Trump desenfunda

Artículo publicado en el diario Expansión el 18 de abril de 2017

Bajas sirias causadas por el conflicto.

El conflicto de Siria tuvo una génesis bastante similar a los de Iraq o Libia y, por el gran número de muertos y desplazados y el alto nivel de destrucción causado, se ha convertido en uno de los más dolorosos y terribles desde el final de la Guerra Fría. Cuando en 2011 se produjeron levantamientos contra el régimen del presidente Asad, similares a los que acontecieron en otros países de Oriente Medio y el Norte de África, algunos países democráticos y árabes decidieron apoyar a grupos insurgentes próximos al islamismo sunita, mayoría en Irak, y lograron hacerse fuerte en zonas como la región de Alepo. Así se inició una guerra civil que Isis aprovechó para extender el estado islámico desde Irak a Siria y ha traído dolor, ruina y miseria a millones de sirios.

Campo de refugiados sirios en Turquía.

En un cambio radical de estrategia, la Administración Trump decidió lanzar un ataque con misiles Tomahawk contra la base aérea de Shairah, desde donde supuestamente despegó el avión SU-22 que bombardeó el pueblo de Sheijun (provincia de Idlib) con gas sarín el 4 de abril a las 5:55, causando la muerte a unas 80 personas incluidos una decena de niños. Aunque la administración Trump asegura contar con pruebas concluyentes sobre la autoría de la masacre, proporcionadas por los servicios de inteligencia estadounidenses, lo cierto es que ningún organismo independiente lo ha corroborado hasta el momento, como reconoció Mogherini, comisaria de Política Exterior de la UE. Curiosamente, la intervención estadounidense se ha producido cuando las victorias de Asad hacían pensar que el fin de la guerra estaba más próximo y, con él, el final del padecimiento del pueblo sirio.

Guerra civil

Siria devastada.

En 2011, Siria era una Republica presidida por Bachar El Asad que sucedió a su padre, el general Hafer El Asad que gobernó Siria desde 1970 hasta 2000. Como en tantos estados de Oriente Medio y el norte de África, los sirios carecían de las libertades habituales en los países democráticos pero podían sobrevivir con cierta dignidad dentro de las coordenadas políticas establecidas por el régimen, con una renta per cápita baja, 5.100 dólares ppp en 2011, pero que aumentó a una tasa media del 1,7 % en 2000-2011. Después de seis años de devastadora guerra civil, la población siria que ha sobrevivido no sólo carece de la libertad que nunca tuvo con los Asad sino de todo lo bueno de que disponía antes de iniciarse el conflicto.

Alepo en ruinas.

El origen de la guerra civil hay que buscarlo en los levantamientos populares que sacudieron en la primavera de 2011 los regímenes dictatoriales de Túnez, Egipto, Siria y Libia. Algunos estados democráticos vieron una gran oportunidad de promover la democracia sin comprender que ésta difícilmente puede fructificar en sociedades impregnadas de fundamentalismo religioso. Por ello, la caída de los regímenes no trajo la democracia, como algunos esperaban ingenuamente, sino el caos y el desgobierno en Libia e Irak. En Egipto, el régimen de Mubarak dio paso en 2012 a un gobierno presidido por Morsi, líder de la organización fundamentalista Hermanos Musulmanes que, si bien se comprometió a construir un país “democrático, civil, libre y moderno en el que cristianos y musulmanes convivan en paz”, se apresuró en 2012 a aprobar un decreto que hacía inapelables sus resoluciones ante cualquier órgano jurisdiccional. Morsi fue depuesto tras un golpe de Estado encabezado por al general El Sisi en 2013.

Obama firmando la orden para proporcionar ayuda a los grupos insurgentes sirios.

En el caso de Siria, está claro que quienes prestaronprestan ayuda a los rebeldes islamistas a partir de 2011 subestimaron la capacidad de resistencia del gobierno de Asad y el compromiso de Rusia e Irán con el régimen. La desestabilización no produjo su caída pero inició una cruenta guerra civil que ha resultado nefasta para la mayoría de la población y ha dejado el país en ruinas. Varios cientos de miles de sirios han muerto a causa de la guerra y varios millones han tenido que huir del conflicto y viven en condiciones precarias en campos de refugiados en Siria, Turquía. La llegada masiva de inmigrantes en 2015, llevó a la UE a financiar los campos de refugiados en Turquía para detener la avalancha.

Armas químicas

Imagen tras el bombardeo el 4 de abril de 2017.

La Administración Trump había mantenido hasta ahora una prudente distancia con el conflicto en Siria, y el secretario de Estado Tillerson había dejado claro que “la suerte de Asad la decidirá el pueblo sirio”.  La situación sufrió un vuelco tras el ataque con armas químicas que golpeó el pueblo de Sheijun controlado por los rebeldes y causó la muerte a 69 personas, incluidos una decena de niños. A las pocas horas, Spicer, portavoz de la Casa Blanca, acusaba al gobierno sirio de perpetrar la masacre y Tillerson exigía a Rusia e Irán “que ejerzan su influencia sobre el régimen sirio para garantizar que este ataque horrible no ocurre de nuevo”. A las acusaciones y advertencias siguió el lanzamiento 63 horas después de 59 misiles Tomahawk, ordenado por el presidente Trump, contra la base de Shayrat desde la que supuestamente despegó el avión sirio.

La base aérea de Shairat tras el bombardeo estadounidense.

Donald J. Trump, foto en su cuenta de twitter.

Resulta llamativo el  cambio de actitud de Trump sobre El Asad. Cuando en agosto de 2013 se produjo un caso similar en el área de Damasco, Trump escribió un twit en el que urgía al presidente Obama a no responder a la agresión, y le aconsejaba “guardar la pólvora para otra ocasión”. Según el informe completado por Naciones Unidas algunos meses después, el gobierno sirio había empleado cohetes tierra-tierra para lanzar gas sarín, y Asad se comprometió entonces a no emplear armas químicas, una promesa que al parecer había cumplido hasta ahora. ¿Por qué iba Asad a romper su palabra atacando una aldea con gas sarín cuando la guerra parece irle bastante mejor?

Ataques con armas químicas constatados en Siria.

Las armas químicas se han utilizado en Irak y Siria en numerosas ocasiones. El New York Times publicó un artículo el 16 de noviembre de 2016 en el que aseguraba que “Isis utilizó armas químicas en al menos 52 ataques en Siria e Iraq”. ¿No habría sido más razonable esperar a los resultados de una investigación independiente que estableciera la autoría de la masacre antes de disparar? Todos recordamos como el presidente Bush justificó la invasión de Iraq en 2003 apelando a la inminente amenaza que comportaban los arsenales de destrucción masiva que, según los servicios de inteligencia estadounidense, poseía el dictador Hussein. Nadie las encontró y varios cientos de miles de iraquíes han perdido la vida por culpa de una guerra urdida con informes impostados.

Tumba de una niña de 4 años muerta tras un ataque con armas químicas.

Siria devastada.

Resulta cínico justificar ahora las acciones contra Asad con el argumento de que no puede seguir gobernando quien masacra a su propio pueblo, porque eso ocurre, desgraciadamente, en cualquier guerra civil, incluida la de Estados Unidos. La errática política de Trump en Siria no va a lograr derrocar a Asad e imponer un régimen islamista moderado que, visto lo ocurrido en Iraq y Egipto tras los derrocamientos de Hussein y Mubarak, no aseguraría la democracia ni la prosperidad; como mucho, la intervención estadounidense servirá para prolongar la guerra y elevar el ya excesivo número de víctimas. Para lo que sí servirá elevar la tensión con el Kremlin tirando al blanco en Siria es para compensar los fracasos de Trump en política interior y para echar tierra sobre su buena relación con Putin en el pasado. El problema es que si constata que cada vez que desenfunda sube su menguada popularidad, la tentación de seguir apretando el gatillo puede resultarle irresistible. Esperemos que no se convierta en adición irreparable.

Trump desveló que estaba bombardeando Siria durante su almuerzo con el líder chino Xi Jinping.

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