Alivio por partida doble

Artículo publicado en el diario Expansión el 6 de febrero de 2011

Fiel al guión, Rodríguez Zapatero acudió al 38 Congreso del PSOE en Sevilla para justificar ante los suyos la gestión desarrollada al frente de la secretaría general del partido y del gobierno de España. En su reivindicación del “zapaterismo”, destacó las nuevas leyes que regulan la interrupción del embarazo y los matrimonios homosexuales, la lucha contra ETA, la defensa de la cohesión social, y volvió a escudarse en las adversas circunstancias externas para justificar las decisiones que adoptó el 9 de mayo de 2010 a fin de evitar “el colapso financiero” y “que España fuera intervenida”. A duras penas reconoció Zapatero su tardanza en calibrar la gravedad de la recesión y pasó por alto su incapacidad para anticipar las consecuencias financieras de la burbuja inmobiliaria y prever los riesgos de incurrir en enormes déficits públicos.

Al escucharle defender sus contados logros, los delegados probablemente se acordaron del hombre pagado de sí mismo y convencido de la bondad de sus políticas, que se atrevió a comienzos de 2008 a dibujarles un brillante futuro que llevaría a España a alcanzar el PIB per capita de Alemania en 2010 y el pleno empleo al final de la legislatura. Más de alguno debió preguntarse si debía aprobar una gestión de la recesión económica y la crisis financiera que ha minado la base electoral del partido y puesto contra las cuerdas el estado del bienestar que pusieran en pie los socialistas en la década de los 80. Al final el 90,8% de los delegados aprobaron su informe, convencidos de que no era el momento de escarbar en las heridas sino de pasar cuanto antes el penoso cáliz y elegir al equipo que dirigirá el partido en su nueva travesía del desierto que promete ser no dura, sino durísima.

El congreso se decantó al final por Rubalcaba que logró imponerse a Chacón por una diferencia mínima de 22 votos. Hace unos meses, Rodríguez Zapatero, anticipando la debacle electoral que se avecinaba, aconsejó a Chacón retirarse de la pugna para elegir al candidato socialista que habría  de enfrentarse a Rajoy en las elecciones generales, y su diligente delfín acató entre aspavientos y sollozos el consejo. En realidad, Zapatero la reservaba para que, una vez consumada la derrota electoral de Rubalcaba el 20N, Chacón pudiera disputarle con ventaja la secretaría general y mantener viva la llama del “zapaterismo” en el PSOE, esa peligrosa combinación de ignorancia atrevida y fe en la buena estrella que alimentaba optimistas vaticinios –“estamos mejor que hace un año, pero dentro de un año estaremos mejor”, pronunciada en el 29 de diciembre de 2006–, asumir irresponsables compromisos en vísperas electorales –“apoyaré la reforma del Estatut que apruebe el Parlamento de Cataluña” en noviembre de 2003– y frases hueras –“bajar los impuestos es de izquierdas”– que tanto daño han hecho al PSOE, a la socialdemocracia y a España. Incumplió, además, Zapatero la exquisita neutralidad que prometió mantener durante la contienda, y mantuvo reuniones estratégicas con Chacón y sus asesores durante las semanas previas al congreso para ayudarle en su campaña. El discurso de Chacón ante los delegados en Sevilla puede considerarse un buen ejemplo de “zapaterismo” en estado puro: una arenga en clave mitinera, deslavazada y vacía de propuestas que llamaba a los delegados a levantarse y movilizarse contra una derecha que acaba de aplastarlos en las urnas.

Constituye un gran alivio  para el futuro de la socialdemocracia en España que haya fracasado la extraña alianza que se fraguó durante estas semanas entre los “zapateristas” convencidos, los delegados madrileños afines a Gómez –que no ha perdonado a Rubalcaba su apoyo a Litssavetzky en las primarias madrileñas–, una parte de la delegación andaluza a la que Chacón había cortejado con insistencia y los compañeros de Chacón del PSC a los que no les gustó nada que Rubalcaba insistiera durante la campaña en que el PSOE tiene que tener una sola voz en toda España. Tras perder el gobierno de la mayoría de CCAA y capitales de provincia, el reto que tienen ahora por delante el nuevo secretario general y su ejecutiva es formidable: el partido necesita, desde luego, tener una sola voz y presencia en toda España –¡en Cataluña los ciudadanos no pueden votar al PSOE!–, pero sobre todo recuperar sus señas de identidad para volver a ganarse la confianza de los ciudadanos que el 20N le dieron la espalda y votaron al PP, a UPyD o a IU. Las propuestas que hasta el momento han trascendido del cónclave –reafirmación del laicismo y reivindicación del derecho a una muerte digna– no parecen estar entre las que hoy más preocupan a los ciudadanos, y el PSOE deberá ponerse a trabajar rápido y abrirse de veras a la sociedad si quiere volver a recuperar la iniciativa política.

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