Solos ante el peligro

Artículo publicado en el diario Expansión el 4 de enero 2010

La insólita irrupción de una crisis financiera y una severa recesión económica en el segundo semestre de 2008 impulsó a los gobiernos y bancos centrales de los países desarrollados a improvisar gigantescas operaciones para rescatar a entidades financieras al borde de la quiebra y a lanzar ambiciosos programas de estímulo financiados con dinero público para contener el desplome de la demanda agregada. Ante la gravedad de la situación, la Reserva Federal y el BCE, además de reducir los tipos de interés hasta mínimos históricos (0-1%), rebajaron las garantías exigidas y aumentaron los plazos en las subastas de liquidez, y hasta adquirieron activos sobrevalorados de entidades en apuros.

Por su parte, el Gobierno español creó varios fondos para comprar activos de entidades financieras (30.000 millones), avalar la refinanciación de los créditos concedidos a entidades financieras (100.000 millones) y facilitar el flujo de crédito a las pequeñas empresas (8.000 millones). El Gobierno aprobó también un crédito extraordinario de 16.773 millones para pagar las prestaciones a los desempleados que ascenderán a 33.000 millones en 2009 y dos planes de “inversión” local por un total de 13.000 millones. El Gobierno adoptó también otras medidas de menor entidad (recortes impositivos, ampliación de plazos fiscales y ayudas a familias y sectores específicos, etc.) dirigidas a facilitar el cumplimiento de las obligaciones fiscales, favorecer la contratación, evitar la morosidad, estimular la demanda de vehículos, etc.

Dónde estamos

Las medidas adoptadas han impedido el desplome del sistema financiero y los tímidos aumentos del PIB en Estados Unidos, Japón, Alemania y Francia en los dos últimos trimestres apuntan a que el riesgo de padecer una gran depresión se ha conjurado. No obstante y pese a la vuelta a los beneficios, la situación de bastantes entidades financieras a ambos lados del Atlántico continúa siendo delicada, especialmente en aquellos países donde el auge inmobiliario fue más intenso. Gracias a los bajos tipos del euribor en 2009, las familias con hipotecas indiciadas han visto aliviada su carga, no así las empresas y consumidores que pagan tipos más elevados y han de evaluar con más rigor las oportunidades de inversión. A pesar de los paquetes de estímulos, en la mayoría de los países se sigue destruyendo empleo y aumentando el paro y en algunos casos (Estados Unidos y Reino Unido) el déficit público ha alcanzado niveles record en tiempos de paz.

En España, a pesar del aumento del consumo, la inversión y las transferencias públicas, las empresas que no han desaparecido están operando muy por debajo de su capacidad y la tasa de paro ha alcanzado ya el 19,0%, según la UE, el doble que en 2007. El PIB caerá este año el 4%, si bien hay razones fundadas para pensar que la recesión está siendo mucho más dura de lo que se reconoce oficialmente. El desplome de los ingresos públicos en 2008 y 2009, achacable a la caída actividad y aumento del fraude, y el fuerte incremento del gasto han provocado un aumento descomunal del déficit que, incluso con enjuagues, superará el 10% del PIB: más de 100.000 millones. Para financiarlo, el gobierno está inundando el mercado con emisiones que absorben buena parte de la liquidez inyectada por el BCE y encarecen el crédito privado. Los hogares han reaccionado ante tanta incertidumbre elevando su ahorro, en previsión mayores impuestos y menores ingresos y transferencias en el futuro.

A dónde vamos

El aviso de Standard & Poor’s al Tesoro no debe entenderse como una amenaza, sino como el reconocimiento del lastre que gravitará sobre las cuentas públicas en los próximos años. El porcentaje de deuda pública sobre el PIB ha pasado del 36,2% en 2007 al 60,0% en 2009; y, puesto que los abultados déficits continuarán en los próximos años, una estimación conservadora  me lleva a situarlo en el entorno del 85% en 2013, si España cumple su compromiso de reducirlo al 3% para entonces. Si como es previsible el BCE eleva los tipos de interés en los próximos años, el servicio de la deuda resultará una carga muy onerosa en la próxima década. 

La subida de tipos, las elevaciones de impuestos y la desaceleración del gasto público auguran un quinquenio de escaso crecimiento de la demanda nacional, aunque preferible resulta que el impulso provenga de la inversión y el consumo privados que no del gasto público, financiado con deuda, como en 2009. Pueden aumentar las exportaciones y el turismo si se consolida el crecimiento de Alemania y Francia, pero no conviene olvidar que nuestros bienes y servicios han perdido competitividad y ya no podemos recuperarla devaluando como en 1992-93 y 1995. Ni tampoco podemos contar con ser los grandes beneficiarios de las subvenciones de la UE. La buena noticia es que el grueso de nuestro sistema financiero ha aguantado bastante bien hasta el momento, a pesar de las irresponsables interferencias de los gobiernos autonómicos.

No hay agua milagrosa que nos quite convivir con elevados déficits públicos y altas tasas de paro durante bastantes años, pero sí numerosas medidas (fiscales, laborales, educativas, etc.) que podrían mejorar las perspectivas de la economía española a medio y largo plazo. Solos ante el peligro, es el momento de dar la talla, pero mucho me temo que este Gobierno no de un paso más allá de lo que de sí dé el mal llamado “diálogo social”.

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