar activamente en la misma. En lugar de achacar nuestras dificultades a las campañas de exclusión y a la tendenciosidad de algunos periodistas (¿Victimismo “posnacionalista” tal vez?), convendría que volviéramos la vista hacia nosotros, dejáramos a un lado la autocomplacencia y con modestia hiciéramos inventario de las provisiones almacenadas en nuestra despensa.

¿Qué nos deparará el futuro? El partido ya tiene tres diputados en el Parlamento de Cataluña y es muy posible que en las próximas elecciones municipales consiga representación en algunos municipios de las provincias de Barcelona y Tarragona. Mucho me temo que estos éxitos sean pan para hoy y hambre para mañana y que el partido acabe languideciendo, enzarzado en polémicas estériles con el irredento nacionalismo catalán. Cuando leo los mensajes que se cruzan algunos distinguidos ciudadanos tengo la impresión de que los más bajos instintos de la tribu se han despertado y las manos expertas de los brujos afilan los cuchillos del rencor en la sombra a la espera de unas manos que los empuñen. Urge cambiar el estado de cosas en Ciudadanos y para ello es necesario que las bases del partido tengan la posibilidad de expresar sus opiniones prontamente en un Congreso y renovar los órganos del partido con listas abiertas, luz y taquígrafos.

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