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Un año turbulento con Trump

Artículo publicado en el diario Expansión el 24 de enero de 2018.

Trump jurando su cargo el 20 de enero de 2017.

El sábado se cumplió un año desde que Trump juró su cargo en la escalinata del Capitolio y el Presidente había previsto celebrarlo con una fastuosa cena (precio mínimo 100.000 dólares por pareja) en su propio complejo vacacional de lujo (Mar-a-Lago) en Florida, el mismo lugar donde agasajó a Xi Jimping, presidente de la República Popular China el pasado abril. Alquilar sus propias instalaciones para este tipo de actos es una de las muchas barreras que ha cruzado el controvertido Presidente de los Estados Unidos para quien la línea entre lo público y lo privado parece no existir.

Hacer grande América

Trump y el presidente de la República Popular China Xi Jinping en Mar-a-Lago el 6 de abril de 2017.

La celebración del aniversario se ha visto empañada por la decisión del Senado de rechazar la ley presupuestaria que aprobó el Congreso, circunstancia que ha obligado a cerrar parcialmente los servicios del Gobierno Federal por falta de financiación, ya que en Estados Unidos cualquier prórroga presupuestaria requiere la aprobación de ambas Cámaras. El presidente que había planeado volar el viernes por la tarde desde Washington a Mar-a-Lago tuvo visiblemente contrariado que cancelar el viaje. Mientras los líderes republicanos en el Congreso se esforzaban por encontrar un compromiso con los demócratas, Trump dio rienda suelta a su proverbial incontinencia verbal y dirigió el siguiente mensaje a sus oponentes: “los demócratas querían hacerme un ‘agradable’ regalo en el aniversario de mi toma de posesión. Quieren tomar como rehenes a los militares para conseguir eliminar cualquier control sobre inmigración. No podemos permitir que eso ocurra”. Un ejemplo más de su inagotable inclinación a distorsionar la realidad –el ejército es precisamente una de las pocas instituciones que junto con Correos no se vieron afectadas– y pasar la responsabilidad a sus adversarios. Al final, los líderes del Senado han alcanzado un acuerdo para reabrir los servicios el lunes y evitar que Trump imparta su discurso sobre el Estado de la Unión con las oficinas federales cerradas. A cambio, los republicanos flexibilizarán su posición sobre los ‘dreamers’.

La presidencia de Trump se ha beneficiado de momento de la larga expansión que se inició a finales de 2009 y se mantuvo firme el final del segundo mandato de Obama. Cuando Trump llegó a la Casa Blanca hace un año heredó, no una economía en ruinas como daba entender malintencionadamente durante la campaña electoral sino una economía que crecía a buen ritmo y presentaba una baja tasa de inflación y una tasa de paro cercana al pleno empleo. Su único éxito legislativo hasta el momento ha sido la “ley de recortes fiscales y ocupación” (“Tax Cuts and Jobs Act”) que firmó el 22 de diciembre y reduce significativamente los tipos impositivos que pagan los ciudadanos (especialmente aquellos con rentas más elevadas) y las sociedades. La respuesta de empresas multinacionales como Apple y Google, que mantenían fuera de Estados Unidos los beneficios obtenidos en el extranjero, ha sido casi inmediata y ambas han anunciado su disposición a repatriarlos, pagar impuestos y acometer inversiones millonarias. La medida ha reforzado las expectativas de crecimiento a corto plazo y ha impulsado al alza Wall Street cuyos índices no dejan batir records históricos. Pero contrariamente a lo que pudiera pensarse, los analistas cifran en varios de cientos de miles de millones de dólares la pérdida de ingresos fiscales para el Gobierno Federal en la próxima década.

América primero

Trump con Melania y su hijo en Mar-a-Lago.

En política internacional, la presidencia de Trump ha tenido efectos muy contraproducentes en varios frentes. Además de reducir las aportaciones a la mayoría de organismos internacionales cuyas decisiones no se pliegan a los dictados estadounidenses, Trump ha desligado a Estados Unidos del acuerdo de París firmado por Obama para reducir las emisiones de CO2 y detener el calentamiento global, y ha impulsado (aunque con escaso éxito) la producción de carbón en West Virginia. En el sureste asiático, su declaración de que mantiene “excelentes relaciones” con Rodrigo Duterte, el presidente de Filipinas que ha librado una inhumana guerra contra la droga, causó estupor en Occidente. Similar desconcierto han provocado sus cambiantes actitudes respecto a Kim Jon Un, el dictador norcoreano, del que un día Trump se mofa llamándole “hombre cohete” y le amenaza con “fuego y furia”, y pocos días después deja caer que “mantiene una muy buena relación” con él. Trump ha provocado también desconcierto con su errática actitud hacia Siria y Rusia y ha provocado un aumento gratuito de la tensión en Oriente Medio al reconocer a Jerusalén como capital de Israel. Y hace unos días, Trump indignó a casi toda Hispanoamérica y media África cuando utilizó la expresión “agujeros de mierda” en una reunión con congresistas para referirse a los Estados de donde proceden los refugiados haitianos, salvadoreños y africanos acogidos en Estados Unidos. 

Una de las cuestiones que están siendo investigadas son las posibles interferencias del gobierno ruso en la campaña electoral, dirigidas a desacreditar a Clinton e inclinar la balanza a favor de Trump, y los contactos que mantuvo su equipo de campaña, incluido su yerno Jared Kushner, con ciudadanos rusos,

Trump con Trump Jr.

incluida una reunión en la Trump Tower. El 17 de mayo de 2017, el Congreso nombró a Mueller, antiguo director del FBI, fiscal especial para investigar las relaciones entre el equipo de campaña de Trump y Rusia, unos días después de que Trump destituyera a Comey de su puesto como director del FBI, tras conminarle a parar la investigación que el FBI había iniciado para aclarar las relaciones de Michael Flynn, primer Consejero de Seguridad Nacional de Trump, con los rusos. Ya veremos cómo acaban las investigación de Mueller que podría provocar la caída del consejero especial Kush

Trump con su hija Ivanka y su yerno Kushner.

ner y hasta la destitución de Trump en caso de que la destitución de Comey sea considerada obstrucción a la justicia.

Contrapesos democráticos

Trump logró ser presidente de los Estados Unidos al obtener más votos electorales (306) que Hillary Clinton (232), a pesar de que ésta obtuvo más votos populares (61,3 millones) que aquél (60,5 millones). Que tantos millones de estadounidenses resentidos contra las élites políticas de Washington votaran a Trump, a pesar de los numerosos disparates y falsedades que jalonaron su campaña electoral y las sombras que ya planeaban sobre sus negocios y su vida privada, da una idea de los peligros que entrañan los regímenes presidencialistas. Los padres fundadores de la democracia estadounidense eran muy conscientes del peligro y por ello atribuyeron un gran poder al Legislativo con el propósito de contrarrestar el poder los Presidentes. La primera enmienda aprobada en 1791 consagró la libertad de expresión y prensa y prohibió al Congreso aprobar leyes que las limitaran.

Trump critica a los refugiados políticos de Haití, El Salvador y algunos estados de África.

Libre de estos corsés democráticos, la presidencia de Trump se habría convertido casi con toda seguridad en una suerte de reinado dominado por la desmesura y la inclinación a deformar los hechos características del actual inquilino del despacho oval. Según el Washington Post, Trump ha mentido o deformado interesadamente la realidad en 1.950 ocasiones en 347 días al frente de la Presidencia y ha mantenido una auténtica cruzada contra la prensa a la que paradójicamente acusa de inventarse noticias falsas para desprestigiarle a él y a su familia. Afortunadamente, los medios de comunicación seguirán fieles a su cometido constitucional y continuarán exponiendo las falsedades que difunde a través de twitter u otros medios y que le han valido que la revista Newsweek le otorgara el título de “exagerador en serie”. De lo único que podemos estar seguros a día de hoy es que la presidencia de Trump lleva trazas de seguir por los mismos derroteros azarosos y polémicos que han caracterizado el primer año de su mandato.

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Del Manchester Arena a las arenas de Minya

Artículo publicado en el diario Expansión el 5 de junio de 2017

Nota del autor: el artículo, salvo su última oración, lo envié a publicar el 28 de mayo.

Rostros de las 22 víctimas del atentado en el Manchester Arena.

Conocemos la edad y los nombres de las 22 víctimas –un balance todavía provisional porque desgraciadamente hay varias decenas de personas hospitalizadas en diversos centros médicos en Manchester y algunas de ellas se encuentran en estado crítico– de la masacre que perpetró el británico de origen libio Salman Abedi en el hall del Machester Arena al finalizar el concierto de la cantante Ariana Grande el 22 de mayo. Hemos visto estos días las fotos de sus rostros, todavía rebosantes de vida, y hemos escuchado o leído las palabras de afecto de sus familiares, amigos y compañeros, impotentes ante la imposibilidad de rebobinar el tiempo unas horas y detener el atentado que truncó para siempre la vida de sus seres queridos. Resulta casi imposible no sentirse profundamente conmocionado y conmovido por los innumerables testimonios que se han ido acumulando desde la fatídica noche y no dejar escapar unas lágrimas al contemplar el simpático rostro de Saffie Rose Roussos que, con sus ocho añitos, fue la víctima más joven.

Saffie Rose Roussos

El Consejo de Seguridad de la ONU guarda un minuto de silencio por los asesinatos de los peregrinos coptos en Minya.

El 26 de mayo, diez hombres armados detuvieron dos autobuses en Minya, a 220 Km. al sur de El Cairo, y obligaron a descender a sus ocupantes. Eran  cristianos coptos, hombres, mujeres y niños, que se dirigían al monasterio de San Samuel El Confesor. Veintinueve peregrinos fueron vilmente asesinados, como Atef Mounir, conductor de 62 años ejecutado de un tiro en la frente, y otros veintitrés resultaron heridos. Según el testimonio de los supervivientes, los terroristas huyeron apresuradamente al avistar algunos automóviles, una circunstancia fortuita que permitió salvar la vida a casi la mitad del pasaje. La acción criminal, reivindicada horas después por el Estado Islámico, fue condenada por el presidente Trump, el Consejo de Seguridad de la ONU, los gobiernos de Israel e Irán, la OLP, Hamas y Hezbolá. Como europeo y español, me habría gustado ver reacciones algo más expresivas de las instituciones de la UE y sus principales líderes, comparables a las que suscitó la masacre de Manchester. En las arenas de Minya, quedaron tendidos también los cuerpos de diez niños inocentes pero en ningún estadio europeo se guardó un minuto de silencio por ellos.

La zona marcada en tono más claro delimita la provincia de Minya.

Un hombre tapa con arena las manchas de sangre en el desierto de Minya.

Escalada de terror

Desde la invasión de Irak, el mundo ha vivido una escalada de terror sin precedentes desde la guerra de Vietnam. La coalición liderada por Estados Unidos invadió Irak en marzo de 2003 con la burda excusa de encontrar arsenales de armas químicas de destrucción masiva que, según la CIA, hacían peligrar la seguridad mundial. La guerra se solventó en apenas un par de meses sin encontrar apenas resistencia. Bush logró derrocar y apresar al dictador Saddam Hussein pero sus tropas no pudieron encontrar los inexistentes arsenales ni, lo que es peor, transformar Irak en un Estado democrático y próspero. Todo lo contrario: la derrota de Hussein lo convirtió en uno de los lugares más violentos del mundo donde el yihadismo encontró terreno abonado para desarrollarse.

Bagdad bombardeada: 19 de marzo de 2003.

Bagdad tras la explosión de un coche bomba.

Los más perjudicados, sin duda, han sido los propios iraquíes que ya habían padecido de las guerras, torturas y ejecuciones patrocinadas por Hussein durante 23 años. Según las estadísticas compiladas por la organización Iraq Body Count, se estima que entre 103.013-112.571 civiles murieron a resultas de la violencia hasta 2011, y que al menos 250.000 civiles resultaron heridos; a finales de 2013, la cifra de muertos se había elevado a 120.000-133.000. Otras estimaciones, basadas en estudios demográficos, sitúan el número de víctimas en 500.000. La guerra de Irak no sólo ha producido estas escalofriantes estadísticas sino que ha deteriorado las condiciones de vida y ha obligado a entre 2 y 3  millones e iraquíes a emigrar para rehacer sus vidas.

Iraq, algunas de las incontables víctimas civiles.

Evacuación de soldado estadounidense fallecido. Iraq, 8 de Abril de 2003.

Pero Occidente tampoco ha salido indemne. Además de los 4.483 soldados estadounidenses muertos y 32.219 heridos, las tropas que participaron en la guerra de Irak han padecido diversas enfermedades causadas por las armas empleadas, las condiciones climatológicas, la falta de higiene y el estrés traumático. Por su parte, el Reino Unido y España que respaldaron la aventura al presidente Bush, se convirtieron inmediatamente en blanco del movimiento yihadista, y la extensión del conflicto a Siria ha puesto también a franceses y alemanes en su punto de mira.

Advertidos estábamos

 

Juan Pablo II, en contra la guerra de Iraq.

Algunas voces poco sospechosas de connivencia con el terrorismo nos advirtieron del peligro. Mubarak declaró proféticamente que “cuando esta guerra termine, si acaba, tendrá consecuencias terribles. En lugar de tener un Osama Bin Laden, tendremos cientos de nuevos Bin Laden”. El cardenal Sodano, secretario de Estado del Vaticano, se preguntaba dos meses antes del inicio de la guerra de Irak si valía la pena irritar a 1.000 millones de musulmanes y desatar la hostilidad del Islamismo durante décadas. El propio Papa Juan Pablo II, que ya había advertido al Cuerpo Diplomático que la solución al agravamiento de la crisis de Oriente Medio no podía imponerse, nos conminaba pocos días después de iniciarse el conflicto a no “permitir que la guerra divida las religiones del mundo. No permitamos que una tragedia humana se convierta en una catástrofe religiosa”.

El President Saddam Hussein saludando a sus partidarios el 18 deocutbre de 1995.

Quizá pueda parecer aventurado afirmar que Irak sería hoy un país más próspero si Bush y sus aliados no lo hubieran invadido y Hussein hubiera seguido ejerciendo de dictador sanguinario. O que los sirios estarían hoy mejor, si Estados Unidos y Arabia Saudí se hubieran abstenido de prestar apoyo a organizaciones islamistas contrarias a El-Assad y Siria no se hubiera adentrado en una guerra civil que ha dejado centenares de miles de víctimas, millones de desplazados y ciudades en ruinas. De lo que no cabe duda es que las intervenciones militares de Occidente en Oriente Medio, además de traer muerte y miseria, facilitaron la implantación del Estado Islámico en amplias zonas de Irak y Siria, al igual que ocurrió en Libia tras la operación militar que acabó con la dictadura de Gadafi. Resulta difícil imaginar cómo a iraquíes, sirios, libios y occidentales podría habernos ido peor: la guerra no ha acabado, hay centenares de nuevos Bin Laden dispersos por el mundo y la tragedia humana se ha convertido en catástrofe religiosa. El nuevo atentado perpetrado en Londres el pasado sábado confirma los peores presagios.

Ofrenda floral a las víctimas del ataque terrorista en el Manchestar Arena.

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Trump desenfunda

Artículo publicado en el diario Expansión el 18 de abril de 2017

Bajas sirias causadas por el conflicto.

El conflicto de Siria tuvo una génesis bastante similar a los de Iraq o Libia y, por el gran número de muertos y desplazados y el alto nivel de destrucción causado, se ha convertido en uno de los más dolorosos y terribles desde el final de la Guerra Fría. Cuando en 2011 se produjeron levantamientos contra el régimen del presidente Asad, similares a los que acontecieron en otros países de Oriente Medio y el Norte de África, algunos países democráticos y árabes decidieron apoyar a grupos insurgentes próximos al islamismo sunita, mayoría en Irak, y lograron hacerse fuerte en zonas como la región de Alepo. Así se inició una guerra civil que Isis aprovechó para extender el estado islámico desde Irak a Siria y ha traído dolor, ruina y miseria a millones de sirios.

Campo de refugiados sirios en Turquía.

En un cambio radical de estrategia, la Administración Trump decidió lanzar un ataque con misiles Tomahawk contra la base aérea de Shairah, desde donde supuestamente despegó el avión SU-22 que bombardeó el pueblo de Sheijun (provincia de Idlib) con gas sarín el 4 de abril a las 5:55, causando la muerte a unas 80 personas incluidos una decena de niños. Aunque la administración Trump asegura contar con pruebas concluyentes sobre la autoría de la masacre, proporcionadas por los servicios de inteligencia estadounidenses, lo cierto es que ningún organismo independiente lo ha corroborado hasta el momento, como reconoció Mogherini, comisaria de Política Exterior de la UE. Curiosamente, la intervención estadounidense se ha producido cuando las victorias de Asad hacían pensar que el fin de la guerra estaba más próximo y, con él, el final del padecimiento del pueblo sirio.

Guerra civil

Siria devastada.

En 2011, Siria era una Republica presidida por Bachar El Asad que sucedió a su padre, el general Hafer El Asad que gobernó Siria desde 1970 hasta 2000. Como en tantos estados de Oriente Medio y el norte de África, los sirios carecían de las libertades habituales en los países democráticos pero podían sobrevivir con cierta dignidad dentro de las coordenadas políticas establecidas por el régimen, con una renta per cápita baja, 5.100 dólares ppp en 2011, pero que aumentó a una tasa media del 1,7 % en 2000-2011. Después de seis años de devastadora guerra civil, la población siria que ha sobrevivido no sólo carece de la libertad que nunca tuvo con los Asad sino de todo lo bueno de que disponía antes de iniciarse el conflicto.

Alepo en ruinas.

El origen de la guerra civil hay que buscarlo en los levantamientos populares que sacudieron en la primavera de 2011 los regímenes dictatoriales de Túnez, Egipto, Siria y Libia. Algunos estados democráticos vieron una gran oportunidad de promover la democracia sin comprender que ésta difícilmente puede fructificar en sociedades impregnadas de fundamentalismo religioso. Por ello, la caída de los regímenes no trajo la democracia, como algunos esperaban ingenuamente, sino el caos y el desgobierno en Libia e Irak. En Egipto, el régimen de Mubarak dio paso en 2012 a un gobierno presidido por Morsi, líder de la organización fundamentalista Hermanos Musulmanes que, si bien se comprometió a construir un país “democrático, civil, libre y moderno en el que cristianos y musulmanes convivan en paz”, se apresuró en 2012 a aprobar un decreto que hacía inapelables sus resoluciones ante cualquier órgano jurisdiccional. Morsi fue depuesto tras un golpe de Estado encabezado por al general El Sisi en 2013.

Obama firmando la orden para proporcionar ayuda a los grupos insurgentes sirios.

En el caso de Siria, está claro que quienes prestaronprestan ayuda a los rebeldes islamistas a partir de 2011 subestimaron la capacidad de resistencia del gobierno de Asad y el compromiso de Rusia e Irán con el régimen. La desestabilización no produjo su caída pero inició una cruenta guerra civil que ha resultado nefasta para la mayoría de la población y ha dejado el país en ruinas. Varios cientos de miles de sirios han muerto a causa de la guerra y varios millones han tenido que huir del conflicto y viven en condiciones precarias en campos de refugiados en Siria, Turquía. La llegada masiva de inmigrantes en 2015, llevó a la UE a financiar los campos de refugiados en Turquía para detener la avalancha.

Armas químicas

Imagen tras el bombardeo el 4 de abril de 2017.

La Administración Trump había mantenido hasta ahora una prudente distancia con el conflicto en Siria, y el secretario de Estado Tillerson había dejado claro que “la suerte de Asad la decidirá el pueblo sirio”.  La situación sufrió un vuelco tras el ataque con armas químicas que golpeó el pueblo de Sheijun controlado por los rebeldes y causó la muerte a 69 personas, incluidos una decena de niños. A las pocas horas, Spicer, portavoz de la Casa Blanca, acusaba al gobierno sirio de perpetrar la masacre y Tillerson exigía a Rusia e Irán “que ejerzan su influencia sobre el régimen sirio para garantizar que este ataque horrible no ocurre de nuevo”. A las acusaciones y advertencias siguió el lanzamiento 63 horas después de 59 misiles Tomahawk, ordenado por el presidente Trump, contra la base de Shayrat desde la que supuestamente despegó el avión sirio.

La base aérea de Shairat tras el bombardeo estadounidense.

Donald J. Trump, foto en su cuenta de twitter.

Resulta llamativo el  cambio de actitud de Trump sobre El Asad. Cuando en agosto de 2013 se produjo un caso similar en el área de Damasco, Trump escribió un twit en el que urgía al presidente Obama a no responder a la agresión, y le aconsejaba “guardar la pólvora para otra ocasión”. Según el informe completado por Naciones Unidas algunos meses después, el gobierno sirio había empleado cohetes tierra-tierra para lanzar gas sarín, y Asad se comprometió entonces a no emplear armas químicas, una promesa que al parecer había cumplido hasta ahora. ¿Por qué iba Asad a romper su palabra atacando una aldea con gas sarín cuando la guerra parece irle bastante mejor?

Ataques con armas químicas constatados en Siria.

Las armas químicas se han utilizado en Irak y Siria en numerosas ocasiones. El New York Times publicó un artículo el 16 de noviembre de 2016 en el que aseguraba que “Isis utilizó armas químicas en al menos 52 ataques en Siria e Iraq”. ¿No habría sido más razonable esperar a los resultados de una investigación independiente que estableciera la autoría de la masacre antes de disparar? Todos recordamos como el presidente Bush justificó la invasión de Iraq en 2003 apelando a la inminente amenaza que comportaban los arsenales de destrucción masiva que, según los servicios de inteligencia estadounidense, poseía el dictador Hussein. Nadie las encontró y varios cientos de miles de iraquíes han perdido la vida por culpa de una guerra urdida con informes impostados.

Tumba de una niña de 4 años muerta tras un ataque con armas químicas.

Siria devastada.

Resulta cínico justificar ahora las acciones contra Asad con el argumento de que no puede seguir gobernando quien masacra a su propio pueblo, porque eso ocurre, desgraciadamente, en cualquier guerra civil, incluida la de Estados Unidos. La errática política de Trump en Siria no va a lograr derrocar a Asad e imponer un régimen islamista moderado que, visto lo ocurrido en Iraq y Egipto tras los derrocamientos de Hussein y Mubarak, no aseguraría la democracia ni la prosperidad; como mucho, la intervención estadounidense servirá para prolongar la guerra y elevar el ya excesivo número de víctimas. Para lo que sí servirá elevar la tensión con el Kremlin tirando al blanco en Siria es para compensar los fracasos de Trump en política interior y para echar tierra sobre su buena relación con Putin en el pasado. El problema es que si constata que cada vez que desenfunda sube su menguada popularidad, la tentación de seguir apretando el gatillo puede resultarle irresistible. Esperemos que no se convierta en adición irreparable.

Trump desveló que estaba bombardeando Siria durante su almuerzo con el líder chino Xi Jinping.

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