De la recesión al pacto

Artículo publicado en Expansión el 16 de marzo 2010

En mi artículo “Endeudados” (Expansión, 6 de marzo 2010) expliqué cómo una gestión inadecuada de los años de bonanza (1996-2007) y unas políticas erráticas para afrontar la crisis y la recesión (2008-09) habían desembocado en la situación actual: una economía endeudada hasta las cejas que camina con muletas y tardará bastante tiempo en desembarazarse de ellas. Acababa formulando esta pregunta: “¿Tendrá ahora razón el Presidente del Gobierno cuando afirma que hace falta un pacto de todas las fuerzas políticas para sacar a la economía del pozo?”

Prueba de que la mayoría de los políticos no comprende la gravedad de la situación es que tanto el Gobierno como la oposición comparten la ilusión de que para salir de la ‘crisis’ –así les gusta llamar a la recesión– bastaría con adoptar las políticas apropiadas. También los ciudadanos de a pie que están sufriendo sus efectos –restricciones crediticias, cierre de empresas y desempleo–, creen que si los políticos aparcaran sus intereses partidistas, la economía retomaría pronto la senda de prosperidad truncada en 2007. Difieren los partidos, eso sí, en la naturaleza de las medidas a adoptar.

Trasfondo político del pacto

Aunque el Gobierno insiste en que las políticas aplicadas durante los últimos dos años han sido las correctas ante una situación cambiante, lo cierto es que el fuerte aumento del gasto público y el hundimiento de la recaudación han disparado el déficit y la deuda pública sin lograr la recuperación de la economía productiva. Al Gobierno se le ha agotado casi todo el margen para financiar nuevos programas de gasto y ante la inminente necesidad de empezar a adoptar decisiones impopulares -subir impuestos, aparcar proyectos de inversión, congelar salarios y empleos, podar subvenciones, reformar el mercado laboral y endurecer el acceso a las pensiones-, contar con el respaldo de otros partidos puede ayudarle a diluir su responsabilidad ante el electorado y establecer alianzas para sobrevivir a los próximos dos años que prometen ser económica y políticamente muy complicados.

Irónicamente, fue el Sr. Duran i Lleida, portavoz en el Congreso de CiU, la coalición nacionalista que lleva treinta años reclamando privilegios y minando la unidad de mercado, quien lanzó la idea de suscribir “un gran pacto de Estado” que contemple “medidas a corto y largo plazo para reflotar la economía”. Una vez más los nacionalistas catalanes han demostrado su gran olfato y habilidad política ofreciendo un acuerdo en un momento de extrema debilidad del Gobierno, circunstancia que les permitirá extraer nuevas concesiones –aunque no sepamos todavía cuáles– camufladas bajo un halo de respetabilidad.

Por su parte, los dirigentes del PP contemplan con lógica desconfianza la última pirueta del Gobierno y prefieren que sea éste el que cargue con la responsabilidad de adoptar medidas impopulares con el apoyo de los nacionalistas. Mientras, repiten una y otra vez que tienen la llave para sacarnos de la recesión: bastaría –dicen– con dar un giro de 180 grados a la política del Gobierno, imponiendo austeridad en el gasto y recortando los impuestos, para obrar de nuevo el milagro que ya realizaron en 1996. ¡Ojalá fuera tan sencillo! Andan algo errados si creen que la situación a comienzos de 2010 guarda parecido alguno a la comparativamente plácida herencia que recibieron de Felipe González.

Expectativas ilusorias

En 1996, el PIB crecía y se generaba empleo a buen ritmo; los intercambios con el resto del mundo arrojaban superávit; el déficit público era elevado pero estaba mejorando rápidamente; y España era un lugar atractivo para la inversión extranjera y la gran beneficiaria de las ayudas de la UE. Había que seguir reduciendo el déficit para alcanzar el 3 % del PIB en 1998, pero los 2 puntos que entonces nos separaban del objetivo resultan una nimiedad comparados con los 8,4 puntos actuales. Gracias a las cuatro devaluaciones realizadas entre septiembre de 1992 y mayo de 1995 y las importantes reducciones de los tipos de interés instrumentadas entre 1992 y 1966 –y las que se iban a realizar hasta 1998–, la economía tenía combustible y margen de maniobra suficientes para crecer bastantes años. Justo lo contrario que ahora.

La mayor parte de los puestos de trabajo perdidos en construcción y otros sectores ligados a aquél tiene carácter permanente. Hay que decirlo, además, con toda claridad: no sería deseable que la inversión en viviendas y otras construcciones volviera a acaparar el 60 % de la inversión como en 2007. Pero recolocar a esos trabajadores va a resultar complicado al no poder devaluar la moneda para estimular la actividad de otros sectores, entre ellos los turísticos, sujetos a una fuerte competencia exterior. Tampoco se puede esperar gran ayuda de las AAPP, cuyos agobios financieros en los próximos años auguran una saludable contención del crecimiento del empleo público que registró un fuerte incremento (35,46 %) de 1996 a 2009.

Sin minusvalorar la importancia de realizar una buena gestión presupuestaria, no hay quien nos libre de pasar bastantes semestres purgando los abultados desequilibrios financieros (gran endeudamiento interno y externo) y productivos (pérdida de competitividad y excesivo número de viviendas construidas) acumulados en los años de bonanza, a los que se ha sumado el crecimiento meteórico de la deuda pública emitida para apuntalar a las entidades financieras y contrarrestar los efectos de la recesión. Ni con pacto ni sin él, ni con la Sra. Salgado ni con el Sr. Montoro al frente del Ministerio, la economía va a recuperarse en 2 ó 3 años y hay que empezar a aceptar que tanto la elevada tasa de ocupación (20,5 millones) como, sobre todo, la baja tasa de paro (8,08 %) del tercer trimestre de 2007 fueron, si no un espejismo, sí una suerte de oasis que tardaremos en volver a avistar.

¿Resultaría positivo un acuerdo?

Ante esta perspectiva poco halagüeña, cabe preguntarse si valdría la pena que los partidos alcanzaran “un acuerdo político por la recuperación del crecimiento y la creación de empleo”. Pienso que sí, siempre que se sustente en un diagnóstico realista de la situación, esté avalado por PSOE y PP, los dos partidos a los que cabe presumir cierta preocupación por el devenir del conjunto de España, y aborde reformas esenciales a corto, medio y largo plazo para evitar que al reanudarse el crecimiento vuelvan a reproducirse los desequilibrios del pasado y se materialicen otros nuevos en las cuentas de los sistemas sanitario y de la Seguridad Social.  La tragedia es que ni PSOE ni PP ven la situación tan grave como para sentarse a negociar en serio y prefieren pactar con los nacionalistas acuerdos intrascendentes para salir del paso.

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1 comentario

Archivado bajo Economía

Una respuesta a “De la recesión al pacto

  1. javier

    Siempre que leo tus articulos aprendo mucho de economía y de filosofía . Gracias .
    Sin llegar a lo que pasa en Corea del norte con los politicos que no consiguen los objetivos, creo que los que toman decisiones que afectan a todos, deberían estar mas preparados.

    Un abrazo

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