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28 de de febrero 2014

Interesantísima entrevista a

Javier Marías FrancoJAVIER MARÍAS

Entrevista americana.

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ESCRITO DE SANTIAGO RAMON Y CAJAL DE 1934, DE CLAMOROSA ACTUALIDAD. HOY SERIA TRATADO DE FASCISTA

MEMORIA HISTORICA.- DON SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL: LA INGRATITUD DE LOS SEPARATISTAS VASCOS Y CATALANES.

Don Santiago Ramón y Cajal,

Gloria de la ciencia española y Premio Nobel de Medicina en 1906:

“…No soy adversario, en principio, de la concesión de privilegios regionales, pero a condición de que no rocen en lo más mínimo el sagrado principio de la Unidad Nacional…”

Palabras de Don Santiago Ramón y Cajal

(El Mundo a los Ochenta Años. Parte II». Madrid 1934)

«Deprime y entristece el ánimo, el considerar la ingratitud de los vascos, cuya gran mayoría desea separarse de la Patria común. Hasta en la noble Navarra existe un partido separatista o nacionalista, robusto y bien organizado, junto con el Tradicionalista que enarbola todavía la vieja bandera de Dios, Patria y Rey.

En la Facultad de Medicina de Barcelona, todos los profesores, menos dos, son catalanes nacionalistas; por donde se explica la emigración de catedráticos y de estudiantes, que no llega hoy, según mis informes, al tercio de los matriculados en años anteriores. Casi todos los maestros dan la enseñanza en catalán con acuerdo y consejo tácitos del consabido Patronato, empeñado en catalanizar a todo trance una institución costeada por el Estado.

A guisa de explicaciones del desvío actual de las regiones periféricas, se han imaginado varias hipótesis, algunas con ínfulas filosóficas. No nos hagamos ilusiones. La causa real carece de idealidad y es puramente económica. El movimiento desintegrador surgió en 1900, y tuvo por causa principal, aunque no exclusiva, con relación a Cataluña, la pérdida irreparable del espléndido mercado colonial. En cuanto a los vascos, proceden por imitación gregaria. Resignémonos los idealistas impenitentes a soslayar raíces raciales o incompatibilidades ideológicas profundas, para contraernos a motivos prosaicos y circunstanciales. «

¡Pobre Madrid, la supuesta aborrecida sede del imperialismo castellano! ¡Y pobre Castilla, la eterna abandonada por reyes y gobiernos! Ella, despojada primeramente de sus libertades, bajo el odioso despotismo de Carlos V, ayudado por los vascos, sufre ahora la amargura de ver cómo las provincias más vivas, mimadas y privilegiadas por el Estado, le echan en cara su centralismo avasallador.

No me explico este desafecto a España de Cataluña y Vasconia. Si recordaran la Historia y juzgaran imparcialmente a los castellanos, caerían en la cuenta de que su despego carece de fundamento moral, ni cabe explicarlo por móviles utilitarios. A este respecto, la amnesia de los vizcaitarras es algo incomprensible. Los cacareados Fueros, cuyo fundamento histórico es harto problemático, fueron ratificados por Carlos V en pago de la ayuda que le habían prestado los vizcaínos en Villalar, ¡estrangulando las libertades castellanas! ¡Cuánta ingratitud tendenciosa alberga el alma primitiva y sugestionable de los secuaces del vacuo y jactancioso Sabino Arana y del descomedido hermano que lo representa!.

La lista interminable de subvenciones generosamente otorgadas a las provincias vascas constituye algo indignante. Las cifras globales son aterradoras. Y todo para congraciarse con una raza (sic) que corresponde a la magnanimidad castellana (los despreciables «maketos») con la más negra ingratitud.

A pesar de todo lo dicho, esperamos que en las regiones favorecidas por los Estatutos, prevalezca el buen sentido, sin llegar a situaciones de violencia y desmembraciones fatales para todos. Estamos convencidos de la sensatez catalana, aunque no se nos oculte que en los pueblos envenenados sistemáticamente durante más de tres decenios por la pasión o prejuicios seculares, son difíciles las actitudes ecuánimes y serenas.

No soy adversario, en principio, de la concesión de privilegios regionales, pero a condición de que no rocen en lo más mínimo el sagrado principio de la Unidad Nacional. Sean autónomas las regiones, mas sin comprometer la Hacienda del Estado. Sufráguese el costo de los servicios cedidos, sin menoscabo de un excedente razonable para los inexcusables gastos de soberanía.

La sinceridad me obliga a confesar que este movimiento centrífugo es peligroso, más que en sí mismo, en relación con la especial psicología de los pueblos hispanos. Preciso es recordar –así lo proclama toda nuestra Historia– que somos incoherentes, indisciplinados, apasionadamente localistas, amén de tornadizos e imprevisores. El todo o nada es nuestra divisa. Nos falta el culto de la Patria Grande. Si España estuviera poblada de franceses e italianos, alemanes o británicos, mis alarmas por el futuro de España se disiparían. Porque estos pueblos sensatos saben sacrificar sus pequeñas querellas de campanario en aras de la concordia y del provecho común.

Santiago Ramón y Cajal. El Mundo a los Ochenta Años. Parte II». Madrid 1934.

Sin comentarios a éstas palabras de uno de los españoles más grandes de los siglos XIX y XX.

¿Quién nos sacará un euro?

Javier Marías FrancoJAVIER MARÍAS

La Zona Fantasma. El País Semanal, 22 de abril de 2012

Como me considero muy normal o muy común –quizá sin razón-, tiendo a pensar que lo que me ocurre a mí le pasa a mucha otra gente, y que las reacciones antes las cosas son las de la mayoría. En 2011 y lo que va de 2012 la crisis económica me ha afectado como a todo el mundo, pero no en exceso, por pura casualidad. Cuantos escribimos o nos dedicamos a actividades “artísticas” -por llamarlas de alguna forma- vivimos sujetos a enormes variaciones en lo que respec­ta a nuestros ingresos. Durante los dos años, por ejemplo -hay quien tarda más y quien menos-, que nos lleva escribir una no­vela, apenas ganamos dinero. Sabemos que eso nos llegará tan sólo cuando el libro esté terminado y lo alquilemos a una edito­rial, la cual nos dará un anticipo sobre las ventas previstas, esto es, por lo general sobre el 10% de su precio, que es el porcentaje que suele corresponder a los autores. Si el volumen le cuesta al lector 20 euros, nosotros nos quedamos con 2, y los otros 18 se reparten entre el editor, el distribuidor y el librero. Así que para ganar una suma apreciable hacen falta una de dos: o que se nos pague un elevado anti­cipo porque se prevén grandes ventas para nuestra novela (anticipo que no habremos de devolver en ningún caso), o que a ésta le sonría la suerte y los compradores sean en efecto muchos. El cálculo es sencillo: para embolsarnos 100.000 euros habrán de venderse 50.000 ejemplares de dicha novela nuestra, lo cual es muy difícil que suceda, se lo aseguro. Con que un título venda 15.000 ó 20.000 ejemplares ni siquiera cuentan la mayor parte de los autores, ni por supuesto de los editores. Así que un novelista, si es muy afortunado, puede ingresar 100.000 euros brutos en un periodo de tres años, los dos que le ocupan la concepción y la escritura de su obra y el  tercero en que la lanza al mercado, lugar totalmente azaroso e imprevisible. La nueva no­vela del autor más célebre puede pinchar. Por el motivo que sea, al público no le agrada o no le interesa y no le da la gana de com­prarla, como también puede pasar con un CD o una película, la historia está llena de inesperados éxitos e inesperados fracasos.

Pues bien, el año pasado tuve la suerte de sacar una novela y de que se vendiera bastante. De ahí que la crisis, como dije al principio, por pura casualidad, no me haya afectado en exceso. Como no soy persona de grandes gastos (ni siquiera tengo coche, ni me gusta viajar lejos, pues detesto coger aviones), no suelo frenarme en adquirir aquello a lo que soy más aficionado y que además es necesario para mi trabajo, a saber: libros, DVDs y CDs de música. Cuando se trata de esos artículos, no reparo mucho en la cantidad ni en el precio. Hace unos días, sin embargo, me sentí remiso a llevarme de una tienda los cinco DVDs recientes que me interesaban, y al final salí de ella con sólo dos de esos cinco. Me pregunté a qué se había debido la renuncia, y compro­bé que no había sido por prudencia ni por la voluntad de ahorro que ya asalta a todo consumidor de vez en cuando (también a mí ante ciertos dispendios, lo confieso), dada la psicosis de pobreza real o inminente que nos han creado a diario en los últimos años. No, descubrí que había sido una especie de pudor o de mala con­ciencia lo que me había impelido a devolver tres DVDs a sus es­tantes antes de pasar por caja. “¿Cómo voy a comprarme cinco”, algo así debí de pensar, “cuando tanta gente no se puede com­prar cosas más básicas?” Y a continuación me vino la idea: “Si yo me retraigo por este motivo, habrá otros muchos que se estarán retrayendo exactamente por lo mismo”.

¿A qué está jugando este Gobierno, no sólo con sus depresi­vas medidas de merma, sino con su pesimismo calibrado? Si nadie sale ni compra, serán cada vez más los comercios que se verán obligados a cerrar y a despedir a su personal, que incrementará las cifras del paro y los parados no consumirán nada. Entre quienes no estarán en condiciones de comprar, quienes se refrenarán por pru­dencia y temor al futuro, y quienes -como yo el otro día- sientan pudor o vergüenza por gastar cuando tantos otros no pueden, ¿quién diablos va a mantener la rueda en marcha? El Gobierno no se da cuenta -o sí, pero se me escapa el propósito- de que sus machacones mensajes de austeridad indis­criminada, sin ninguna esperanza ni estí­mulo, van calando en todas las capas de la sociedad, incluso en las que aún no sufren la crisis directamente. La situación es mala sin duda, pero a ve­ces da la impresión de que Rajoy y los suyos exageran su dificultad y los aciagos pronósticos para acentuar su mérito si logran sacarnos de aquélla; o bien que se cubren las espaldas ante el desastre hacia el que nos encaminan: “¿Lo ven? La cosa estaba tan negra que no ha habido manera”. Y sin embargo uno intuye -por profano que sea en economía- que sí debe de haber manera y que acaso se ha optado por la peor. Se atreve a intuirlo aún más cuando ve que el Premio Nobel Paul Krugman lleva años advir­tiendo de la vía errada que ha elegido la derecha europea. Ni en la teoría ni en la historia, dice, se ha salido nunca de una depre­sión con mera restricción del gasto, falta de crecimiento y de es­tímulo y catastrofismo insistente. No me cabe duda, desde luego, de que lo último no ayuda. ¿Cómo es posible que un Gobierno nuevo haya cercenado cualquier ilusión de raíz? Con el pesimis­mo a ultranza se logra que nos encojamos todos, hasta los que aún no nos hemos visto afectados en exceso. Si quienes todavía tenemos dinero en el bolsillo nos damos media vuelta y nos va­mos de las tiendas y de los restaurantes sin sacar un solo euro, ¿quién demonios lo sacará, santo cielo?

Cuando una ciudad se pierde

Javier Marías FrancoJAVIER MARÍAS

La Zona Fantasma. El País Semanal, 15 de abril de 2012

No es presunción, pero me consta que algunas per­sonas han visitado la ciudad de Soria en los últimos años por las numerosas veces en que la he mencio­nado con afecto y elogio. A esas personas les debo una explicación, si se han pasado por allí recientemente,  y una advertencia a quienes aún tengan pensado acercarse por cau­sa de mis recomendaciones. Tanto apego sentía yo por Soria -lugar de muchos veraneos de infancia- que hace doce años, y tras más de veinte de no pisarla, alquilé el que había sido el piso del gran amigo de mi familia Don Heliodoro Carpintero, quien además, en parte, me enseñó a leer y escribir. Durante este periodo he pasado temporadas en primavera, verano, otoño y en el crudo invierno, y en esa casa, con vistas al precioso parque conocido como la Dehesa, he escrito parcialmente mis últimas cuatro novelas. Ha sido un refugio en todos los sentidos del término… hasta que se ha convertido en lo contrario -un asedio- y me he visto obligado a abando­nar la ciudad y ese piso. El último lustro en Soria ha sido insoportable, y casualmente ha coincidido con el reinado, como alcal­de, de Carlos Martínez Mínguez, del PSOE -se lo pudo ver a menudo hace unos meses como escudero de Carme Chacón-.

La ciudad ha celebrado siempre unas fiestas largas, de una semana, los sanjuanes, consistentes sobre todo en la murga non-stop (día y noche) que las llamadas “peñas” endilgan a los habitantes con unas monótonas charangas. Bien, uno evitaba aparecer por allí en las fechas correspondientes. Pero en estos últimos cinco años parece que los sanjuanes duren las cuatro estaciones. El pasado otoño la cosa fue notable. Vinieron las fiestas de San Saturio (patrón local), que solían ocupar dos o tres días y ahora se alar­gan casi siete, y se erigió una carpa estridente en la Plaza Mayor, tan alta como el Ayuntamiento; luego, el puente del Pilar se fes­tejó otra semana, con la ciudad invadida por un “mercado me­dieval” (ya saben, venta de chucherías y de alimentos incontrolados, de salubridad dudosa). El 22 de octubre, que ya no era nada, fue un buen ejemplo de lo que sucede: a lo largo de once horas -once-, grupos de “dulzaineros” o “gaiteros” atronaron el lugar sin descanso, mientras parte de la ciudadanía dispu­taba algo semejante a una carrera sin pies ni cabeza y otra parte saltaba sobre colchonetas en una plaza muy céntrica, todo ello acompañado de música y “ánimos” estruendosos por altavoces. Era como si la ciudad hubiera enloquecido. Lo malo es que esa es la tónica general. Teatros de autómatas tocando salsa ocho horas diarias en verano; desde febrero, ensayos de tambores y trompetas para la Semana Santa (qué diablos tendrán que en­sayar, si es lo mismo desde hace siglos); bares y terrazas proliferantes, sin control alguno, con la música a tope y sin respetar los horarios (si el dueño del que padece uno cerca es además un malasangre, imagínense la tortura); mastuerzos a grito pelado de madrugada, sin que la policía municipal nunca se inmute; conciertos y actuaciones cada dos por tres en pleno centro, bafles hasta las tantas; botellones en el delicado parque, que que­da arrasado; un “trenecito” turístico que recorre la ciudad metiendo más ruido que otra cosa; un sistema de recogida de hojas a mil decibelios… El Ayuntamiento, en vista de que los ociosos juegan sin cesar a la tanguilla en la Dehesa, sustituyó el suelo de tierra o grava por uno de asfalto, gracias a lo cual el estrépito es continuo: clink, clank, clonk, vuelve loco al más cuerdo. Por no hablar de las procesiones, de las que pocas poblaciones se li­bran en este Estado nacional-católico en el que seguimos viviendo. (Añadan a unas caseras infragaldosianas, esto a título particular mío.)

Por si no bastara todo esto, acaba de comenzar una disparatada y descomunal obra justo al lado del parque (que sin duda se verá muy dañado), para construir un superfluo aparcamiento subterráneo. Existe ya uno a unos centenares de metros, que está siempre medio vacío. La obra del nuevo e inútil (útil sólo para destruir) se prevé que dure dos años, así que échele tres, por lo menos, de zanjas, vallas, perfo­radoras, tuneladoras, lodo, polvo y árboles muertos. Como para pasear por allí, sin duda. Los sorianos son muy dueños de tener la ciudad que quieran, faltaría más, y a buen seguro están contentos con su alcalde, pues lo reeligieron hace menos de un año. Ahora bien, si antes Soria era un lugar singular, decoroso y digno y con enorme encanto, ahora –cómo decirlo- con su “valencianización” permanente, se ha convertido en un sitio vulgar, como cualquier otro. De la de Machado y Bécquer no queda nada, y maldito lo que estos dos poetas les importan a las actuales autoridades. La transformación es sintomática de lo que es hoy España: si una localidad pequeña, castellana, aus­tera, tranquila y fría se ha convertido en un espacio ruidoso, impersonal y festero (no sé de dónde sale el dinero para tantos “entretenimientos” municipales), da escalofrío imaginar lo que serán otras de mejor clima y costeras. Dejo allí buenos amigos (Ángel, Sol y Alejandra; Enrique y Mercedes; Fortunato y Lourdes y Álvaro; César, y Jesús y Ana; Emilio Ruiz, que murió justo cuando me despedía). Seguiré animando de lejos al equipo de fútbol, el Numancia; los buenos recuerdos de hoy y de antaño prevalecerán sobre los malos recientes, seguro. Pero, así como los sorianos son libres de cargarse su ciudad (desde mi punto de vista), yo lo soy de largarme, aunque con mucha pena. Un adiós significativo.

Pobre perdona a rico

 Javier Marías FrancoJAVIER MARÍASLa Zona Fantasma. El País Semanal, 18 de marzo de 2012

Uno de los momentos más temibles en la historia de cualquier país se produce cuando a la gente empiezan a parecerle aceptables o incluso normales medidas o leyes que son completamente anómalas y de todo pun­to inaceptables. Suelen aparecer poco a poco, luego se van acelerando. Las primeras nunca resultan muy graves -aunque sean injustas, arbitrarias y sin sentido-, y por eso casi nadie se rebela. Pero cuesta creer que a estas alturas no sepamos que después de esas primeras vendrán otras peores, y que por eso hay que denunciar aquéllas, por inocuas que parezcan, y no consentir­las. Una de las pioneras normas “raciales” nazis fue prohibir a los judíos que se sentaran en los bancos de los parques. Si no recuerdo mal, no se les impidió entrar y pasear por ellos, sino sólo eso, tomar asiento en sus bancos. Poca cosa, debieron de pensar sus conciudadanos arios, por mucho que la regulación fuera absurda e injustificable. Pero, como contó Stefan Zweig en El mundo de ayer, la interdicción supuso muy pronto que su madre, ya anciana, dejara de visitar los parques porque se can­saba de caminar sin descanso posible. No es que pretenda esta­blecer, por fortuna, comparación alguna entre las iniciales leyes de Núremberg y nada de lo que ocurre en nuestro país actualmente. Es tan sólo que aquellas leyes son un ejemplo muy gráfico de cuán sibilino puede ser lo paulatino y de cómo, sin que apenas nos demos cuenta, se va produciendo un crescendo de injusti­cias y atropellos que se van aceptando con facilidad, uno tras otro; al cabo del tiempo nos percatamos de que la situación se ha hecho intolerable, pero para entonces ya es tarde. Hay asuntos en los que consentir lo mínimo equivale a dar carta blanca a las autoridades para que -siempre gradual, taimadamente- alcancen lo máximo. El máximo abuso.

Hace no mucho, el Gobierno del PP ha hecho uno de esos anuncios anómalos e inaceptables ante el que escasas voces se han alzado. Como es sabido, las diferentes Administraciones (Go­bierno central, Comunidades Autónomas y Ayuntamientos) acu­mulan una deuda comercial de unos 40.000 millones de euros con sus proveedores, entre los cuales destacan los farmacéuticos por el ruido que han armado. 40.000 millones, uno se pregunta cómo se ha podido llegar impunemente a semejante cifra. Por “impune­mente” quiero decir que a cualquier particular que debiera el 0,0001 % de esa suma se lo multaría o embargaría, o, como mínimo, dejaría de abastecérselo. No hablemos ya si la deuda fuera con Hacienda: ésta se abalanzaría sobre el moroso sin tardanza, si echara en falta el pago de 40.000 euros, y además le cargaría inte­reses. Pues bien, el Gobierno de Rajoy ha anunciado, como si fue­ra normal o aceptable, que cobrarán antes -parte de lo que se les adeuda- aquellos proveedores que renuncien a cobrar parte de lo que se les debe, es decir, quienes “perdonen deuda”. Veamos cómo es el proceso: usted les adelanta a las Administraciones unos servicios, un material, unas prestaciones, un trabajo, unos medicamentos o lo que sea, gracias a los cuales los responsables de esas instituciones presumen de su beneficencia y de su eficacia ante los ciudadanos y se ganan sus votos. Usted, de hecho, está financiando o sufragando a esas instituciones, sólo que nadie lo sabe porque éstas lo ocultan y se cuelgan todas las medallas. Llega un momento en que usted, su negocio, su empresa, están ahoga­dos y al borde de la quiebra, o ya en ella. No pueden seguir adelan­tando trabajo o provisiones indefinidamente. No pueden subven­cionar, a título particular, a quienes además no se lo agradecen ni lo hacen saber a la sociedad. La sociedad sólo se entera cuando la magnitud de la deuda resulta inasumible para esas Administra­ciones morosas. Y lo único que a éstas se les ocurre es que usted, para cobrar “al menos” parte de lo que se le debe, renuncie para siempre a cobrar otra parte… de lo que ya ha dado o proporciona­do. Sí, es cierto que se perdona deuda a los países pobres, por ver si así recomponen un poco sus maltrechas economías y salen de su marasmo. Pero se las perdonan países muy ricos u organismos financieros interna­cionales como el Banco Mundial o el FMI (como quien dice, grandes magnates que no necesitan cobrar esas deudas para su supervivencia). Lo insólito de la medida propues­ta por el Gobierno del PP es que se aspira a que el pequeño le perdone la deuda al gran­de, el pobre al rico, el particular al Estado, el farmacéutico al Ministerio o a la Consejería de Sanidad. ¿A ustedes les parece esto normal y aceptable? A mí, que siempre he pensado que todo trabajo hay que pagarlo, me parece de una desfachatez inconmensurable.

Más o menos en consonancia con esto, el Ministro Montoro ha declarado con su vocezuela que “las autonomías somos todos” y que por tanto no hay que culparlas de sus deudas y déficits descomunales. Como la gran mayoría de ellas llevan tiempo regidas por el PP, le conviene que nadie las culpe. Pero ni usted ni yo hemos celebrado fastos innecesarios sin cuento: ni visitas del Papa ni carreras de Fórmula – 1 ni veinte días seguidos de mascletàs, ni hemos construido aeropuertos sin aviones, o televisiones ruino­sas, ni le hemos soltado dinero a raudales a una red de corrupción llamada Gürtel. Al señor Montoro hay que contestarle que, si las Comunidades Autónomas somos todos, no todos somos los que malgastamos sus fondos ni contraemos sus deudas
injustifica­bles. Eso lo hacen individuos con nombre propio que al parecer no responden de sus ineptas o fraudulentas acciones y omisiones. Va siendo hora de que sí respondan.

Académicos tras la especulación

Los turbios lazos entre profesores universitarios y Wall Street avivan el debate de hasta qué punto el sector financiero ha corrompido el estudio de la economía

El País

DAVID FERNÁNDEZ31 de mayo de 2011,

“Tiene solo tres minutos más. Prepare su mejor golpe”. Glenn Hubbard es decano de uno de los centros docentes más prestigiosos del mundo, Columbia Business School. A su pesar es también uno de los protagonistas de Inside Job. Este documental, ganador de un Oscar, analiza las causas que originaron la crisis financiera en EE UU. Los realizadores de la película denuncian el papel que tuvieron en este desaguisado los sueldos de los banqueros, las agencias de calificación o los políticos. Y también señalan a los profesores de universidades y escuelas de negocios. En su opinión, el sector financiero corrompió el estudio de la economía y muchos docentes apoyaron la desregulación de los mercados, una colaboración recompensada con muchos ceros por trabajos de consultoría.

Los maestros de las escuelas de negocios asesoran a empresas y a bancos

Defender a Bearn Stearn le reportó 70.000 euros al decano de Columbia

“Un profesor puede apoyar una teoría que sea errónea”, dice un experto

En IE Business School los docentes necesitan permiso para consultorías

Hubbard responde a los cineastas altivo, desafiante y visiblemente nervioso cuando estos le preguntan por sus potenciales conflictos de interés. El decano de Columbia fue jefe del consejo económico durante la Administración de George W. Bush, recibió 100.000 dólares (70.000 euros) por testificar a favor de los gestores de los fondos de Bearn Stearn, acusados de fraude, realizó un informe para Goldman Sachs en 2004 en el que alababa los productos derivados y la cadena de titulización hipotecarias argumentando que mejoran la estabilidad financiera, es directivo de MetLife, asesora a Nomura, KKR… Su respuesta a si estos trabajos pueden condicionar su actividad docente es un lacónico “no”.

Los vínculos entre la industria financiera y el mundo académico no se limitan a Hubbard. Martin Feldstein, profesor de Economía en Harvard y asesor de Ronald Reagan, fue un importante arquitecto de la desregulación financiera y estuvo sentado en el consejo de AIG; Laura Tyson, profesora de la Universidad de California (Berkeley) pasó a formar parte de la directiva de Morgan Stanley tras dejar la presidencia del Consejo Económico Nacional durante el Gobierno de Bill Clinton; Ruth Simmons, presidenta de la Universidad de Brown, es directiva de Goldman Sachs; Larry Summers, que impulsó la desregulación en el mercado de derivados durante su época en la Administración, es presidente de Harvard, un puesto que no le ha impedido ganar millones de dólares asesorando a varios hedge funds (fondos muy especulativos); Frederic Mishkin, que volvió a dar clases en Columbia tras trabajar en la Reserva Federal de EE UU, escribió un informe en 2006 financiado por la Cámara de Comercio Islandesa (recibió 124.000 dólares) alabando la fortaleza de la economía de este país…

¿Hasta qué punto la industria financiera se ha servido de su convincente chequera para ganarse un aval académico que proporcione soporte intelectual a sus políticas ultraliberales? Los centros docentes entonan el mea culpa y descalifican cualquier actitud poco ética. Sin embargo, resaltan que se trata de casos individuales más que una tendencia generalizada, recuerdan que defender la misma teoría que apoya el sector financiero no implica ni mucho menos estar comprado por este y destacan que la colaboración entre el mundo académico y el empresarial es positiva siempre que haya transparencia y no se rebasen ciertos límites.

Ángel Cabrera es el único español que dirige una escuela de negocios en EE UU, la prestigiosa Thunderbird (Arizona). En su opinión, el papel del mundo académico en la gestación de la crisis no tiene tanto que ver con los conflictos de interés puntuales, sino con el hecho de que durante décadas los centros han estado transmitiendo una serie de valores acerca del funcionamiento de los mercados, la gestión del riesgo o los recursos humanos que se han demostrado erróneas y perjudiciales. “Toda la teoría de la eficiencia de los mercados, por ejemplo, pasó a ser religión, se llegó a la conclusión universal de que cualquier intervención era mala. Asimismo, en las políticas de retribución, si tratas a la gente como oportunista y egoísta por naturaleza, creando unos incentivos enormes a corto plazo, abres la puerta para que se comporten así”.

Cabrera señala que los centros han estado dando forma al sistema de valores de Wall Street, creando una “plataforma de legitimidad” para determinadas conductas. Antes del estallido de la crisis Thunderbird empezó a promover el juramento hipocrático entre sus alumnos a través del cual estos se comprometen a usar sus conocimientos para crear valor y no para destruir. “Hace unos años nos miraban como bichos raros, ahora ya no tanto. Hay indicios de que las cosas están cambiando, pero a un ritmo muy lento. Mucha gente ha salido del armario y en los ámbitos académicos se empieza a hablar de ética, de responsabilidad corporativa, de otra forma de ver la empresa”.

Cabrera explica que los centros académicos tienen códigos de conducta y si algún profesor es cazado infringiéndolos corre el riesgo de perder su trabajo. El presidente de Thunderbird, sin embargo, reconoce que la estructura de compensación de los docentes abre la puerta a potenciales conflictos de interés. En EE UU el sueldo medio de un profesor en una escuela de negocios está en torno a los 200.000 dólares (140.000 euros), pero en muchos casos los ingresos totales pueden llegar hasta el millón de dólares gracias a los servicios de consultoría, presencia en consejos de administración, conferencias… “Hay una cultura de libre mercado en la que está bien visto que ganes todo el dinero que puedas. Se considera que es positivo para las escuelas porque el profesor puede aportar más a sus alumnos al dejar de ser un simple teórico al estar en contacto con las empresas. La cuestión es cuánto de tu sueldo debería estar vinculado a estas actividades externas, qué tipo de trabajos son compatibles con tu cargo de docente y dónde pueden plantearse los conflictos de interés”, argumenta.

Otro de los docentes españoles con más peso en el mundo académico anglosajón es Mauro Guillén, profesor en la escuela de negocios Wharton School de la Universidad de Pensilvania. En torno al debate de la contribución de economistas y profesores en la gestación de la crisis cree que hay que establecer una separación entre lo que son actitudes deshonestas y errores de apreciación. “Los conflictos de interés no tienen justificación. Cuando un profesor escribe un trabajo que ha sido financiado por una entidad debe mencionarlo siempre”, señala. “Otra cosa es si un académico ha propuesto métodos o modelos que han contribuido a crear la crisis. En este sentido, creo que hay que proteger la libertad de expresión. Un docente puede proponer las teorías que quiera. El fallo en todo caso fue de los reguladores, que no supieron anticiparse al peligro que suponían ciertas operaciones en los mercados financieros”, añade.

En relación con la vinculación de los centros en la formación de líderes empresariales cuyas decisiones han puesto en jaque el sistema, Guillén cree que las escuelas no se pueden hacer responsables de todos los actos que hagan sus exalumnos a lo largo de su vida profesional. “Nuestra labor se limita a tratar de desarrollar un espíritu crítico en nuestros alumnos, explicarles los beneficios que tiene la ética en los negocos y dejarles claro que las decisiones que tomen pueden tener repercusiones para toda la sociedad”, dice.

En España no se han detectado casos tan flagrantes de colaboración del mundo académico con los intereses de determinados grupos de presión empresariales. Sin embargo, durante los años de la gestación del boom inmobiliario las voces críticas de los economistas apenas se hicieron escuchar. Alfons Sauquet, decano de ESADE, cree que eso no significa que haya habido un aval académico en el origen de la crisis. “En economía, sobre un mismo hecho, existen versiones contradictorias. Ha habido profesores que han apoyado las tesis de la industria financiera e inmobiliaria y otros que habrán discrepado”. Sauquet cree que una lección a aprender por las escuelas es dar más voz a la diversidad: “Aquellos que han sido más escépticos con las prácticas financieras no se han dejado oír lo suficiente, no han hecho de la cautela una bandera más clara. Pero eso siempre es difícil de hacer. ¿Quién se atreve en una fiesta a apagar la música y llevarse el carrito de las bebidas?”.

David Bach, decano de programa de IE Business School, critica que se meta a todos en el mismo saco, ya que los académicos han estado a ambos lados del debate y pone como ejemplo al profesor Robert Shiller, de Yale, que ha sido muy activo en la denuncia de los riesgos del mercado inmobiliario y el uso masivo de productos financieros complejos por parte de los bancos.

“En España el estallido de la burbuja inmobiliaria ha destapado los problemas estructurales de nuestra economía como, por ejemplo la baja productividad, que venimos denunciado desde hace años en los ámbitos académicos”, indica Bach. Reconoce que las escuelas deben asumir la parte de responsabilidad que tienen en la crisis cuestionándose, por ejemplo, si en los programas se insiste lo suficiente en la formación de riesgos o en la importancia de los fundamentos de la economía real y no solo financiera. “Sin embargo, también sería bueno que se nos reconociera nuestra contribución por los centenares de empresas y los miles de puestos de trabajo que a lo largo de los años han creado nuestros alumnos”, se lamenta.

Las escuelas de negocios en España tienen un sistema más centralizado que en EE UU acerca de las colaboraciones externas que pueden ejercer sus docentes, lo que en teoría sirve de cortafuegos ante posibles conflictos de interés. Sauquet opina que las relaciones de los profesores con las empresas son buenas siempre que tengan un retorno académico, es decir, deben servir para mejorar la actividad docente de los profesores o su investigación. “En Esade, si nos piden estudios de coyuntura, decimos siempre quién es nuestro patrocinador. Nuestro reglamento especifica que los trabajos de consultoría se deben hacer públicos y contar con el visto bueno de la escuela”, detalla.

En IE Business School, por ejemplo, los profesores pueden ofrecer servicios de consultoría pero deben contar con el permiso del decano del claustro, que analizará si ese trabajo es compatible con su labor docente y de investigación. “En general es bueno que los académicos colaboren con Gobiernos y empresas privadas. Se nos pide que nuestra investigación tenga relevancia en el mundo real. Lo importante es la transparencia, es decir, informar siempre de dónde viene el dinero para la investigación. En nuestro centro es habitual colaborar con sectores económicos para estudiar determinados aspectos. Otra cosa muy diferente es que te ofrezcan firmar un trabajo que va servir a un tercero para hacer lobby. No soy consciente de que esa propuesta nos haya llegado pero, en todo caso, se rechazaría”, señala Bach.

El mundo de la docencia, reconoce Rafael Sarandeses, director general de la Fundación de Estudios Financieros (FEF) tienen un atractivo especial para la gente del mundo financiero “porque confiere un marchamo académico, una pátina de credibilidad”. “No obstante, un profesor puede estar de acuerdo con una teoría aunque luego se demuestre errónea. No tener razón no debe inducir automáticamente a la sospecha”. La FEF tiene como patronos a 30 de las principales empresas españolas y en sus publicaciones colaboran miembros del mundo empresarial y académico. Mientras los primeros suelen renunciar a la retribución que les ofrece la FEF, la gente del ámbito universitario suele cobrarla. “Tenemos un presupuesto muy modesto. En totalmente ilógico que un académico de prestigio que colabore con nosotros vaya a perder su espíritu crítico por cobrar una cantidad simbólica”, destaca Sarandeses.

Inside Job ha levantado un intenso debate en algunos centros académicos. En Columbia, por ejemplo, aprobaron hace solo dos semanas nuevas normas de transparencia para evitar conflictos de interés. En concreto, los profesores deberán publicar todas las entidades a las que han prestado servicios, remunerados o no, en los últimos cinco años y detallar la naturaleza de esos trabajos. Parece que Hubbard ya ha recibido el golpe que arrogantemente demandaba a los autores del documental.

Docentes en el punto de mira

Martin Feldstein. Profesor de la Universidad de Harvard. Entre 1982 y 1984 presidió el consejo de asesores económicos del presidente estadounidense Ronald Reagan, una Administración marcada por la desregulación financiera. En 1988 fue fichado por AIG. Como miembro del consejo de la aseguradora, era uno de los encargados de supervisar los productos que la llevaron al borde de la quiebra.

Larry Summers. En el ámbito académico fue presidente de Harvard entre 2001 y 2006. Además, ha sido asesor económico tanto en la Administración de Reagan como con Barack Obama. Ha recibido numerosas críticas, ya que su puesto académico no le ha impedido facturar millones de dólares asesorando a los fondos especulativos (hedge funds) y dando conferencias patrocinadas por los bancos de inversión.

Frederic Mishkin. Ha desarrollado toda su vida profesional como profesor de Economía en la Universidad de Columbia. Entre 2006 y 2008 fue miembro del consejo de gobernadores de la Reserva Federal de EE UU. También ha realizado labores de consultoría para el Banco Mundial y el FMI. En 2006 publicó un trabajo financiado por la Cámara de Comercio de Islandia alabando la economía del país nórdico. No hizo públicos sus honorarios y cuando la crisis se cebó con Islandia cambió el título del informe.

Glenn Hubbard. Decano de la escuela de negocios de Columbia. Entre 1991 y 1993 fue asistente del Departamento del Tesoro de EE UU. Además, entre 2001 y 2003 fue presidente del Consejo de Asesores Económicos de George W. Bush. Trabaja para numerosas empresas privadas como MetLife, Nomura, KKR… En 2004 publicó para Goldman Sachs un polémico trabajo defendiendo el uso de derivados.

Resumen  del libro La Seguridad Social: análisis institucional, modelización y simulación de políticas Clemente Polo y Raimundo Viejo, Fundación “la Caixa”. Barcelona, 2009.

Clemente Polo

10 julio de 2009

La reducción de las cotizaciones sociales a cargo de los empleadores es una vieja aspiración de las organizaciones empresariales a la que las organizaciones sindicales se han resistido con tenacidad, temerosas tal vez de que la medida fuera el anticipo de un posterior recorte de prestaciones. Esta división de opiniones entre los agentes sociales, sumada a la comprensible prudencia de los responsables de la hacienda pública, explica quizás por qué la demanda empresarial de reducir las cotizaciones sociales de los empleadores ha encontrado tan poco eco en gobiernos de muy distinto signo político hasta el momento.

El propósito principal del libro La Seguridad Social: análisis institucional, modelización y simulación de políticas, escrito con mi colaborador el Dr. Viejo Rubio, ha sido aportar luz a este debate, estimando los efectos de una hipotética reducción de los tipos de las cotizaciones sociales a cargo de los empleadores en la economía española manteniendo inalteradas las prestaciones y el déficit público. Los resultados que se presentan en el Capítulo II del libro se han obtenido simulando la reducción de tipos en un modelo desagregado de equilibrio general de la economía española (MEGAES) que permite captar tanto los efectos obvios de la medida sobre la recaudación, como los efectos indirectos e inducidos sobre las principales variables sectoriales y macroeconómicas.

El modelo y los resultados de las simulaciones que se presentan no se asientan sobre el vacío, sino sobre una realidad institucional, española y europea, cuyas características y funcionamiento conviene conocer antes de examinar el potencial impacto de su reforma. Por ello, el Capítulo I del libro se dedica a examinar con cierto detenimiento la administración del sistema de Seguridad Social en España y a establecer algunas comparaciones con los sistemas de tres países de nuestro entorno: Dinamarca, Francia y Reino Unido. La finalidad de este análisis institucional, previo al de modelación, es doble. En primer lugar,  detectar posibles disfunciones en la gestión de las prestaciones sociales en España, cuya eliminación permitiría aumentar los recursos del sistema o reducir sus gastos, siendo posible en ambos casos reducir la carga fiscal soportada por los empleadores sin poner en peligro las prestaciones. En segundo lugar, la comparación de nuestro sistema con el de otros países  de nuestro entorno que cuentan con sistemas de protección social incluso más desarrollados y generosos que el español pero que financian esas prestaciones de manera muy distinta, hace más creíble las propuestas de reforma simuladas en el Capítulo II del libro. Aunque en el Capítulo I se alcanzan conclusiones muy interesantes sobre el funcionamiento del sistema de la SS español, en este resumen hemos optado por presentar únicamente algunos de los resultados obtenidos al reducir las cotizaciones sociales a cargo de los empleadores.

  1. 1.      Efectos de las cotizaciones sociales

Las cotizaciones sociales son un impuesto que grava las prestaciones de trabajo y altera las decisiones de los agentes económicos. En particular, cuatro posibles distorsiones cabe achacar a las cotizaciones sociales:

  • Favorece la elección de técnicas intensivas en capital.
  • Favorece no participar en el mercado laboral y la economía sumergida.
  • Inclina a los consumidores a elegir bienes y servicios en cuya producción se utilizan menores cantidades de trabajo.
  • Dificulta a los productores locales competir con los productores de países donde las cotizaciones sociales son inexistentes o bajas.

Para evaluar las consecuencias de reducir las cotizaciones sociales a cargo se ha simulado su efecto en un modelo numérico de la economía española.

  1. 2.      Características del MEGAES

El modelo utilizado permite captar las interacciones entre los principales agentes económicos -16 empresas, 12 hogares, las administraciones públicas y 2 sectores exteriores, la UE y el resto de países- y estimar el impacto cuantitativo de la medida sobre las principales variables económicas: los precios de producción y consumo, la producción interior y total realizada por las empresas, el nivel de bienestar de los hogares, las tasas de paro, el saldo exterior, la recaudación impositiva y el déficit público, el consumo y la inversión privados, las importaciones y el PIB. Hay en el modelo 16 bienes y servicios producidos, 4 tipos de trabajo y servicios de capital. Entre los rasgos más sobresalientes del modelo estático cabe mencionar los siguientes:

  • Las empresas utilizan una función de producción anidada con rendimientos constantes de escala y en el nivel más alto del anidamiento la producción distribuida se obtiene agregando la producción interior con importaciones equivalentes. Las empresas eligen las cantidades contratadas de factores y la oferta de productos de modo que maximizan el beneficio.
  • Los hogares maximizan una función de utilidad anidada que en su escalón más alto combina un agregado de consumo presente con consumo futuro. Las familias obtienen ingresos de sus ventas de servicios de trabajo y capital, reciben y otorgan diversos tipos de transferencias (incluidas las prestaciones a los desempleados) y están sujetas a varios impuestos (cotizaciones de autónomos e impuestos sobre la renta y el patrimonio). Las cantidades demandadas de bienes y servicios se obtienen maximizando el nivel de bienestar dentro de las posibilidades que permite la satisfacción de su restricción presupuestaria.
  • Las Administraciones Públicas (AAPP) recaudan diversos tipos de impuestos –cotizaciones sociales de empleadores, empleados y autónomos; impuestos sobre la producción e importación, IVA e impuestos sobre las rentas de las personas físicas y jurídicas- que dependen de los tipos impositivos y las bases de cada impuesto que son endógenas. Las decisiones de gasto corriente y de capital son discrecionales. En consecuencia, el déficit público es endógeno.
  • Las dos áreas de comercio distinguidas en el modelo, la UE y el resto del mundo (RDM) financian sus compras de bienes y servicios (exportaciones) con los ingresos obtenidos por las ventas de bienes y servicios (importaciones). El resultado de estos intercambios se completa teniendo en cuenta las transferencias corrientes y de capital. El SOC de ambos sectores, cuando es positivo, constituye el ahorro que la UE y el RDM ponen a disposición de la economía nacional.
  • El mercado laboral puede no vaciarse debido a que el salario real depende de la tasa de paro.
  • La inversión agregada se determina sumando el ahorro nacional  y el ahorro externo.
  • Un equilibrio económico representa una situación donde todos los planes (óptimos) formulados independientemente por cada uno de los agentes resultan compatibles entre sí.

2. Simulaciones y principales resultados obtenidos

En este resumen se presentan los efectos de reducir 10 puntos porcentuales los tipos de las cotizaciones de los empleadores en tres escenarios alternativos:

A.1. Sin adoptar medidas compensatorias para paliar el impacto de la medida sobre el déficit público.

A.2. Aumentando simultáneamente de los tipos del IVA en la cuantía necesaria para mantener inalterado la proporción del déficit público sobre el PIB.

A.3. Aumentando simultáneamente de los tipos del IRPF en la cuantía necesaria para mantener inalterado la proporción del déficit público sobre el PIB.

Estas son las conclusiones más importantes obtenidas en cada caso:

A.1. Al reducir los tipos de las cotizaciones de los empleadores a la SS sin adoptar ninguna medida compensatoria, se reducen de forma sustancial los precios de producción y consumo, aumentan los salarios reales de todos los tipos de trabajo, mejora el nivel de bienestar de la mayoría de los hogares y se produce una expansión muy notable de los niveles de producción interior. El efecto sobre los costes y precios de los sectores públicos que producen los servicios no destinados a la venta resulta especialmente significativo y tiene un impacto muy notable sobre el gasto corriente de las AAPP.

Estos efectos de carácter sectorial tienen su expresión en la sustancial mejora que muestran los principales indicadores macroeconómicos: el aumento del  PIB real, la disminución de las tasas de paro y la mejora del saldo de la balanza de bienes y servicios. Lógicamente, estos efectos son cuantitativamente más significativos cuanto mayor es la reducción de tipos simulada. La única consecuencia preocupante ocasionada por la reducción de los tipos de las cotizaciones es la reducción de la recaudación por cotizaciones sociales a cargo de los empleadores y el consiguiente aumento del ratio del déficit público sobre el PIB, 0,22 puntos porcentuales cuando se reducen en 10 puntos las contribuciones, muy inferior al que cabría esperar desde una óptica meramente contable, esto es, aplicando los nuevos tipos impositivos a las bases de cotización existentes antes de la reducción.

La explicación de esta aparente paradoja hay que buscarla en que al tratarse de un modelo de equilibrio general, los agentes económicos reaccionan ante la reducción de las contribuciones y la economía registra una expansión notable de la actividad que aumenta el número de empleados y cotizantes y, en general, las bases impositivas de la mayoría de los impuestos; además, por el lado del gasto, la caída de las tasas de paro reduce también la cuantía de las prestaciones a los desempleados y la reducción de la contribuciones tiene un impacto, como ya se ha indicado, muy significativo sobre el coste de producción de los servicios no destinados a la venta producidos por las AAPP. En el escenario de una reducción de 10 puntos porcentuales (véase, Cuadro 1), el aumento del PIB en términos reales, 2,8 por ciento, resume los beneficiosos efectos de la medida

A.2. Los resultados de las simulaciones cuando la reducción de cotizaciones va acompañada de una política fiscal compensatoria indican que la mayoría de los efectos beneficiosos obtenidos en al reducir los tipos de las cotizaciones se mantienen incluso cuando las autoridades elevan otros tipos impositivos para mantener inalterado el peso del déficit público sobre el PIB. Tanto si la política compensatoria se instrumenta elevando los tipos efectivos del IVA como los del IRPF (Véase Cuadro 6.1), se obtienen reducciones significativas en los precios de producción y una notable expansión de los niveles de producción interior y total de la mayoría de los sectores productivos.

Cuadro 1

 

Efectos de una reducción de 10 puntos de los tipos de las cotizaciones sociales

 Año base  Sin compensación  Compensada con elevaciones del IVA  Compensada con elevaciones del IRPF  Compensada con reducciones en las transferencias por desempleo
Variación porcentual del PIB real 2,78 2,62 2,80 2,80
 
Variación del deflactor implícito del PIB .. -3,67 -2,98 -3,63 -3,63
Tasas de paro (%)
              Trabajo sin estudios 15,48 11,46 11,72 11,42 11,42
              Trabajo con estudios primarios 13,79 9,69 9,95 9,64 9,65
              Trabajo con estudios secundarios 18,42 14,79 15,00 14,72 14,72
              Trabajo con estudios universitarios 17,20 14,00 14,19 13,95 13,95
Saldo bienes y servicios CEE sin turismo (%PIB) 2,57 2,17 2,23 2,22 2,22
Saldo bienes y servicios RDM sin turismo (%PIB) 3,69 3,48 3,49 3,50 3,50
 
Capacidad (+) de financiación de la CEE (%PIB) 0,35 -0,02 0,08 0,03 0,02
Capacidad (+)de financiación del RDM (%PIB) 3,07 2,89 2,90 2,91 2,90
 
Necesidad de financiación de las AAPP (%PIB) 4,10 4,32 4,10 4,10 4,10
 
Factor de escala .. .. 1,08 1,02 0,89

Cuando la política compensatoria se instrumenta elevando los tipos del IVA, la caída en los precios de producción no se traslada a los precios de consumo y es justamente la elevación de estos la que cercena el poder de compra de los hogares. Cuando el instrumento empleado es el IRPF, la reducción de la renta disponible es la que recorta el poder de compra de los hogares. Al igual que en la primera simulación, estos resultados tienen su expresión en caídas muy significativas en las tasas de paro, mejoras en los saldos exteriores y aumentos del PIB real. En el caso en que la reducción de las contribuciones es de 10 puntos, las tasas de paro caen en torno a 4 puntos porcentuales y el aumento del PIB se sitúa entre 2,6 y 2,8 por ciento, cuando la política compensatoria se instrumenta elevando los tipos del IVA e IRPF, respectivamente. Un hecho a destacar es que los aumentos de los tipos impositivos requeridos para compensar la perdida de recaudación (véase, factor de escala en el Cuadro 1) son bastante moderados porque como ya se comentó en el apartado anterior, el impacto de la medida sobre el déficit público resulta moderado. En el caso en que el déficit se mantiene inalterado elevando los tipos del IVA, el aumento requerido para compensar una reducción de 10 puntos las contribuciones de los empleadores se sitúa en torno al 8 %, lo que significa que los bienes actualmente gravados con un 16 por ciento pasarían a estar gravados con el 17,3 %, por ciento, esto es, una cifra bastante inferior al 19 % vigente en Alemania.

Estos resultados ponen de manifiesto que resulta posible mantener inalterado el peso del déficit público y aumentar el PIB alterando la composición de los ingresos públicos y otorgan credibilidad cuantitativa a la hipótesis de que una de las formas menos deseables de recaudar impuestos es gravar la contratación del trabajo con elevadas cotizaciones sociales. No se trata de reducir las cotizaciones para recortar las prestaciones sociales, sino de financiar estas empleando instrumentos con efectos menos perversos sobre la actividad económica y el empleo.

3. Contrastación de los resultados

Una de las críticas más habituales que suelen hacerse para poner en cuarentena los resultados obtenidos con modelos de equilibrio general es que resulta difícil contrastar los resultados de las simulaciones con los valores observados de las variables en la realidad. A esta circunstancia, habría que añadir el hecho de que los modelos desagregados estén calibrados con valores de un año base bastante alejado en el tiempo, lo cuál sin duda permite a sus críticos abundar en la falta de relevancia de los resultados obtenidos con este tipo de modelos. A estas críticas cabe responder argumentando que todos los modelos presentan limitaciones y que incluso el cálculo más elemental no es más que una simulación realizada con un modelo subyacente rudimentario.

De todos modos, la mejor defensa de cualquier modelo es examinar su capacidad para dar cuenta de la evolución de las variables económicas fuera del período muestral empleado para su especificación numérica. A pesar de las dificultades prácticas a las que comporta la actualización de los valores de las variables exógenas y parámetros del modelo empleado en este libro, como consecuencia de los cambios de base, ausencia de deflactores apropiados, información insuficiente, etc., hay que reconocer que la capacidad del modelo para replicar los valores observados de las variables endógenas entre 1990 y 1997 calculando de manera recursiva una sucesión de equilibrios resulta bastante satisfactoria, siempre que se asuma un bajo grado de sustitución entre productos locales e importados. Habiendo obtenido esta senda para la economía entre 1990 y 1997, resulta posible compararla con la que habría seguido la economía si además se hubieran reducido en 10 puntos porcentuales las contribuciones de los empleadores. La conclusión principal es que este segundo escenario resulta claramente superior al primero, manteniéndose prácticamente inalterados la mayoría de los efectos obtenidos con el modelo estático. En otras palabras, tanto las simulaciones de estática como dinámica comparativa avalan la reducción de las contribuciones sociales de los empleadores y la compensación de la consiguiente pérdida de recaudación mediante el aumento de los tipos del IVA.

4. Conclusiones generales y una reflexión final

Los resultados de este libro se pueden resumir en dos conclusiones de orden general. Primera, la combinación de recursos empleada en España para financiar las prestaciones sociales es peculiar y se puede alterar sin que ello entrañe ningún peligro para el mantenimiento de dichas prestaciones, como lo demuestra el hecho de que otros países utilicen otras fórmulas para financiar sistemas de protección más desarrollados que el nuestro. Segunda, los resultados cuantitativos obtenidos al simular los efectos de reducir los tipos de las cotizaciones de los empleadores indican que esta medida tendría efectos muy apreciables y beneficiosos sobre la economía española, incluso si se adoptan medidas fiscales de carácter compensatorio encaminadas a mantener inalterada la proporción del déficit público sobre el PIB.

Desde la perspectiva que ofrece este libro, se puede afirmar que la patronal yerra una y otra vez al plantear la reducción de las contribuciones sociales a cargo de los empleadores apuntando al superávit transitorio que presenta el sistema de la SS, en lugar de exigir un cambio en la composición de los ingresos empleados para financiar las prestaciones sociales. Hace unas semanas, sin ir más lejos, el titular de en un diario económico (Expansión, 8 de junio 2009) informaba de que la “CEOE demanda 9.500 millones en cotizaciones” y “el Gobierno se niega a conceder una reducción general de tres puntos en la aportación patronal”. Para la CEOE, la petición resultaba asumible al presentar el sistema un superávit de 10.172 millones de euros en abril, en tanto que para el Gobierno, aunque convencido de que se cerrará el año con un superávit del 0,4 % (unos 4.200 millones), la demanda patronal resultaba cuando menos inoportuna. El error de la CEOE, en otras palabras, estriba en plantear la reforma como un recorte de los ingresos del conjunto de las AAPP e, implícitamente, como una amenaza al mantenimiento de las prestaciones sociales.

Suerte que no votamos mañana

Javier Marías FrancoJAVIER MARÍAS

La Zona Fantasma. El País Semanal, 14 de noviembre de 2010

No saben bien Zapatero, su Gobierno y su partido lo irritados y hartos que tienen a muchos electores que se consideran más o menos de izquierdas o que en todo caso jamás votarían por una derecha como la española: furibunda, beata, corrupta (es corrupto quien no destituye y sí defiende a los presuntos pero muy probables corruptos), difamadora por sistema y en exceso reminiscente de la franquista. El hartazgo y la irritación de los izquierdistas hacia el PSOE no son sólo debidos a la reciente reforma laboral del Gobierno y al incumplimiento de sus promesas. También tiene que ver con su nulo entendimiento de lo que son las libertades individuales y aun la democracia, con su afán regulador y prohibicionista, con su puritanismo o mojigatería dignos de monjas, con la simpleza –cuando no abierta idiotez– de muchos de sus representantes, sobre todo ministros; con su soez usurpación del antiguo socialismo, con sus torpezas y rectificaciones, con su injustificado optimismo, rayano en el iluminismo, ante los problemas más acuciantes y graves. Si, como se prevé, numerosos votantes de izquierda se quedan en casa o depositan un papel en blanco en las próximas elecciones generales de 2012, y también en las municipales y autonómicas del ya cercano mayo (o de este mes en Cataluña), no será sólo por la situación económica, sino por lo que acabo de enumerar. La opción de Izquierda Unida y similares se antoja disparatada, por su entendimiento aún menor de las libertades y de la propia democracia.

El gran problema aparece cuando esos votantes reacios se paran a pensar en el día siguiente a las elecciones. Tal como está conformada la política española, el único otro partido que puede gobernar, y además con mayoría absoluta, es el PP. Antes de que lo hiciera por primera vez, en 1996, había comprensibles dudas y temores respecto a lo que era capaz de hacer en el poder. Después de ocho años de haberlo ejercido (1996-2004), ya sabemos cómo se las gasta. Uno siempre espera que la gente pueda cambiar, o que sea sustituida por otra más civilizada, pero este no es el caso del PP, a cuyo frente está un individuo que formó parte de los Gobiernos de Aznar, en cargos bien prominentes. Es chistoso que esta derecha haya calificado el nuevo nombramiento de Rubalcaba como “vuelta al pasado”, cuando Rajoy no es ni siquiera eso, sino la permanencia en él pura.

Desde que empezó la crisis económica, el PP ha evitado decir cómo la combatiría, y se ha cuidado de revelar cuáles serían sus medidas y recortes, seguramente porque, al lado de la que ellos harían, la reforma laboral de Zapatero parecería un favor a los trabajadores. Hace unas semanas Rajoy abrió por fin la boca –muy poco–, y lo único que fue capaz de anunciar es –oh sorpresa– que privatizaría; es decir, que vendería a particulares lo que se ha construido a lo largo de décadas con el dinero de todos los españoles. En concreto, explicó, los servicios postales, los trenes, los puertos y los aeropuertos. No he leído apenas comentarios a estas inquietantes declaraciones. Tomemos el caso de los trenes. ¿Podría explicar Rajoy los motivos para entregar la Renfe a una empresa privada? ¿Para que funcionara mejor? Es imposible. Los trenes, y sobre todo los AVEs, son una de las escasísimas cosas que van a la perfección en España. Salen y llegan puntuales, el servicio es excelente, son cómodos y rápidos, algo caros pero no demasiado, y van a tope casi siempre. Su éxito es indiscutible. ¿Entonces? ¿Se trataría acaso de privatizarlos para sacar más dinero y enriquecer a algún amigo? Recordemos el caso de Telefónica durante el Gobierno de Aznar. Algo costeado por todos pasó de pronto a manos privadas, encarnadas por las de un sujeto llamado Juan Villalonga del que sólo se sabía que había sido compañero de pupitre del entonces Presidente. Hoy ese señor ya no está al frente de Telefónica –medio que ha perdido hasta el nombre–, y lo único que ahora sabemos de él es que vive fuera de España la mayor parte del tiempo, se casa con ex-modelos y es multimillonario.

Margaret Thatcher llevó a cabo la privatización de la red ferroviaria británica, que pasó de ser una de las mejores del mundo a ser un completo desastre: no sólo en lo referente al funcionamiento, sino que –no sé si se acuerdan– proliferaron los accidentes mortales de manera alarmante. En los Estados Unidos, donde el ferrocarril unió al país, la privatización supuso que ese medio de locomoción dejara de existir prácticamente. Algo parecido ha sucedido en algunos países sudamericanos, en los que no hay modo de desplazarse utilizando la vía férrea. Si Rajoy quiere vender los trenes, que como servicio público son casi inmejorables, pueden imaginarse qué más vendería. ¿La Seguridad Social? ¿El Museo del Prado? Nada estaría a salvo. La Sanidad madrileña, según aseguran todos los médicos que conozco (y no son precisamente de izquierdas), ha sido destruida por la política “liberalizadora” de Esperanza Aguirre. La privatización de lo común, no se engañen, suele significar, para los ciudadanos que con su contribución han erigido instituciones valiosas y que deben ser deficitarias si no hay más remedio –pues a todos benefician–, pagar mucho más por ellas y obtener peor servicio, o su supresión a veces. Si esto es lo que el PP se atreve a anunciar, figúrense cómo será el resto de lo que no osa decir y se calla. En verdad estamos entre la espada y la pared, y esta vez es en serio. ¿Pared? ¿Espada? Menos mal que las elecciones no son mañana.

El acoso del razonamiento

Javier Marías FrancoJAVIER MARÍAS

La Zona Fantasma. El País Semanal, 24 de octubre de 2010

Hasta hace no mucho tiempo, existía una tradición inviolable, y lo que quiero decir con este exagerado adjetivo es que por supuesto podía violarse, pero quien lo hacía quedaba inmediatamente expuesto al descrédito y privado de razón. Esa tradición atañía a la discusión, ya se diera en el ámbito privado, ya en el público. Si alguien afirmaba algo en el transcurso de una cena o de una tertulia, y un interlocutor se lo rebatía con argumentos, el primero estaba obligado a refutar a su vez y a aportar nuevas razones que sustentaran lo que había afirmado y desbarataran las esgrimidas por el segundo. Si no encontraba esos nuevos argumentos, o éstos carecían de peso y no resultaban convincentes –no ya para el adversario, sino para los presentes, que en cierto modo ejercían de árbitros, aunque sólo fuera con murmullos de aprobación o desaprobación–, sus aseveraciones iniciales debían ser retiradas o matizadas, o quedaban lo bastante desautorizadas para diluirse: en todo caso no prevalecían. Le suponía aún mayor desdoro irse por las ramas y evitar la confrontación, lo que hoy se llama –con expresión pedestre– “echar balones fuera”: cambiar de tema e intentar desviar la atención del aprieto en que se hubiera metido. Y la peor de todas las reacciones, la que más lo desprestigiaba y jamás se consentía, era no contestar nada, callar, fingir que lo aducido por su contrincante no había existido ni por tanto necesitaba réplica. Dentro de esa tradición se inscribía el viejo dicho “El que calla, otorga”, esto es, el que mira hacia otro lado y se pone a silbar, el que se hace el distraído y no se da por aludido tras una interpelación directa, está concediendo la razón al otro, está reconociendo su arbitrariedad o su equivocación. Y eso vinculaba, quiero decir que ese individuo ya no podía volver a la carga y seguir afirmando lo que había sido incapaz de demostrar o defender; quedaba desarbolado, y, cada vez que insistiera en sus opiniones carentes de base y de sostén, se le recordaría la argumentación que no pudo combatir.

Esta vieja tradición dialéctica, fundamental para la convivencia, ha saltado por los aires. Los políticos actuales no habrían sobrevivido a un solo rifirrafe de estas características hace veinte años, no digamos hace cincuenta. A ninguno se le habría tolerado –o no sin un monumental descrédito para él– hacer caso omiso de las preguntas de los periodistas, de las opiniones fundadas de los columnistas, de las argumentaciones de sus adversarios. No habría sido de recibo que contestaran “Eso hoy no toca”, o “Qué buen tiempo hace”, o “Lo único que importa es que somos lo mejor para España” ante una pregunta directa o en medio de una discusión. Se los habría llamado de inmediato al orden: “Oiga, no me ha respondido”, o “No ha refutado lo que le he dicho”; y si se hubieran empeñado en seguir rehuyendo la cuestión, nadie les hubiera aceptado que volvieran a hablar, al menos no de esa cuestión. Esta actitud de los políticos no sólo se consiente y no les trae consecuencias, sino que además ha contagiado al resto de la sociedad. Lo habitual es hoy que, si alguien aduce o argumenta algo con suficiente convicción y el interpelado no sabe oponer resistencia, éste finja no haber oído, o es más, finja que nadie ha oído, que las palabras que lo incomodan no han sido pronunciadas o escritas, no han existido. A veces, como mucho, las despacha con ese comodín ridículo de “Esa es su opinión”, como si las opiniones ajenas no nos afectaran y no debieran ser refutadas o contrarrestadas por la propia, eso sí, con argumentos. Hoy es posible asistir a este diálogo: “El sol sale por oriente”. “Ah, esa es su opinión”.

Lo más grave de esta actitud generalizada, y admitida por los espectadores o árbitros, es que pronto, muy pronto, los que se molestan en razonar desistirán de ello, en vista de su inutilidad. Y eso es lo que en el fondo anhelan los políticos y cuantos no soportan disensión ni discrepancia alguna. Hace unos meses leí que ya se había producido un abandono: Félix de Azúa, uno de los mejores argumentadores de nuestro país, anunció que dejaba sus colaboraciones en El Periódico de Catalunya ante la imposibilidad no ya de convencer a nadie de nada, sino ante la evidencia de que sus columnas eran leídas como quien lee llover (no pude ver ese texto suyo, pero sí algunos comentarios sobre él). ¿Cuánto van a durar deslomándose, dándose con la cabeza contra una pared o contra el vacío, los que aún aspiran a tener razón –y, por tanto, a que se les dé– y se preocupan de demostrar que la tienen mientras otro no se la quite con las mismas armas dialécticas de buena ley? ¿Cuánto más durarán sin hartarse los Savater, Ferlosio, Ramoneda, Juliá o Gómez Pin, por mencionar a unos pocos articulistas de este diario, si lo único que obtienen son ladridos en el mejor de los casos y oídos sordos en el peor? ¿Si los gobernantes o los contrincantes no se dan por aludidos aunque hayan sido señalados con el dedo, y no van a sentirse obligados a responder ni a rectificar, y la ciudadanía en pleno se lo consiente? A este paso llegará un día en el que las cabezas pensantes habrán sido anuladas por el agotamiento, el hastío, el desaliento que esta situación produce. Y entonces estaremos aún más desahuciados: aunque ahora no haya respuestas ni reacción, y sólo “balones fuera”, los argumentos todavía existen, y los lectores-árbitros disponemos de ellos. Lo malo de veras será cuando a nadie le compense el esfuerzo, y nadie lleve la contraria a los vacuos que –ellos sí, impertérritos– seguirán hablando, e imponiendo.

Alérgicos al arrepentimiento

Javier Marías FrancoJAVIER MARÍAS

La Zona Fantasma. El País Semanal, 10 de octubre de 2010

Aquí donde me leen, con mis artículos anuales en deploración de la abusiva Semana Santa española y mis ocasionales escaramuzas con la igualmente abusiva jerarquía católica, de vez en cuando me carteo con un religioso, Dom Hilari Raguer, octogenario monje de Montserrat con muchos conocimientos y no poco sentido del humor, autor de notables libros de Historia como La pólvora y el incienso, sobre la Iglesia y la Guerra Civil, y de un ameno Informe confidencial sobre los monjes de Montserrat, en el que cuenta cómo viven y reparten la jornada. Hace un mes le envié un volumen editado por mí, La expedición de Ursúa y los crímenes de Aguirre, crónica de las fechorías del famoso Lope de Aguirre (el título no se refiere a Esperanza, válgame Dios), escrita en 1821 por Robert Southey, contemporáneo y enemigo de Lord Byron. Me contestó diciéndome que no había podido dejar de leerlo, robándole horas al escaso sueño que se permiten los monjes: “Esta mañana me dormía en el rezo de maitines. Menos mal que ya casi lo he terminado. Ahora me toca ir a confesar, pero como por suerte o por desgracia en estos tiempos hay poca gente arrepentida, terminaré la lectura en el confesonario. ¿Y si se me presentara, arrepentido, Aguirre?”

Sin duda Dom Hilari no se atrevería a jurar que la gente se arrepienta poco hoy en día; lo que sí sabe es que se confiesa rara vez. Pero su comentario coincide absolutamente con algo que vengo observando y que ya he señalado aquí, de pasada. Huelga decir que, al no ser yo creyente, ni me confieso ni me parece extraño que no lo haga la gente en general. Sí me lo parece más que se abstengan quienes se declaran católicos, y en todo caso me llama la atención desde hace tiempo el enorme desprestigio de que goza el arrepentimiento, más allá de su dimensión religiosa, a la que en modo alguno se limita el concepto. Si ustedes hacen memoria, habrán leído u oído numerosas entrevistas con personajes públicos en las que, antes o después –la pregunta debe de ser recurrente por parte de los periodistas–, manifiestan con invariable brutalidad (ya se trate de políticos, actores, escritores, cantantes o banqueros): “No me arrepiento de nada. Cuanto he hecho lo volvería a hacer. No tengo nada que lamentar”. Siempre me quedo perplejo, pese a la reiteración. ¿Nadie se arrepiente de nada, cuando esa es una de nuestras más frecuentes reacciones, al menos en nuestro fuero interno? No sé, son tantas las veces en que uno lamenta haber hecho o no hecho una cosa, haber dicho unas palabras que han herido o que sólo han traído resquemor, haber o no tomado tal o cual decisión, haber descartado esto o aquello, no haberse atrevido a dar un paso, haberse o no casado con tal persona, haber perdido una amistad, no haber estado más atento a quien ya murió o no haber hablado más con él … Yo suelo encontrar casi a diario algún motivo de arrepentimiento, aunque la mayoría sean, por suerte, de carácter menor.

Supongo que no pertenezco a mi época, una vez más. Parece como si la gente actual –sobre todo la española– considerase arrepentirse una bajeza o una blandenguería, un signo de debilidad, un menoscabo de su figura, una humillación. Hasta quienes tendrían más razones para hacerlo: raro es hoy el asesino que expresa arrepentimiento, y desde luego no lo verán en ningún terrorista; raro es el negligente que ha causado una o varias muertes que lamente su descuido y aparezca abrumado por las consecuencias de su error o su distracción: estará demasiado ocupado en buscarse descargos o en intentar echar la culpa a otros, a menudo de manera cínica y rocambolesca. Quizá no es tan extraño el fenómeno si pensamos que la nuestra es una sociedad educada desde la infancia en la evitación de las responsabilidades. Ni siquiera suelen reconocerse las equivocaciones, los juicios temerarios, las sospechas injustas, las acusaciones infundadas que se vierten sin cesar, sobre todo en el mundo de la política, que incomprensiblemente se ha erigido en modelo (pésimo) para el resto de la ciudadanía.

El caso reciente más flagrante es el de Bush, Blair y Aznar, que además son tres individuos profundamente religiosos, o eso aseguran. Ninguno ha mostrado aún el menor arrepentimiento –todo lo contrario: soberbia y satisfacción– por su injustificada, ilegal, taimada y catastrófica decisión de invadir Irak hace ya casi ocho años, tiempo suficiente para calibrar las consecuencias y reflexionar. Había allí un dictador (vaya novedad, llevaba decenios en el poder; y como si fuera el único en el mundo), pero era un país laico y no había en él terrorismo. A las decenas de millares de muertos causados por esa guerra basada en mentiras, inútil y delictiva, habrá que añadir los que se produzcan en los previsibles enfrentamientos civiles que seguirán a la retirada de las tropas extranjeras. Esos tres individuos han de saberse responsables de todas esas muertes innecesarias y del caos violento en que se ha sumido ese país. También Rajoy, que formaba parte del Gobierno de Aznar y a quien tampoco se ha oído una palabra de arrepentimiento, mientras aspira a ser Presidente como si no llevara ninguna carga sobre los hombros. Nadie que guarde memoria de aquella felonía lo votará, no sé a qué esperan en su partido para relevarlo. Si individuos como estos no deploran lo que hicieron, siendo ellos religiosos y sus culpas innegables y públicas, más fácil es que vaya al confesonario el fantasma de Lope de Aguirre que cualquiera de nuestros contemporáneos.

No gubernamentales a ratos

Javier Marías FrancoJAVIER MARÍAS

La Zona Fantasma. El País Semanal, 19 de septiembre de 2010

Lejos de mi intención criticar a las ONGs en general y a las personas de buena fe que a menudo las integran o les aportan fondos (entre estas últimas me cuento, aunque con cada vez menor confianza, lo que me ha hecho darme de baja en algunas de ellas). Su labor suele ser muy meritoria, y la ayuda que prestan no se ve menoscabada, cuando es eficaz y no contraproducente, porque haya entre sus miembros individuos que, más que preocuparse de veras por las calamidades e injusticias del mundo, parecen buscar sentido a sus insatisfactorias vidas y complacerse en su propia imagen combativa y solidaria, o incluso no pocos –sobre todo actores, cantantes, escritores, quienes tienen necesidad de construirse un “personaje público” lucido y rentable– que no desaprovechan ocasión de darse autobombo en compañía de los desventurados de turno y siempre llevan cámaras cerca que atestigüen y aventen su “compromiso” con cualquier causa que les adorne la biografía. Que haya quienes saquen partido a su defensa de los oprimidos, a su denuncia de los agravios, a su nutrición de los hambrientos, es una “mácula colateral” que con frecuencia hace sospechar de la espontaneidad y generosidad de los activistas, pero que en modo alguno invalida el conjunto de su tarea.

Últimamente, sin embargo, da la impresión de que el número de esos aprovechados aumenta. El eco mediático embriaga y ofusca a cualquiera, y es sabido que quien lo obtiene puede hacerse adicto a él y querer más cada vez. Algunas ONGs españolas que han saltado a la prensa por padecimientos que ojalá no hubieran sufrido, parecen haber perdido la perspectiva de lo que es útil para aquellos a quienes pretenden socorrer, y haberse ensimismado en una especie de narcisismo. Da la sensación de que ya no les importa tanto lo que puedan aportar cuanto el reflejo que les devuelva el espejo de su popularidad. Es de celebrar que los cooperantes de Acció Solidària secuestrados por la rama magrebí de Al Qaeda hayan regresado por fin salvos y casi sanos, aunque ello haya costado la excarcelación de algún terrorista y el pago de un rescate elevado a cargo del Estado español. Se ha comprobado que sus “caravanas de ayuda”, enviadas seguramente con la mejor intención, pueden traer más perjuicios que beneficios, desde luego para todos nosotros –y para los cautivos no digamos–, pero también para los destinatarios de dicha ayuda. Se ha comprobado que no todo lo que se nos ocurre es factible. Lo que resulta incomprensible es que esa misma Acció Solidària anuncia ahora que no se va a arredrar y que planea ya el flete de su próxima caravana –ojo con el narcisismo– no tanto para insistir en su apoyo a los necesitados cuanto como “homenaje” a los cooperantes maltratados. Uno se pregunta por qué no los homenajean en Barcelona, ya que han logrado volver allí, sin ponerse en peligro de nuevo, quizá volver a ser secuestrados –ojalá no sea así– e involucrar en su drama al Gobierno y a todo el país.

Otro tanto sucede con la docena de activistas del Observatorio para los Derechos Humanos en el Sáhara Occidental que fueron molidos a palos cuando se manifestaban contra Marruecos en El Aaiún, bien por la policía de allí, como aseguran ellos, bien por ciudadanos bestias a los que no gustó su actitud. Hay demasiada gente en España que, a la manera de los nuevos ricos, cree que puede ir a cualquier lado y hacer allí lo que le dé la gana como si estuviera en nuestro territorio. Si bajo la dictadura de Franco hubiera venido un grupo de franceses o noruegos a manifestarse contra el régimen en suelo español, es seguro que los grises o los muchísimos franquistas bestias que pululaban por aquí los hubieran hostiado, y que luego se les hubiera caído el pelo en la Dirección General de Seguridad. Lo mismo les ocurriría a esos activistas canarios si se plantaran hoy en Pekín y gritaran contra la dictadura china, o en La Habana contra la de Castro, o en Guinea contra la de Obiang, o en Caracas contra la de Chávez o en Moscú contra la pseudodemocracia de Putin y Medvédev, no digamos en Teherán contra la de Ahmadineyad. Hay cosas que, simplemente, uno sabe que no es posible hacer, y menos gratis y sin consecuencias; es preciso tener un mínimo sentido de la realidad. Pues bien, los miembros de ese Observatorio, lejos de haberse empapado a golpes de esa limitadora realidad, preparan ahora una “flotilla de la Independencia” para desembarcar a lo grande en el puerto de El Aaiún y volverse a manifestar. Están en su derecho y su causa es justa, allá ellos. Pero lo que resulta desfachatado y contradictorio es que la tal “flotilla” pida escolta y protección al Gobierno español. El abuso de las siglas nos hace olvidar a veces lo que éstas significan, y ONG quiere decir Organización NO GUBERNAMENTAL, y bien que todas ellas se han enorgullecido de esa N. ¿Cómo es, entonces, que esas Organizaciones NO GUBERNAMENTALES recurren a los Gobiernos cada vez que hay un problema, capturan a sus cooperantes o brean a sus manifestantes? Deberían ser coherentes. No es aceptable que hagan caso omiso de los Gobiernos cuando se trata de su proselitismo y su publicidad y que se pongan bajo el ala de aquéllos cuando les vienen mal dadas. Las ONGs son muy libres de meterse en cuantas bocas del lobo se les antoje, pero sería menester que, a partir de ahora y de una vez, lo hicieran por cuenta suya y sólo suya, sin pedir luego a los Gobiernos que tanto desprecian que les saquen las castañas del fuego

Ustedes nos han hartado

Javier Marías FrancoJAVIER MARÍAS

La Zona Fantasma. El País Semanal, 12 de septiembre de 2010

 Aunque ya sabemos que las vacaciones no duran nada; aunque los políticos sigan presentes en televisiones y prensa también durante el verano, y en este que termina hayan aumentado el número de sus apariciones para demostrar que en época de crisis no regatean esfuerzos; aunque seamos conscientes de que cada nueva temporada no merece el adjetivo y es una agotadora repetición de lo mismo; aun con todo eso, resulta inevitable levantar la vista en septiembre y otear el horizonte como si pudiéramos divisar en él algún signo de renovación o frescura, sobre todo en la vida pública. Hacerlo en nuestro país es descorazonador y deprimente, y la perspectiva de volver a ver y escuchar a nuestros representantes a tiempo completo, sin clemencia alguna por su parte, sólo provoca pereza, aburrimiento infinito, gran desdén, desesperación, desaliento. ¿Por qué no se quedan en sus lugares de veraneo, donde sin duda no estaban mal y se hacían algo menos visibles y audibles? ¿No se dan cuenta de que nadie los ha echado de menos, de que no nos ha costado nada olvidarlos (en la medida en que nos lo han permitido, siempre insuficiente), de que el país ha seguido funcionando –mal, pero bueno– sin necesidad de sus intervenciones y exabruptos, de que les veamos las caras, de que oigamos sus gritonas voces y su léxico propio de perros? Ay, Señor, hace escasas semanas la Ministra de Defensa, hablando de los piratas del Índico, habló de la conveniencia de que éstos “sean ajusticiados en un juicio justo”. No sabía que se hubiera restaurado la pena de muerte en Europa, porque lo que ella pidió con sus palabras fue que se los ejecutara uno tras otro, eso sí, “en un juicio justo”.

Según he leído en las columnas de Carlos Cué durante agosto, hay algunos políticos –él los trata de cerca– que, en contra de lo que parece, se preocupan por la mala fama del gremio o por la suya en particular, e incluso piensan en cómo poner remedio a situación tan desagradable. Para mí lo sería, y creo que para cualquiera: pertenecer a un oficio desprestigiado en su conjunto, percibido en sí mismo como un problema según las encuestas del CIS (el tercero mayor que padece España); las declaraciones de cuyos integrantes son escuchadas con escepticismo e incredulidad en el mejor de los casos, en el peor como falacias y engaños, y en el intermedio como algo vacuo y jamás pensado por quienes las pronuncian, sino tan sólo dictado por los “aparatos” que los controlan y esclavizan. Ser vistos como gente servil con sus superiores, a menudo corrupta y ladrona, mendaz, desconsiderada y cínica, incoherente, contradictoria y con una cara que se la pisa, me parece una de las maldiciones mayores que puede sufrir cualquier sujeto.

Las valoraciones que la ciudadanía hace de los líderes cada cierto tiempo, arrojan invariablemente el mismo mensaje: la gente suspende –con alguna extrañísima excepción y puntuaciones humillantes– a todos estos políticos, sin que eso signifique que no considera necesaria la existencia de políticos. Éstos lo son, y mucho, pero hace ya demasiados años que el veredicto es inequívoco: estos no nos gustan; es más, los encontramos calamitosos, una desdicha, una plaga, una ruina; así que cámbienlos. Denles boleta a los insustanciales Zapatero, Rajoy, Fernández de la Vega, Salgado, Arenas, Blanco, Montoro, González Pons, Mas, Herrera y Cayo Lara. No nos saquen más a las engreídas y redichas Pajín y Sáenz de Santamaría, que cada vez que se dirigen a nosotros lo hacen como si fuéramos párvulos y ellas nos tuvieran que explicar el mundo desde el abecedario. No nos hagan leer más entrevistas con la iletrada y presuntuosa Aído, con los cerriles Puigcercós y Urkullu, con la envanecida Rosa Díez, con el desvergonzado Trillo. El mejor favor que se pueden hacer a sí mismos es dejarse ver poco y callar mucho, procurar pasar inadvertidos. No nos jaleen más a las chabacanas Barberá y Aguirre, a los iluminados y fatuos Camps y Bono, al melifluo Gallardón que destroza. Tampoco queremos verle a Moratinos más humillaciones ni más disfraces. Seguro que en cada partido hay personas más inteligentes, menos pagadas de sí mismas, que no hablen como gañanes ni suelten tantas sandeces, que no roben y sean cabales, que no se crean que son votadas por sus méritos o su carisma, sino porque los “aparatos” los han colocado en buen puesto y porque los electores, desquiciados, echan la papeleta de quienes odian un ápice menos. Dejen a Rubalcaba si quieren y recuperen a Rato y Solbes que no ofenden y parecen saber lo que se dicen.

Espero que no sea cierto, pero leo que los políticos “están rumiando una ley para que las televisiones privadas” (las públicas no digamos) “se vean obligadas a emitir equis minutos con las buenas obras de cada partido parlamentario”. El argumento es, por lo visto, que “hay que luchar contra el abstencionismo”. Ya es bastante alarmante que se pretenda imponer algo a ningún medio –una medida propia de dictaduras–; pero más aún la imbecilidad que denota: puesto que tenemos tan mala prensa, que se nos ensalce por ley y decreto. ¿De verdad la clase política actual no se da cuenta de que eso sería contraproducente y de que la tirria y la desconfianza que se le profesa sólo irían en aumento? ¿De verdad no se dan cuenta los partidos de que les tocaría retirar al 80% de sus cargos (incluidos alcaldes) y sustituirlos por gente impoluta y nueva, o por lo menos no tan bruta? No es que yo crea demasiado en ellas, pero lo que las encuestas expresan desde hace tiempo es meridiano: traigan a otros, ustedes nos han hartado.

No prometéis nada bueno

 Javier Marías FrancoJAVIER MARÍAS

La Zona Fantasma. El País Semanal, 5 de septiembre de 2010

 Ya sé que es sólo un juego de verano sin mayor importancia, pero no he podido por menos de mirarme con atención las listas que publicó este dominical en agosto con las cien películas y los cien actores que “cambiaron la vida” de cien profesionales hispanoamericanos del cine. También sé que todos, cuando se nos piden estas selecciones imposibles, tendemos a ser excéntricos, porque si no, no nos divertimos; nos encanta poner alguna película (o libro, o lo que sea) que en modo alguno juzgamos entre las mejores pero por la que tenemos debilidad, o bien intentamos salirnos un poco de la aburrida ortodoxia y resultar originales, dementes o escandalosos en alguna elección.

Dublineses de John Huston

Pero en estas votaciones “hispanoamericanas” –la verdad es que la mayoría de los participantes eran españoles sin más– ha habido un elemento en verdad preocupante, a mi parecer, y es el desaforado nacionalismo o chauvinismo o patrioterismo que desprendían, no ya rayano en el ridículo, sino del todo inmerso en él. La supremacía del cine estadounidense ha sido clara, como correspondía. El resto del planeta, sin embargo, y si no he contado mal, se repartía los puestos de honor de la siguiente manera: entre las cien películas de la historia había siete italianas (con apoteosis del sobrevalorado y mal envejecido Fellini y ninguna de Rossellini, dicho sea de paso), cuatro suecas (todas de Bergman), cuatro británicas (una dirigida por un francés, Renoir, y otra por un mediocre llamado Anthony Harvey), tres japonesas, tres cabalmente francesas, dos más o menos alemanas (ninguna de Fritz Lang, por cierto), dos de cineastas daneses… ¡y dieciséis españolas o de directores españoles –es decir, de Buñuel–! Para mí ha sido una revelación: según estos patrioteros o quizá gremialistas individuos votantes, el cine hecho por españoles es, con diferencia, el más memorable del globo después del norteamericano. Y no es sólo eso: entre las primeras veinte películas, figuraban nada menos que cinco españolas o de Buñuel. Visto lo cual no entiendo, la verdad, cómo es que nuestra filmografía no es universalmente conocida, cómo es que en todos los países no se han disputado el concurso de nuestros directores y actores, o cómo es que fuera de aquí casi nadie sabe quién es Berlanga, cuyo El verdugo es muy buena, sí, pero no creo que en ningún otro sitio esté considerada la cuarta película de la historia del cine, cincuenta puestos por delante –es un ejemplo– de la más “impresionante” de John Ford. Tampoco me parece probable que haya muchos extranjeros dispuestos a suscribir que La niña de tus ojos, de Trueba, deja más huella que Dublineses, de Huston, por mencionar un caso sangrante. O que Los santos inocentes empequeñece a Vértigo, Ser o no ser, Con la muerte en los talones, El Gatopardo, y aventaja años luz a Sed de mal, El río y Centauros del desierto. Si me preguntan, no lo creo.

En cuanto a la lista de actores, más de lo mismo: entre los cien intérpretes que más han “marcado” a los votantes, nada menos que dieciséis españoles, gente, como se sabe, nacida para actuar. Fernán-Gómez es mucho más admirable que James Stewart y Charles Laughton; López Vázquez, Luis Tosar, Rabal y Carmen Maura están muy por encima de John Wayne, Bogart, Caine, Marilyn Monroe, Orson Welles y Audrey Hepburn, cómo me va usted a comparar; y no digamos de Gary Cooper, Robert Mitchum y Henry Fonda, esos tres no les llegan ni a la suela del zapato; Ángela Molina conmueve más que Sordi, Gabin y Clark Gable; y Javier Cámara, Rosa María Sardá y Juan Diego les dan unas cuantas vueltas a Marlene Dietrich, Buster Keaton y William Holden. Y todos, absolutamente todos –y quién sabe cuántos españoles más– miran con desprecio, desde sus alturas, a aquel infeliz de Burt Lancaster, que ni siquiera figuraba entre los cien elegidos. Es una opinión personal, pero, aunque sólo hubiera hecho El Gatopardo en su vida, Lancaster ya merecería estar no entre los cien, sino entre los diez intérpretes de la historia.

Burt Lancaster en El Gatopardo

Cuestión de gustos. Lo preocupante, lo llamativo, es esto: los profesionales de nuestro cine, ¿a quién pretenden engañar? ¿Qué pretenden al votarse entre sí y a la raquítica industria nacional? ¿Tal vez convencer al Ministerio de Cultura de que esa industria es añeja y sólida y ha dado más obras maestras que la de cualquier otro país a lo largo de un siglo (los Estados Unidos aparte), y que por ello hay que cuidarla, favorecerla y subvencionarla? ¿Tal vez convencer de lo mismo a los lectores, para que vayan a ver cine nacional? Si así fuera (y no el mero pataleo acomplejado de “semoh loh mejoreh”), hay algo en lo que no han reparado: si nuestros cineastas tienen una ignorancia supina y desconocen a Ophuls, Rossellini, Lang, Renoir, Preminger, Griffith y tantos más de los que no destacaban una sola cinta; si su gusto es tan dudoso como para considerar El día de la bestia –lo siento, es un ejemplo– más memorable que Perdición, La diligencia, El hombre que mató a Liberty Valance, El hombre tranquilo y Johnny Guitar; si además juzgan que la ridícula y cursi Bailar en la oscuridad, de Von Trier, merece estar entre las cien películas que “cambiaron su vida”, ¿qué aficionado con dos dedos de frente y una mínima formación cinematográfica va a ir a ver las creaciones de estos individuos? Francamente, queridos, así no prometéis nada bueno.

  ¿Hay quien dé más?

 
 
 
 
 
 
 

Javier Marías Franco

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Esa cara me suena

Javier Marías Franco JAVIER MARÍAS

La Zona Fantasma. El País Semanal, 11 de abril de 2010

En estos días, no pocos portavoces católicos se preguntan con desgarro por qué se hace hincapié en los casos de pederastia protagonizados por curas, cuando esa práctica aberrante se da en todas las profesiones. El beato Prada, en un artículo de Abc particularmente farisaico, venía a decir, incluso, que en una sociedad enferma como la nuestra es natural que se contagien –pobrecillos– hasta algunos de los más virtuosos, una verdadera minoría en el conjunto de la población pecadora, haciendo caso omiso de que los sacerdotes siempre son una minoría en ese conjunto –y cada vez más–, y que el porcentaje de sus depravados resulta escandalosamente alto respecto a la totalidad del clero, que es como debe medirse y no respecto a la suma de los ciudadanos. (Y lo que ha salido a la luz lo ha hecho, además, contra presiones y omertà forzosa.) Sus palabras, como tantas otras veces, parecían dictadas por la Conferencia Episcopal, y en concreto por el Cardenal Cañizares, quien ha tenido el cinismo de afirmar que las noticias relativas a los abusos sexuales de menores perpetrados por religiosos no sólo no le preocupan en demasía, sino que son meros “ataques” que pretenden que “no se hable de Dios, sino de otras cosas”, como si hablar de cualquier asunto impidiera hacerlo de Dios (tal vez aspire a eso, a que nadie hable de nada… más que él y los suyos de Dios). El Secretario de Estado Vaticano ha declarado por su parte que “Hay personas que intentan desgastarnos”. Es de suponer que esas “personas” están encabezadas por los niños que, en silencio y temor, sufrieron manoseos y violaciones a cargo de sus custodios, y que, ya adultos y con menos pánico, se atreven ahora a levantar sus quejas.

Pero quizá la reacción más taimada ha sido la del propio Papa, quien ha quitado importancia a esos abusos recurriendo a la cita evangélica “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”, como si su Iglesia no llevase siglos tirando piedras contra todos los pecadores (según su criterio), aterrorizándolos con la amenaza del infierno, persiguiendo a disidentes y herejes, quemándolos de vez en cuando, forzándolos a abjurar de sus convicciones, expulsando a los que se desviaban del dogma, imponiendo a creyentes y a no creyentes su fe y su concepción de la moral, obligando a todos a cumplir con sus preceptos, dictando leyes a su conveniencia. ¿Por qué se hace hincapié en los delitos sexuales cometidos por eclesiásticos? Porque éstos llevan la vida entera haciendo hincapié en los “pecados” de los demás, y han condenado y castigado con dureza sus faltas y debilidades. Porque son ellos quienes en buena medida han decidido qué era delito y qué no. Porque ellos han reclamado secularmente –y en España siguen, hasta donde pueden– la exclusividad en la formación, enseñanza y adoctrinamiento de los niños. Porque a lo largo de la historia han dicho o exigido a los padres: “Entregadnos a vuestros vástagos, somos lo mejor para ellos”.

 

 JAVIER MARÍAS

  
 

 

  
 

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