Recesión económica y expectativas electorales

Un extracto de este artículo apareció en Expansión el 28 de mayo de 2009

En el barómetro de marzo del CIS, el 75,0% de los ciudadanos consideraba que la situación económica general en España era mala (42,8%) o muy mala (32,2%) y el 37,2% indicaba que empeoraría en el próximo año frente al 18,3% que esperaba una posible mejoría. Cuando se les preguntaba a los ciudadanos por la situación política general, el 47,7% la calificaba de mala (31,4%) o muy mala (16,3%) y el 21,4% creía que iría a peor frente al 10,6% que opinaba lo contrario. Los resultados del último estudio preelectoral para el Parlamento Europeo (CIS Estudio nº 2800), realizado entre el 29 de abril y el 17 de mayo, confirman esas valoraciones y elevan hasta el 82,1% el porcentaje de ciudadanos que considera mala (36,8%) o muy mala (45,3%) la situación económica y hasta el 76,7% el porcentaje de los que consideran mala (43,2%) o muy mala (33,5%) la situación política.

A pesar de estos datos demoledores sobre la percepción de los ciudadanos de la situación económica y política presente y futura y de que el 61,3% de los encuestados reconozca que los problemas actuales de España tienen una influencia decisiva en su voto, lo cierto es que el PSOE aventaja en 7 puntos al PP en intención revelada de voto (10 puntos cuando se suma el efecto simpatía) y que la estimación final de voto del CIS apunta a un empate técnico entre los dos principales partidos: 42,8% PSOE y 42,2% PP. Más allá de la inevitable incertidumbre que rodean las estimaciones pre-electorales, el hecho que más me sorprende de las cifras publicadas por el CIS es comprobar lo bien que está aguantando el Gobierno la sucesión de malas noticias sobre la economía. Unos se preguntarán por qué el PSOE no está acusando un desgaste político comparable con la intensidad de la recesión económica, la más severa desde que disponemos de datos medianamente fiables de contabilidad nacional, que ha situado el paro (53,3%) y los problemas de índole económica (23,3%) a la cabeza de los preocupaciones de los ciudadanos. Otros se formularán la pregunta de por qué las expectativas de voto del PP, principal partido de la oposición, no están avanzado con más rapidez en un entorno tan favorable para quienes no tienen responsabilidades de gobierno.

Mi respuesta a estas dos aparentes paradojas es que los ciudadanos se comportan con grandes dosis de racionalidad y la inmensa mayoría de los votantes no cambia el sentido de su voto porque la situación, desde una óptica estrictamente económica, sea objetivamente mala. La mayoría de los ciudadanos están convencidos en su fuero interno de que ningún ministro de Economía -ni el Sr. Solbes antes ni la Sra. Salgado ahora, ni el Sr. Montoro si tuviera la posibilidad de ejercer el cargo en el futuro inmediato- dispone de una varita mágica para darle la vuelta a la situación. La magia, omnipresente en la infancia, pierde poder de seducción ante las realidades de la vida y queda, al final, relegada al juego de la lotería y a la inquebrantable fe de los forofos en la capacidad de su equipo para remontar un resultado adverso en tiempo de descuento.

En otras palabras, la estabilidad en las expectativas de voto podría explicarse porque los ciudadanos están convencidos de que ni lo que hace el partido en el Gobierno ni lo que dice que hará el partido en la oposición van a resolver sus problemas económicos y lo que les toca ahora es capear la mar muy gruesa hasta que amaine el temporal. No se trata, en mi opinión, de una actitud irracional sino de una convicción sustentada en algunos hechos observables. En primer lugar, el Gobierno mal que bien está adoptando infinidad de medidas que, si bien en bastantes casos pueden resultar inefectivas o hasta contraproducentes, transmiten a los ciudadanos la sensación de estar haciendo algo para resolver los problemas. En segundo lugar, el partido de la oposición ha adoptado la cómoda postura de refrotar al gobierno las cifras de paro cada media hora, mostrando una falta de cintura y capacidad para formular propuestas interesantes que quedó en evidencia durante el debate sobre el Estado de la Nación. Por último, no se puede olvidar que cuando la política se hace a golpe de repetición de eslóganes siguiendo el guión marcado por los publicitarios y los comités de campaña, el cruce de banales insultos y descalificaciones suele acabar en combate nulo para frustración del aspirante.

Alguien en el PP debería meditar sobre este dato: si bien el 39,1% de los ciudadanos considera que la gestión que ha hecho el Gobierno en el último año es mala o muy mala, el porcentaje sube hasta el 46,4% cuando se les pregunta que valoren la política del PP. La situación actual no se puede comparar a la de 1993, cuando los escándalos de diverso origen en torno a la financiación del PSOE (Filesa) y a la actuación de algunos de sus dirigentes (Ibercorp, Gal, Fondos Reservados, escuchas telefónicas, etc.) dejaron seriamente tocado al Gobierno que presidía el Sr. González mientras la economía se adentraba en recesión. En esta ocasión, la situación se puede decir que es casi la inversa: la economía ha entrado en recesión, es verdad, pero ahora es el PP el que está acosado por indicios de corrupción que alcanzan a instancias muy sensibles y elevadas del partido en la oposición. No basta para convencer con decirles a los ciudadanos: fíense de nosotros, recuerden lo bien que lo hicimos en 1996. Los ciudadanos son inteligentes, saben que el pasado no se repite nunca y exigen algo más que recuerdos trucados para dejarse convencer.

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1 comentario

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Una respuesta a “Recesión económica y expectativas electorales

  1. Javier

    Me alegra leer en este artículo, la buena consideración al racional criterio del ciudadano en general. Aquí y ahora, la mayoría de las personas hemos desarrollado una sensibilidad que nos permite distinguir entre los modos y discursos mediáticos cuya finalidad es conseguir el voto del escuchante, a cualquier precio (descalificaciones peronales del contrario, salidas de tono etc) y otros discursos que quieren ayudar a la gente a entender lo que está pasando, diciendoselo con voz amable y respetando su inteligencia.
    Esta segunda manera de actuar debería ser la racional, pero la historia nos dice que hay veces que quién más ruido mete se lleva el gato al agua.
    Un saludo

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