Queridos lectores:

Después de este prolongado silencio (únicamente interrumpido por dos publicaciones que aparecieron la primera el 1 de agosto en el diario Expansión y la segunda el 5 de septiembre en el diario El País) me reincorporo con energías renovadas a mi pequeño huerto. La situación política actual no puede ser más penosa: un Presidente del Gobierno dispuesto a completar en esta legislatura la insensata tarea que comenzó en la pasada, cuando dio luz verde al engendro conocido como Estatut de Cataluña y al resto de remedos de aquél que aprobaron las Cortes. La confirmación de que va a seguir imperturbable en esa línea nos llegó el pasado mes de julio cuando presentó el nuevo modelo de financiación autonómica pactado con los nacionalistas catalanes del PSC y los independentistas de ERC, al margen del resto de CCAA. El pacto, quiero recordar, no fue rechazado por la mayoría de las CCAA gobernadas por el PP en el Consejo de Política Fiscal y Financiera y gracias a su apoyo o abstención pronto será una norma legal. Ahora estamos a la espera de comprobar si, para aprobar los Presupuestos Generales del Estado de 2010, el Sr. Rodríguez Zapatero se inclina por blindar los privilegios fiscales de que disfruta El País Vasco o se decide a pactar de nuevo con ERC, un partido cuyo objetivo declarado y principal es levantar muros y fronteras entre Cataluña y el resto de España con la excusa de reparar imaginarios agravios históricos o presentes. Saldremos de dudas en las próximas semanas.

La escasa altura de miras de los políticos en el PSOE y PP está consolidando una España cada vez más fragmentada donde cada poliedro del rompecabezas tira de la manta, ignorando que en un mundo globalizado, como saben muy bien las empresas, el tamaño y la agilidad en las respuestas importan. Miremos a Europa y al mundo y no perdamos más tiempo mirándonos el ombligo por mucho que sentimentalmente nos arrope y conmueva el terruño donde el azar o la necesidad nos situaron a cada uno. Si queremos cambiar el estado de la “cosa”, urge que levantemos la cabeza de nuestras ocupaciones cotidianas (trabajo, comida, niños, vacaciones, libros, TV, etc.) y planteemos a los ciudadanos una alternativa democrática con pies y cabeza. Vivimos en un Estado donde faltan contrapesos democráticos: unos poderes legislativo y judicial independientes que pongan coto a la impunidad y los negocios de los políticos instalados en los gobiernos ejecutivos y una movilización de los ciudadanos que les exija responsabilidades por su falta de profesionalidad en la gestión de los recursos públicos.

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