Lo que ha fallado en la UEM

Artículo publicado en el diario Expansión el 24 de noviembre de 2011

Desde hace varios meses casi no se habla de otra cosa que de la crisis de la deuda soberana que se ha ido extendiendo como una mancha de aceite por la eurozona y puesto en la picota a países tan importantes como Italia y España, obligados a pagar diferenciales con el bono alemán superiores a los 450 puntos en los últimos días. Durante este tiempo se han sucedido las reuniones de ministros y presidentes de gobierno de la eurozona, de la UE y del G20 sin que los acuerdos alcanzados se hayan materializado y devuelto la calma a los mercados. El BCE ha intervenido marginalmente comprando deuda de los países afectados, pero el alivio que han producido sus intervenciones duró primero semanas, luego días y últimamente horas. Hay problemas de fondo, generales del conjunto y específicos de cada país, que explican la situación, pero también un vacío institucional y una mala gestión de las economías de la eurozona.

Dicen que los economistas sólo explicamos el pasado –¡algo nada desdeñable para quién sabe algo de historia!–, aunque lo cierto es que en bastantes ocasiones nuestras explicaciones y advertencias se ignoran. Hace casi dos años y medio escribí con motivo de la celebración del décimo aniversario del lanzamiento del euro dos artículos (“¿Sobrevivirá la Unión Económica y Monetaria”, Expansión 22 de julio y 1de agosto de 2009)  en los que recordaba como advertí al presidente Gonzáles de los riesgos de crear un área monetaria sin contar con instituciones para coordinar la política económica más allá de la obligada centralización de las decisiones monetarias en el BCE, y preguntaba “si pueden  los estados… limitarse a asistir como meros espectadores y asumir como inevitables la parsimonia y los errores del BCE o la fuerte apreciación del euro”. A mediados de 2009 no sólo era ya evidente que el conjunto de países de la eurozona habían obtenido unos resultados económicos muy mediocres desde el lanzamiento del euro, sino que eran incapaces de adoptar decisiones con agilidad y ponerlas en práctica para hacer frente a la recesión más severa desde la segunda guerra mundial y a una crisis financiera global sin precedentes.

 ¿Se imaginan lo que podría haber ocurrido el 15 de septiembre de 2008 cuando Lehman Brothers se declaró en quiebra si los Estados Unidos no hubieran contado con el Gobierno y la Reserva Federal para adoptar decisiones contundentes en cuestión de horas y ponerlas inmediatamente en práctica? En ausencia de un gobierno federal y un banco central actuando coordinadamente, los principales líderes de la eurozona han propiciado con su falta de discreción y contradictorias iniciativas que los gestores de los grandes fondos de pensiones e inversión, los bancos, etc., acabaran perdiendo la confianza en los activos denominados en euros.  ¿Qué cabe esperar que hagan sus gestores cuando escuchan a Merkel exigir a los bancos tenedores de deuda griega que acepten una quita? ¿Qué cuando se obliga a los bancos a reducir el valor de la deuda soberana en sus balances dando a entender que el cobro del principal es incierto? ¿Qué cuando Merkel regaña en público a los líderes de otros países y los conmina a adoptar nuevas medidas de ajuste? ¿Qué cuando Barroso propone en público crear eurobonos y Merkel le contesta que naranjas de la China?

Desconcierto, incertidumbre, sálvese quién pueda y mayores dificultades para financiar los déficits y refinanciar la deuda. No cabe ninguna duda de que las cosas habrían ido mejor si todos esos “líderes” europeos que no han sabido estar a la altura de las circunstancias hubieran permanecido al menos calladitos. Faltos de visión de conjunto, los dirigentes de la eurozona siguen debatiendo tres años después, tras mil y una reuniones, cómo dotar el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera, y entretanto casi todos los países de la eurozona se han visto abocados a pagar tipos de interés cada día más elevados para financiarse. Posponer las decisiones difíciles con la falsa esperanza de que los problemas desaparezcan por sí solos no sólo ha agravado la crisis financiera sino que ha resucitado el fantasma de una nueva recesión en la eurozona.

Naturalmente, nada de esto habría ocurrido si los estados hubieran aprovechado los años de relativa bonanza (1999-2008) para llenar el vacío institucional con que echó a andar la UEM. Tampoco si los gobiernos de los estados hoy bajo sospecha –casi todos en los últimos días– hubieran aprovechado ese período de gracia para sanear y poner en orden sus finanzas. Ni, por último, si el BCE, además de velar por la estabilidad de precios, hubiera apoyado “las políticas económicas generales de la Unión para contribuir a alcanzar los objetivos de la Unión que establece el articulo 3 del Tratado de la Unión Europea”. Pero ni los líderes actuaron con responsabilidad, ni los gobiernos aprovecharon la buena coyuntura para sanear las cuentas públicas, ni el BCE pareció inquietarse ante la fortísima apreciación del euro (86 %) entre el primer semestre de 2001 y 2008.

Sería muy deseable que los estados miembros de la eurozona se decidieran a dar pasos decididos para llenar el actual vacío institucional y equiparar el estatus del BCE al de la Reserva Federal, aunque visto lo acontecido en los últimos tres años eso es pedir peras al olmo. Por ello, cualquier plan realista para sacar a la eurozona del actual atolladero tendrá por el momento que conformarse con convencer al gobierno alemán –¡ni los consejos de sus cinco sabios han hecho mella en la canciller!– de que la mayoría de las economías que forman parte del euro son sencillamente inviables si sus gobiernos tienen que pagar tipos de interés tan elevados para financiarse y sus empresas competir con un euro tan apreciado. Hay que seguir adelante con el proceso de consolidación fiscal como Merkel exige, pero también hay que crear las condiciones para que los gobiernos acosados puedan financiarse a tipos de interés razonables durante el proceso de ajuste y sus empresas puedan seguir exportando bienes y servicios sin realizar recortes salariales imposibles.

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