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Del Manchester Arena a las arenas de Minya

Artículo publicado en el diario Expansión el 5 de junio de 2017

Nota del autor: el artículo, salvo su última oración, lo envié a publicar el 28 de mayo.

Rostros de las 22 víctimas del atentado en el Manchester Arena.

Conocemos la edad y los nombres de las 22 víctimas –un balance todavía provisional porque desgraciadamente hay varias decenas de personas hospitalizadas en diversos centros médicos en Manchester y algunas de ellas se encuentran en estado crítico– de la masacre que perpetró el británico de origen libio Salman Abedi en el hall del Machester Arena al finalizar el concierto de la cantante Ariana Grande el 22 de mayo. Hemos visto estos días las fotos de sus rostros, todavía rebosantes de vida, y hemos escuchado o leído las palabras de afecto de sus familiares, amigos y compañeros, impotentes ante la imposibilidad de rebobinar el tiempo unas horas y detener el atentado que truncó para siempre la vida de sus seres queridos. Resulta casi imposible no sentirse profundamente conmocionado y conmovido por los innumerables testimonios que se han ido acumulando desde la fatídica noche y no dejar escapar unas lágrimas al contemplar el simpático rostro de Saffie Rose Roussos que, con sus ocho añitos, fue la víctima más joven.

Saffie Rose Roussos

El Consejo de Seguridad de la ONU guarda un minuto de silencio por los asesinatos de los peregrinos coptos en Minya.

El 26 de mayo, diez hombres armados detuvieron dos autobuses en Minya, a 220 Km. al sur de El Cairo, y obligaron a descender a sus ocupantes. Eran  cristianos coptos, hombres, mujeres y niños, que se dirigían al monasterio de San Samuel El Confesor. Veintinueve peregrinos fueron vilmente asesinados, como Atef Mounir, conductor de 62 años ejecutado de un tiro en la frente, y otros veintitrés resultaron heridos. Según el testimonio de los supervivientes, los terroristas huyeron apresuradamente al avistar algunos automóviles, una circunstancia fortuita que permitió salvar la vida a casi la mitad del pasaje. La acción criminal, reivindicada horas después por el Estado Islámico, fue condenada por el presidente Trump, el Consejo de Seguridad de la ONU, los gobiernos de Israel e Irán, la OLP, Hamas y Hezbolá. Como europeo y español, me habría gustado ver reacciones algo más expresivas de las instituciones de la UE y sus principales líderes, comparables a las que suscitó la masacre de Manchester. En las arenas de Minya, quedaron tendidos también los cuerpos de diez niños inocentes pero en ningún estadio europeo se guardó un minuto de silencio por ellos.

La zona marcada en tono más claro delimita la provincia de Minya.

Un hombre tapa con arena las manchas de sangre en el desierto de Minya.

Escalada de terror

Desde la invasión de Irak, el mundo ha vivido una escalada de terror sin precedentes desde la guerra de Vietnam. La coalición liderada por Estados Unidos invadió Irak en marzo de 2003 con la burda excusa de encontrar arsenales de armas químicas de destrucción masiva que, según la CIA, hacían peligrar la seguridad mundial. La guerra se solventó en apenas un par de meses sin encontrar apenas resistencia. Bush logró derrocar y apresar al dictador Saddam Hussein pero sus tropas no pudieron encontrar los inexistentes arsenales ni, lo que es peor, transformar Irak en un Estado democrático y próspero. Todo lo contrario: la derrota de Hussein lo convirtió en uno de los lugares más violentos del mundo donde el yihadismo encontró terreno abonado para desarrollarse.

Bagdad bombardeada: 19 de marzo de 2003.

Bagdad tras la explosión de un coche bomba.

Los más perjudicados, sin duda, han sido los propios iraquíes que ya habían padecido de las guerras, torturas y ejecuciones patrocinadas por Hussein durante 23 años. Según las estadísticas compiladas por la organización Iraq Body Count, se estima que entre 103.013-112.571 civiles murieron a resultas de la violencia hasta 2011, y que al menos 250.000 civiles resultaron heridos; a finales de 2013, la cifra de muertos se había elevado a 120.000-133.000. Otras estimaciones, basadas en estudios demográficos, sitúan el número de víctimas en 500.000. La guerra de Irak no sólo ha producido estas escalofriantes estadísticas sino que ha deteriorado las condiciones de vida y ha obligado a entre 2 y 3  millones e iraquíes a emigrar para rehacer sus vidas.

Iraq, algunas de las incontables víctimas civiles.

Evacuación de soldado estadounidense fallecido. Iraq, 8 de Abril de 2003.

Pero Occidente tampoco ha salido indemne. Además de los 4.483 soldados estadounidenses muertos y 32.219 heridos, las tropas que participaron en la guerra de Irak han padecido diversas enfermedades causadas por las armas empleadas, las condiciones climatológicas, la falta de higiene y el estrés traumático. Por su parte, el Reino Unido y España que respaldaron la aventura al presidente Bush, se convirtieron inmediatamente en blanco del movimiento yihadista, y la extensión del conflicto a Siria ha puesto también a franceses y alemanes en su punto de mira.

Advertidos estábamos

 

Juan Pablo II, en contra la guerra de Iraq.

Algunas voces poco sospechosas de connivencia con el terrorismo nos advirtieron del peligro. Mubarak declaró proféticamente que “cuando esta guerra termine, si acaba, tendrá consecuencias terribles. En lugar de tener un Osama Bin Laden, tendremos cientos de nuevos Bin Laden”. El cardenal Sodano, secretario de Estado del Vaticano, se preguntaba dos meses antes del inicio de la guerra de Irak si valía la pena irritar a 1.000 millones de musulmanes y desatar la hostilidad del Islamismo durante décadas. El propio Papa Juan Pablo II, que ya había advertido al Cuerpo Diplomático que la solución al agravamiento de la crisis de Oriente Medio no podía imponerse, nos conminaba pocos días después de iniciarse el conflicto a no “permitir que la guerra divida las religiones del mundo. No permitamos que una tragedia humana se convierta en una catástrofe religiosa”.

El President Saddam Hussein saludando a sus partidarios el 18 deocutbre de 1995.

Quizá pueda parecer aventurado afirmar que Irak sería hoy un país más próspero si Bush y sus aliados no lo hubieran invadido y Hussein hubiera seguido ejerciendo de dictador sanguinario. O que los sirios estarían hoy mejor, si Estados Unidos y Arabia Saudí se hubieran abstenido de prestar apoyo a organizaciones islamistas contrarias a El-Assad y Siria no se hubiera adentrado en una guerra civil que ha dejado centenares de miles de víctimas, millones de desplazados y ciudades en ruinas. De lo que no cabe duda es que las intervenciones militares de Occidente en Oriente Medio, además de traer muerte y miseria, facilitaron la implantación del Estado Islámico en amplias zonas de Irak y Siria, al igual que ocurrió en Libia tras la operación militar que acabó con la dictadura de Gadafi. Resulta difícil imaginar cómo a iraquíes, sirios, libios y occidentales podría habernos ido peor: la guerra no ha acabado, hay centenares de nuevos Bin Laden dispersos por el mundo y la tragedia humana se ha convertido en catástrofe religiosa. El nuevo atentado perpetrado en Londres el pasado sábado confirma los peores presagios.

Ofrenda floral a las víctimas del ataque terrorista en el Manchestar Arena.

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