Un mercado laboral enfermo

Artículo publicado en Expansión el 13 de julio de 2009

Como planteaba en mi artículo “El mercado laboral en la encrucijada” (Expansión, 22 junio 2009), la crisis financiera y la recesión económica han hecho aflorar divergencias profundas entre las organizaciones patronales y sindicales en los últimos meses. Las primeras demandan reformas del mercado laboral orientadas a aumentar la flexibilidad de las plantillas y mejorar la competitividad de las empresas y las segundas las descartan aduciendo que el marco laboral no está en el origen de la crisis financiera y la recesión económica actual. Aceptada la obviedad de que el origen de una crisis financiera y una recesión económica de dimensiones globales no puede tener su origen en el marco laboral español, lo cierto es que una ojeada a las principales estadísticas laborales de nuestro país permite constatar lo que es un secreto a voces: el pésimo funcionamiento del mercado laboral en España. Y algo, pienso, tendrán que ver con ello las instituciones y las regulaciones que conforman el actual marco laboral.

Tres graves malformaciones
Empecemos por las contrataciones. Según las estadísticas del Ministerio de Trabajo e Inmigración, se registraron 16,6 millones de contratos en 2008, una cifra muy elevada aunque sustancialmente inferior a los 18,6 millones de contratos firmados en 2007. Cuando se comparan estas cifras con el número de asalariados que aparecen en la Encuesta de Población Activa (EPA), 16,7 y 16,8 millones en 2008 y 2007, respectivamente, resulta difícil creer que ambas magnitudes proceden de la misma economía. La comparación resulta incluso más aberrante cuando se compara la cifra de 14,3 millones de contratos temporales registrados en 2008 con los 4,9 millones de contratados temporales que proporciona la EPA ese año. Una información publicada hace unos días en este diario (Expansión, 14 junio 2009) nos recordaba que la duración media de un contrato en España fue de 78,5 días en 2008, esto es, un plazo inferior a tres meses. Semejante hiperinflación de contratos de tan escasa recorrido puede resultar un buen negocio para gestores e intermediarios laborales, pero es un pésimo negocio para la economía española, pues la falta de perspectivas de mejora laboral a medio plazo de los trabajadores y la excesiva rotación de las plantillas, ni refuerzan la responsabilidad de los asalariados en el desempeño de sus tareas productivas ni hacen rentable para asalariados y empleadores invertir en su formación.

En segundo lugar, España tiene el dudoso honor de haber mantenido la tasa media de paro más elevada de la UE15 desde 1986. Tras haber superado el 21% en 1986, la tasa de paro cayó al 16,3% en 1991 merced al impulso que registró nuestra economía tras ingresar en la CEE, pero volvió a dispararse con la recesión de 1992-93 y alcanzó el 22,9% en 1995. Tras 12 años de crecimiento ininterrumpido de la economía española a una tasa media del 3,7% y un crecimiento muy inferior de Alemania, Francia e Italia, nuestra tasa de paro (armonizada) se situó en el 7,8% en 2006, tan sólo 0,7 puntos por encima de la media de los países en la UE15. Pareció, por un momento, que estábamos a punto de convertirnos en un país normal pero esta esperanza se ha desvanecido con tal rapidez que casi parece hoy un espejismo la situación de hace un par de años. En efecto, las últimas cifras publicadas por Eurostat para el mes de abril sitúan de nuevo a España, destacada a la cabeza del pelotón, con una tasa de paro del 18,1% que casi duplica la cifra, 9,1%, de la UE15.

No solamente la magnitud de la tasa de paro es preocupante sino también la persistencia en el tiempo de enormes disparidades entre CCAA y colectivos de trabajadores. Según la EPA, la tasa media de paro en el primer trimestre de 2009 alcanzó el 17,4%, mas hubo CCAA, como El País Vasco y Navarra, donde la cifra se situó por debajo del 10,5%, y otras, como Canarias y Andalucía, donde superó el 24%. Que se hayan mantenido diferencias tan abultadas entre las tasas de paro de las CCAA durante las dos últimas décadas, obliga a preguntarse si España es un mercado laboral o la suma de mercados segmentados territorialmente donde la movilidad de la fuerza laboral brilla por su ausencia. El hecho resulta incluso más sorprendente habida cuenta de que cerca de 5 millones de extranjeros provenientes de lejanos países de África, América, Europa del Este y Asia se han incorporado a nuestro mercado laboral en la última década.

Por último, nuestro mercado laboral está segmentado en dos grupos con derechos y expectativas laborales radicalmente distintas. Por un lado, está el colectivo de los trabajadores que gozan de un contrato indefinido y, por otro, el de los asalariados cuya relación laboral se sustenta en un contrato con fecha de caducidad, en muchos casos de pocas semanas. Desde la reforma laboral de 1984 que legalizó la utilización de contratos de duración determinada en puestos de trabajo permanentes con el fin de fomentar el empleo, la tasa de temporalidad (número de asalariados temporales dividido por el número de asalariados totales) se ha mantenido por encima del 30% la mayoría de los años. A pesar de las subvenciones ofrecidas por varios gobiernos para transformar los contratos temporales en indefinidos, la tasa de temporalidad era todavía del 30,1% en el I trimestre de 2008; y el brusco descenso que ha registrado desde entonces hasta situarse en el 25,5% en el I trimestre de 2009 se explica, no porque aquellas políticas hayan tenido éxito, sino porque 1 de cada 5 trabajadores temporales han perdido su puesto de trabajo desde el primer trimestre de 2008. La situación no puede ser más injusta y uno siente vergüenza ajena cuando ve el escaso interés de algunas organizaciones e instituciones dedicadas en cuerpo y alma a defender los intereses de (¿todos?) los trabajadores.
Estos tres rasgos de nuestro mercado laboral, hiperactividad en la contratación con una duración media de los contratos inferior a los 3 meses, persistencia de elevadas tasas de paro y enormes disparidades entre CCAA y perpetuación de un colectivo de trabajadores temporales muy numeroso sobre cuyas espaldas recae casi exclusivamente el peso de los ajustes de plantilla en períodos recesivos, ponen de manifiesto que el mercado laboral español está no enfermo, sino gravemente enfermo. Lleva de hecho muchos años padeciendo estas malformaciones sin que nadie se atreva a introducir reformas de calado en el marco laboral para intentar modificar el estado de la “cosa”.

Inmovilismo e insensibilidad institucional
Y aunque no lo quieran reconocer las organizaciones sindicales y el Gobierno, la hiperactividad contractual y la temporalidad que padece el mercado laboral español no son sino la imagen grotesca y deforme de la contratación indefinida reflejada en los espejos cóncavos de la calle del Gato: la esperpéntica salida que han encontrado los empresarios para ajustar sus plantillas con rapidez y minimizar el coste de las indemnizaciones por despido. Incluso la falta de movilidad espacial de la fuerza laboral debe mucho también a la altísima temporalidad, pues pocos trabajadores están dispuestos a abandonar su residencia habitual si todo lo que les espera en el punto de arribada es un contrato temporal de tres meses.

A los inmovilistas recalcitrantes que para cambiar el lamentable estado del mercado laboral español consideran imprescindible modificar primero, nada más y nada menos, que nuestro modelo productivo (¡qué largo me lo fiáis!), les aconsejaría dedicar sus esfuerzos y recursos a diseñar y poner en marcha otro tipo de reformas más simples y prácticas. A buen seguro, los trabajadores que han padecido durante décadas las consecuencias de las malformaciones del mercado laboral quedarían muy agradecidos por ello.

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